David Wapner

El viaje duró poco más de una hora, por una carretera verde que, sin darnos cuenta, se volvió piedra y arena. Nos acercábamos a Arad, la ciudad del desierto, al sur de Israel. Aquí y allá nos saludaban las ciudades beduinas, con su mirada milenaria y los minaretes de las mezquitas brillando a la luz del sol. Llegamos a un barrio de casas bajas, muy parecidas entre sí, y tocamos el timbre en un edificio que tenía un pequeño jardín. Nos abrió David Wapner, el talentoso escritor argentino que vive en Israel desde hace más de veinte años, junto a su esposa, la artista plástica Ana Camusso.

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El departamento de David y Ana está revolucionado porque van a mudarse a pocas cuadras de ahí. Hay cajas con libros por todos lados, hay un jardín salvaje que se ve desde el ventanal, hay luz y misterio en la casa. Aquí nos cuentan su increíble historia.

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El jardín que se ve por la ventana es sorprendente.

 Lo hizo un ucraniano, Guinadi, que era el administrador del consorcio pero se comportaba como si fuese el dueño del edificio. El jardín y todo lo que construyó le llevó más de 15 años. Cuando falleció, hace dos años, nadie quiso hacerse cargo del jardín, salvo su viuda, que estaba inhabilitada por su alcoholismo. El yerno, en una reunión de consorcio en la que participamos, dijo que lo mejor era prenderle fuego. Nosotros queríamos que el jardín se mantuviera. La cosa es que la herencia de Guinadi se va a pique.

Pronto se hará una caminata organizada por un grupo de vecinos, que en ocasiones puntuales trabaja con solicitantes de asilo y colabora con ONG de derechos humanos, y van a hacer una parada acá, como homenaje a este hombre.

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Hace mucho tiempo que viven en Israel, pero yo te conocí en Buenos Aires, en la época de Quirquincho. ¿Cómo fue tu vinculación con la literatura para chicos?

Nuestra relación con la gente de la Lij comenzó a través del Negro Díaz. Yo tenía una banda que se llamaba Gutural, donde tocaba Sebastián Díaz, el hijo del Negro. Pero no solo eso, otro de los fundadores de la banda era Lucio Griffoi, el hijo del pintor Hugo Griffoi. Ellos formaban una barra con Juan Gelman, con Mangieri, también estaba Boris Spivakov. El Negro Díaz había sido el diagramador de Novedades de la Unión Soviética y la edición argentina del Sputnik. Gelman, Mangieri, Manauta, todos eran amigos del Negro. Eran un grupo del Partido Comunista que luego se escindió pero siguieron trabajando para esa revista.

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¿En qué año fue eso?

A finales de los 50. Yo no soy de esa época pero estaba en relación con ese mundo y la obra de esos artistas a través de mis amigos y de los padres de Ana.

La banda ya venía tocando y nos quedamos sin uno de los integrantes, entonces apareció Sebastián. Ana también, por su lado, tenía relación con ellos. La mamá, la filósofa Guillermina Garmendia, publicó en el Centro Editor de América Latina. Por ejemplo, el Sartre y el Marcusse de la colección “Los Hombres” es de ella. La relación con Boris también vino por ese lado. Con Ana hace treinta años que estamos juntos.

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¿Cómo se conocieron con Ana?

Ana: Yo volvía del exilio, había vivido afuera en la época del proceso militar y volví un año después de la democracia. Vivía en Congreso, en un departamentito que compartía con una chica muy talentosa, Laura Kantor. David era amigo de ella.

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David: Con Laura estábamos trabajando en un proyecto para presentar a la revista Fierro, a Sasturain, pero al final no salió porque Laura no aceptó las modificaciones que Sasturain le había pedido. La cosa es que vivían juntas y ahí nos conocimos, en el año 86. Teníamos mucha gente en común, por ejemplo Mario David, el padrino de nuestra banda. Su hija Gaby, la directora de cine que falleció hace ya casi siete años, era amiga nuestra y Karina David era novia de mi hermano, y luego lo fue de Blues, el otro co-fundador de Gutural. Mario era el hincha número uno de nuestra banda. Estábamos siempre relacionados unos con otros.

