Diego Javier Rojas

Se autodefine como un promotor de lectura. Tal vez sea cierto, porque desde muy chico le gustaron los libros y no ha parado de trabajar para que lleguen cada vez a más lectores. Bibliotecario, maestro, organizador de la Feria del Libro de Olavarría, escritor, Diego Javier Rojas se llevó este año el merecido premio “La hormiguita viajera” por su labor incansable. Fue el primero que invitó a “El ojo ajeno” a hacer una muestra fotográfica en la Feria . Allí fuimos, a exponer 45 fotos de quince escritores. Y también dimos una charla. Diego fue el artífice de esa experiencia para nosotros inolvidable. Pasen y lean la entrevista que nos brindó en su casa, en una preciosa calle de su ciudad natal.

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Te queríamos felicitar, Diego, por tu participación en la Feria de Olavarría, un evento exitoso y reconocido en todo el país. Este año (2015) el predio es hermoso. Nos contaron que el lugar era un hogar de niñas.

Sí, era un hogar de niñas, estaba todo muy deteriorado y en 2010 el gobierno municipal decidió invertir en ese lugar y armar un centro cultural. Ahora, el hogar de niñas funciona al lado. Construyeron uno nuevo con todas las comodidades. Lo único que solicitaron que no se tocara es la pequeña capilla que hay adentro. Queda frente al arroyo Tapalqué. Es muy raro que un arroyo corte así una ciudad. Es un lugar emblemático; la gente sale a caminar y ve que hay un cartel que dice “Muestra de tal”, y entra.

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Ayer había mucha gente realmente.

Vas a ver que el sábado y el domingo, hay gente que entra a tomar mate. Porque además hay juegos, banquitos, baños.

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Eso es interesante también, porque es una manera amable de invitar a personas que a lo mejor ni se les ocurre ir a un centro cultural, pero esta ahí y entran a disfrutarlo.

Yo lo veo con mis alumnos, que vienen por primera vez al centro de Olavarría, visitan el centro cultural y se quedan encantados.

¿Vos naciste en Olavarría?

Sí. En realidad nací acá pero viví hasta los veintiocho años en Loma Negra, muy cerca de Olavarría. En auto tardás unos veinte minutos en llegar. No sé cuántos km habrá. Esas cosas las hacés por inercia, ¡no sé cuántos km hay de aquí a Loma Negra!

¿Ahí estudiaste?

Estudié en el Hogar Infantil, que pertenecía a la fábrica de Loma Negra, la cementera. Ahí hice el jardín, y después, la escuela primaria. Ya había terminado el primario y sabía que iba a ser bibliotecario.

¿Ya sabías? ¿Y cuál fue la experiencia en la escuela primaria que te hizo tomar esa decisión?

Mira, yo no tengo ni papá ni mamá lectores. Pero tengo el recuerdo de cuando mi mamá me llevó por primera vez a una biblioteca. Yo era muy hincha, siempre quería tener libros, los juguetes no me interesaban, yo quería libros. Y cuando llegaban las fechas de recibir regalos (Reyes, Navidad, cumpleaños) yo pedía libros pero nunca me los regalaban.

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Ahora se regalan muchos libros para Navidad. En aquel tiempo, no. Entonces empecé a juntar plata para comprar mis libros. Y empecé a ir a la biblioteca que, después, terminó siendo la biblioteca donde tuve mi primer trabajo, la biblioteca pública. Allí hice toda mi formación estudiantil.

Es decir que venís a ser la excepción que confirma la regla: un lector proveniente de un entorno poco lector.

Exacto. Mi papá y mi mamá leían el diario, nada más. Yo no tengo la imagen de mis padres leyendo un libro. Y en la escuela de aquel tiempo no había promoción de la lectura. Es decir, te leían un cuento, pero siempre tenía una aplicación, algo para hacer después.

Claro, se leía para luego hacer algún ejercicio.

Para hacer una tarea o la descripción tema La Vaca. Todos pasamos por esa etapa, pero no tenía una finalidad recreativa, como tiene que tener la literatura. Pero sí recuerdo que, como no me gustaba hacer Educación Física, en realidad nunca me gustó, la directora se dio cuenta y me empezó a mandar a la biblioteca. Y ahí yo descubrí todo. Más allá de los libros, era una biblioteca hermosísima. Había mapas, libros de tapa dura, discos, casetes, películas, diapositivas. Eso para mí era ir a la escuela. Tener un ratito para entrar a ese lugar. Y era re buen alumno. Me gustaba ir a la escuela. En sexto y séptimo ¡cómo me copaba ser alumno bibliotecario! Iba en contraturno a trabajar a la biblioteca.