A: El destino era encontrarnos.

D: Yo escribía poesía. En el 87 publiqué mi primer libro, el Bulu Bulu.

Gutural, la banda que formamos en 1982, era de música y poesía. La formábamos tres poetas y músicos: Eduardo “Blues” Villalba, Lucio Griffoi, y yo. Y varios músicos que fueron rotando: Carlos Viggiano, Ulises Bastanzio. Miriam Belfer, Nora Souza, José González y Hugo Viggiano fueron nuestros cantantes.

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Entre los años 1984 y el 1986 yo prácticamente vivía en la casa del Negro Díaz.

A: Fue una tragedia su muerte, él era muy amigo de Sergio Kern.

D: A partir de Sergio yo publiqué mi primer libro. Primero viajé a Rosario, a casa de los padres de Sergio. Su padre fue el gran poeta Francisco Gandolfo. El hermano mayor de Sergio es Elvio Gandolfo.

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A: Tenemos una anécdota muy graciosa, David le regaló el Bulu Bulu dedicado al papá de Sergio. No teníamos muchos ejemplares y resulta que sin darnos cuenta agarramos el mismo libro que David le había dedicado a mi mamá, solo que mi mamá siempre pedía que le dedicaran un poema, no la primera página, sino adentro del libro. Entonces va Francisco Gandolfo y lee la dedicatoria y se emociona, después pasa la página y ve la otra dedicatoria. Fue muy gracioso.

D: La cosa es que los Gandolfo tenían la mítica revista El lagrimal Trifurca y la no menos mítica imprenta “La Familia” donde se formaron todos los Gandolfo.

Pasé dos días inolvidables ahí en Rosario y Francisco leyó la carpeta que yo quería publicar con ellos y me dijo: “Este poema sí, este no”. Fue la primera lectura crítica importante que tuve de mi literatura. Al final lo terminé publicando con José Luis Mangieri en Libros de Tierra Firme con dibujos de Sebastián. Cuando salió el libro, Ana y yo ya estábamos juntos.

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Además de escribir y hacer música, también sos editor.

Sí, ahora dirijo Los libros del lagarto obrero, una colección de poesía para chicos en una editorial nueva, Editorial Maravilla, fundada por la poeta Roberta Iannamico y Celeste Caporossi. Cuando estuvimos en Argentina realicé una gira y pasé por Villa Ventana, un pueblo que queda ahí nomás de Sierra de la Ventana. Roberta, con quien nos conocimos en el Festival de Poesía de Bahía Blanca, me llevó para ahí y nos hicimos muy amigos. Más tarde, Roberta y Celeste armaron un dúo para cantar sus canciones, Kostureras, y de esa relación surgió Maravilla. Con ellas publiqué Pozo: Canciones para perros. Ahora, juntos, formamos un equipo de maravilla.

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Siempre le había escapado a la idea de ser editor, no quería meterme en historias con colegas, con compañeros, pero antes de Maravilla ya había empezado con un proyecto de taller para dar en Barcelona y que incluía una antología de poesía argentina contemporánea, que al fin se cayó, pero ya era un trabajo de editor. Los títulos que sacaremos ahora con Los libros del lagarto obrero tienen muchas páginas, mucha poesía. Cada tanto vamos a incluir un rescate de algún autor que consideramos relevante y que por alguna razón no ha sido difundido. Ahora salimos con “Un invento de María Hortensia”, una antología de poemas para chicos de María Hortensia Lacau con dibujos de Cris Sobico, y “Conversación con el pez”, antología personal de Juan Carlos Moisés, con dibujos de Pablo Pickk, quien también diseñó la colección. Habiendo vivido casi toda su vida en su provincia, Chubut, Moisés es uno de los grandes poetas argentinos pero no se muestra en la gran vidriera. Para esta colección le pedí que elija de entre sus poemas aquellos que él considerase que podrían hablarle a un niño. En muchos de ellos intervienen animales, yo le puse música a un par. “El caballo obediente” es una de las canciones que más canto.

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Con Los libros del lagarto obrero también pensamos publicar traducciones, ya tenemos en carpeta “Little Girl Lost” y “Little Girl Founds”, de William Blake.

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También tengo un taller online de poesía, una clínica de obra para quienes quieren escribir poesía para niños. Ese es un trabajo que me encanta.

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Una de las personas que más profundizó en mi obra es la crítica de literatura y especialista Cecilia Bajour. Nos conocimos a través de Lidia Blanco, en una charla que di en la Nube y ella estaba en el público. Cecilia también se interesa en la música; dijo Ezra Pound que música y poesía fueron siempre juntas y cuando se escindieron comenzó la decadencia de la poesía. Pero las vanguardias que proponían esta separación al final las terminaron acercando. Hay una total relación entre la poesía de vanguardia y la obra de muchos músicos, y lo contrario también es cierto. Las vanguardias difuminaron los límites entre música, poesía e imagen.

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¿Te considerás un escritor de vanguardia?

 Decirse uno mismo de vanguardia es pedantería, yo puedo decir que soy experimental, hay una fuerte dosis de experimentación pero no es que siempre trabajo con procedimientos premoldeados. Simplemente nunca un libro mío va a ser igual al anterior, siempre doy un salto al vacío.

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Leí la reseña que hizo Cecilia Bajour de tu libro Cabía una vez. Escribe: “Cuando se usa lo imperfecto lo imposible es invitado a desestabilizar lo posible”. Por lo que conozco de tu obra se entiende que esa es una búsqueda estética tuya que está siempre presente, la desestabilización: un perro que es o no es, un mono que es mono pero a veces no. Me gustó mucho este poema:

Una mano

Cabía una vez una mano en un bolsillo.
Sólo una vez, porque a la segunda ya no entraba.
Pero la mano había cabido una vez.
De eso se trata este cuento.

http://www.opcitpoesia.com/?p=275

El arte para mí es incertidumbre, yo escribo, compongo música, no creo, no existe la obra cerrada, la obra cerrada es un artificio. Uno podría no terminar nunca su obra, uno podría escribir un poema y cambiarlo y cambiarlo. Digamos que lo terminás cuando publicás. Pero muchas veces digo: “Uh, esto no…”. La literatura es un organismo vivo y la diferencia entre una obra que puede perdurar y otra que no es la capacidad de mutación que tenga la obra. La perfección mata y ese es un problema que traigo desde la infancia. Nunca fui prolijo, soy desordenado y siempre mis cosas tienen mi orden-desorden. Mi viejo me lo hacía ver, hasta que un día acudió en mi ayuda Lino Palacios. Desde chico leía la página de chistes de La Razón, en especial Don Fulgencio, y uno de los personajes era su sobrino Sócrates que en un episodio le dijo a su tío: “Qué desordenado sos”. Don Fulgencio le respondió: “El orden es una virtud muy triste y sombría”, y yo se lo repetí a mi viejo, y fue mi lema.

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Soy una persona desordenada que tiene su orden, yo se dónde están mis cosas, si alguien me quiere ordenar pierdo mi referente.

Las ideas surgen como voces y sonidos, que en un momento se transforman en obsesiones y tenés que ponerte a lidiar con ellas, y ponerles orden. Escribir es eso. Si, claro, hay cosas que necesitan un orden, las cuerdas de la guitarra, por ejemplo, que deben estar afinadas.

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David nos contó que este es uno de sus lugares favoritos de lectura.

¿Sos muy autocrítico?

Sí, soy autocrítico, doy vueltas y vueltas, aunque tampoco tiendo a la ultra corrección. Si algo que escribí requiere demasiada reescritura es que no sirve. Hay obras que nacen fallidas, no van y no van.

¿Vivieron muchos años en esta casa?

Nos hemos mudado muchas veces pero aquí es donde más vivimos, ocho años y medio. Yo era muy sedentario hasta que me fui a vivir con Ana. Estuve en mi casa de infancia hasta los 28 años y después, por diferentes cuestiones, volvimos allí varias veces. En Argentina nos habremos mudado cinco veces y otras tantas en Israel.

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Vinimos aquí por un problema de salud mío y coincidió con una época mala de la Argentina. Para entonces yo escribía en Humi, Billiken, Anteojito, La Nación de los chicos, en todas las revistas donde estaba Oche (Califa) estaba yo. Había un suplemento de La Nación en el que trabajé con Pez. Con él tengo un proyecto que espero que encuentre un editor, es la historia de un motivo que se reitera en los comics que en realidad nunca existió. Un ensayista se pregunta por qué los malos en las historietas son dibujados con trompa larga rematada por un hocico negro con forma de aceituna. Pez recreó a esos supuestos dibujantes de distintas épocas con todo detalle, que incluyen el idioma original en que escribieron. Estamos viendo quien lo publique. Con Pez habíamos escrito en La Nación dos episodios de Los historiones. En aquella época, mediados de los noventa, uno a uno se fueron cerrando los espacios en donde publicaba. Para ganar el puchero, hacíamos con Ana correcciones de texto, diseño gráfico, diagramaciones de revistas. Ana ilustraba libros. Pero mi problema de salud requería mucho gasto en medicación y tratamiento y nos tuvimos que venir para acá.

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Nos vinimos con nuestro perrito, Chiflito. A los gatos no pudimos traerlos. Fue algo muy fuerte, sabía algo de hebreo pero tuvimos que estudiar mucho. Eso nos permitió trabajar pronto. En Castelar teníamos un horno de cerámica que no pudimos traer y se nos ocurrió hacer escultura con papel de diario y plasticola. Una conocida argentina trabajaba en un proyecto en el que un grupo de artistas visitaba escuelas, entonces empezamos a trabajar ahí. Fuimos perfeccionando la técnica y de eso vivimos muchos años: escultura con papel, plasticola, telgopor. Tuvo mucho éxito. En Israel, por los conflictos y las guerras, los presupuestos se fueron destinando más al ejército y el trabajo fue disminuyendo. A veces hacemos algunas escuelas. También realizamos muchas exposiciones.

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“En esta foto pueden apreciarse los restos de un mural realizado por las hermanitas Jaifa, Sarah, Ester y Gigi, asiduas participantes de nuestro taller “The Magic Workshop”, dedicado a las niñas y niños de la comunidad sudanesa en Arad y solicitantes de asilo en Israel. Sus padres, en su mayoría pertenecen a la colectividad Nuba, de las montañas de Nuba, un pueblo perseguido y masacrado por la dictadura que gobierna Sudán. Israel no les reconoce el derecho al refugio y su situación legal es un limbo. La mayoría encuentra empleo en los hoteles del Mar Muerto y sus hijos concurren a las escuelas, pero sin una perspectiva de futuro: los varones solteros son encarcelados en la prisión de Jolot cuando cumplen 18 años, una cárcel en medio del desierto, a mitad de camino entre Beer-Sheva y la frontera con Egipto. Mientras podemos, dependiendo de si logramos ser subsidiados por alguna ONG o la ACNUR, abrimos a estos chicos las puertas de nuestro taller, que es nuestra propia casa. Y muchas veces lo hemos hecho gratis. Murales como el de la foto llenaron estas paredes; por suerte, tenemos registro fotográfico de todos ellos. Desarrollamos tres proyectos de cortos de animación con la técnica stop motion, uno de los cuales, fotografiado en su totalidad por estos niños, fue patrocinado por la Unión Europea. Con ellos hicimos cerámica, modelado en plastilina, dibujo, pintura. Preparamos tortas, meriendas, almuerzos, festejamos cumpleaños, y nuestro amigo, el cuentacuentos de Costa de Marfil, Claude-Alain Ayoman, les ha hecho morir de la risa con sus cuentos cada vez que fue invitado”.

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“Restos de un teléfono de plastilina el cual, cuando se encontraba íntegro y sin aplastamientos, fue fotografiado para una escena del libro “Operita de Corazones”, que con autoría compartida entra Ana y yo, será publicado este año por Ediciones de la Terraza”. 

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“Piezas para un corto stop-motion inacabado, de izquierda a derecha: soldadito de plástico, sofá con muñecos modelados en plastilina por integrantes de nuestro taller para niñas y niños de la colectividad sudanesa, abogado de plástico sobre base giratoria”. 

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“Piezas sueltas de nuestro Karma, un ajedrez que representa la carrera espacial durante la Guerra Fría, por encargo de un cliente de Bat-Yam, y que nunca llegamos a terminar, porque este cliente exige detalles muy difíciles de conformar. Ya se cumplieron diez años desde que lo comenzamos. En la misma mesa, una caja-escultura de Ana, dos frascos de limpiamuebles para mis guitarras, un sobre con un disco y un frasco de vitamina C masticable”.

Desde el día que llegué me propuse fortalecer el vínculo con la Argentina. Cuando me fui estaban por salir dos libros: Interland, en Sudamericana, y Barrosos Casos del Inspector Martinuci, por El Ateneo, un libro de cuentos que tuvo mala suerte, porque la colección después desapareció. Antes de irme había salido La Noche, en Plus Ultra, que reeditó años más tarde Eloisa Cartonera.

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En Argentina editaba un tabloide que se llamaba Extrema Ficción y aquí la transformé en e-zine, CorreoExtremaficción (CEF). A partir de allí creé un espacio muy fuerte. Por el CEF llegó Istvan, que me pidió un libro para Ediciones del Eclipse cuando recién salía. Fue un momento muy importante para mí. Había publicado Algunos son animales en Norma y apareció Ruth Kaufman. Nos habíamos conocido en el 89 en una mesa redonda organizada por la revista Babel, junto a Ricardo Mariño y Ana María Shúa, moderada por Maite Alvarado y Ruth. En 2001 me escribió para mostrarme unos poemas que había escrito y empezamos a hablar sobre la posibilidad de publicar poesía para chicos. Al poco tiempo empezaron con Diego Bianchi Pequeño Editor y en la primera camada salió Canción Decidida, con dibujos de Cristian Turdera.

¿Publicaste en Israel?

La que publicó es Ana. Nos presentamos a un subsidio para artistas sobresalientes y una editorial la publicó.

Cuando empecé a recibir premios, (el Destacado de Alija con Canción Decidida fue el primero), me relacioné con una traductora que me tradujo al hebreo. Después conseguí otro traductor, un amigo que es un poeta marroquí, y escribe en español y en hebreo. Vive en Jerusalém, Mois Benarrosch. Pero no funcionó. Mi literatura no tiene nada que ver con lo que se publica en Israel, es otro mundo. A nosotros nos gusta mucho Nahum Gutman, escritor y artista plástico, y la poeta Lea Goldberg, ambos escritores de la primera época de este estado. A medida que pasó el tiempo, la Lij israelí se fue haciendo normativa, parecida a los libros masivos norteamericanos, muy didácticos, peripecias destinadas a enseñar algo. La poesía es muy primaria, con rimas burdas. Yo con esa literatura no pego ni con cola, no tengo nada que ver. En Argentina llegamos a un nivel diferente, en los últimos años hubo un salto cualitativo en los libros destinados a los niños, un énfasis puesto en la calidad literaria, artística. Yo siento que tuve algo que ver en esto. En el año 96 publique en La Maga una nota que se llamaba “Al mercado niño”, donde daba una visión critica de lo que era la literatura para chicos. El planteo era despegarse de la idea de mercado, ir mas allá de agradar a un mercado por potenciales compradores, salir del infantilismo. En un momento nos escribíamos mucho con Graciela Montes. Hablamos mucho de este tema, ella me mandaba sus escritos. Graciela, en la entrevista que hace poco concedió a Karina Micheletto, hace una autocrítica cuando dice que se vio obligada a sobreproducir.

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Luego de un delicioso almuerzo, preparado especialmente para nosotros, salimos junto a David y Ana a caminar por la ciudad de Arad.

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“Alguien que se hace pasar por mí, posa para el fotógrafo en lo que parece ser la Biblioteca Municipal de Arad. El impostor se delata por su postura rígida, que contradice la actitud habitual del original, que es bailar y cantar”.

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Libros de David en las vitrinas de la Biblioteca Municipal de Arad.

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David dedicándonos Bigotel.

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“Ana comenta nuestro vídeo experimental “Monólogo de la silla” que, aunque no pueda deducirse de la foto, forma parte de una exposición colectiva en el Centro de Arte Contemporáneo de Arad, y que acaba de finalizar esta semana”.

Contame de Bigotel

Es una novela que escribimos Ana y yo e ilustró Juan Lima. Es nuestro primer libro escrito a cuatro manos. Vivíamos en Bat Yam, en una casa vieja, de la década del 20. Actualmente quedan pocas así en esa ciudad. Estaba dividida en cuatro unidades de vivienda, con inquilinos arrendando cada una. Aquí se suele hacer a menudo, es como un conventillo, y se arman líos por los pagos de la luz, de los servicios. En una unidad vivíamos nosotros y en una más pequeña vivía Marat, un soviético de Uzbekistán que había sido jefe de electricistas de un submarino atómico, de esos que están sumergidos seis meses. Había estado en Afganistán y en la guerra de Chechenia. Era alcohólico terminal, tenía unos delirium tremens terribles. Hablaba poco pero a veces nos contaba sus historias. Había un patio de tierra y nos hacia dibujos en el piso. Cuando venía el hijo le tiraba las botellas que él juntaba. La otra unidad estaba alquilada por una brasilera con su hijita, tenía su hermana que vivía en la ciudad y se juntaban los dramas personales, ella también tenía sus momentos alcóholicos. En la otra unidad vivía Eli, el único nativo de Israel, de origen libio. Ese era el mundo en el que vivíamos y nos contábamos historias. Le pusimos Bigotel, por “big hotel” y también por los bigotes de los gatos. Había decenas y cada uno tenía sus historias, pero en el centro estaban nuestros gatos, Amirguito y Basanita, a los cuales luego se les sumó Chacha. Sobre esa experiencia fue que escribimos Bigotel. Ahora estamos haciendo una versión nueva con otra mirada visual. Ana arma estructuras, maquetas, toda una ciudad.

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“Las manos de Ana sujetan una caja de la mudanza que contiene una maqueta de barco para una nueva versión de Bigotel, que se llamaría “Postales de Bigotel”. La nave, además de responder a las pautas de nuestra ficción, tiene una particularidad que la distingue de entre sus congéneres: uno de sus mástiles es una auténtica espina de puercoespín”.

Ana: Pensábamos que lo íbamos a armar en la casa nueva para mostrárselo a ustedes pero no alcanzamos a hacerlo. Ese libro va a ser un libro visual con intervenciones de texto.

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“Maqueta de galeón para el citado “Postales de Bigotel”, que será usado en un próximo video-clip. Al momento de ser tomada esta fotografía, este barco de cartón no estaba terminado”.

El libro comienza con un poema: “Tango de barcos y muelles”, y la segunda parte abre con otro poema que es un blues:

“Es la verdad hermano /aquí se hundió un galeón / Sí, es verdad hermano / aquí se hundió un galeón / de astilla a bote, hermano / de gato a león”.

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¿Qué foto imposible te gustaría que te saquen?

Una junto a mi hermano Javier, que falleció a los dos días de que ustedes estuvieron aquí. Mi hermano Javier, entrando a mi departamentito en Arad, abrazándonos, riendo juntos.

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