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Cuando estaba terminando el secundario, mi preceptora me dijo: “antes de ser bibliotecario tendrías que ser maestro. Tenés feeling con los chicos”. Y bueno, probé. Estudié para maestro y le dije a mis viejos que iba a probar. Y la verdad es que me gustó muchísimo. Tuve la suerte de que me convocaron para hacer unas suplencias voluntarias.

Me imagino que eras muy joven.

No, tenía veintiuno o veintidós años, porque repetí en el secundario. Yo les cuento eso a los chicos en la escuela. Repetí porque no quería viajar más. Venía todos los días de Loma Negra a Olavarría, llegaba la noche y ya no quería viajar más. Por eso repetí dos años. Después, me cambiaron a la escuela secundaria que estaba a dos cuadras de mi casa.

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Cuando estaba estudiando magisterio, me llamó la directora de la escuela donde yo había hecho la primaria, para decirme que iba a faltar una maestra por dos días, si quería ir a reemplazarla. La verdad es que fue bárbaro. Después, me llamaron de la otra escuela también. Y me fui metiendo, fue muy divertido. Cuando tuve que hacer las verdaderas prácticas, yo tenía mucho dominio de grupo. Así que terminé el magisterio y comencé la carrera de Bibliotecario en La Plata.

¿Te fuiste a vivir a La Plata?

No, no, en La Plata podés estudiar a distancia, y tenés que viajar una semana por mes. Durante esa época tomé una suplencia en la misma escuela donde había hecho la primaria. Era una suplencia por quince días y se terminó extendiendo hasta diciembre. Esto fue desde agosto hasta diciembre. Y en septiembre tenía que viajar a La Plata, porque iba a rendir, y a quedarme allí una semana. Lo que no sabía es que para poder tomarme una semana de licencia por estudio era necesario tener cierto tiempo de antigüedad. Yo no lo sabía; lo hablamos con la inspectora, Olga Rasposo, que ahora trabaja en la Comisión de Libros aquí en la Municipalidad y ayer dijo las palabras de inauguración de la Feria. Mirá cómo son las cosas, Olga me decía: “Yo te dejaría, encantada de que fueras. Pero si te llega a suceder algo, no es que estés acá a la vuelta, es un viaje”. Y era verdad. Así que tuve que dejar de estudiar en La Plata.

Claro, perdías tu trabajo.

Perdía el trabajo. Y al otro año se abre la carrera, con la modalidad a distancia, en la Universidad de Mar del Plata. Y la auspiciaba el municipio, era todo digital. Solamente tenía que ir un sábado, cada tres meses, para el encuentro con el profesor y después era continuamente un mail que iba y otro mail que volvía.

El que vino a dar esta charla de capacitación sobre el avance tecnológico es hoy el organizador de la Feria del Libro de Mar del Plata, Andrés Pereyra Barreto, con quien compartimos experiencias de feria.

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¿Cuando te recibiste dejaste la docencia de aula para irte a la biblioteca?

No. Seguí como maestro, y empecé a trabajar en la biblioteca pública. Allí estuve como dos años, creo que fueron tres años, en la biblioteca donde me formé, a la vuelta de mi casa, y luego, por unas cuestiones económicas de la organización, de la comisión, decidieron echarme. Y ahí tomé otro trabajo en otra escuela, y ya me vine a vivir acá. Comencé el trabajo en la escuela Esquiú, donde armé la biblioteca. Hace 12 años que estoy trabajando ahí. Como maestro no trabajé más. Pero yo siempre digo que si alguna vez me retirara de la biblioteca, me gustaría trabajar otra vez en primer grado. Parece mágico, de un día para el otro los chicos hacen un click, o capaz que entran a la una de la tarde y se van a las cinco sabiendo leer. No sabés cuándo se produjo ese click, tal vez estás meses y meses en los que no pasa nada y de golpe hay un click. Y te caés de espalda.

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Después entré a trabajar en Cultura, en la subsecretaría. Me quedé sin el trabajo de la escuela 76. Justo ese año se hace el congreso de editorial La Bohemia. Fue el primer año, en la Biblioteca Nacional, ¿te acordás? E invitan a presentar ponencias. Yo propongo una y queda seleccionada. Para esa época todavía no estaba trabajando en Cultura y cuando se enteran de que habían seleccionado mi ponencia, Eduardo Rodríguez, que era el subsecretario de Cultura, y Verónica Sánchez, su secretaria, me dicen que van a colaborar con el pago del pasaje. Para mí fue una alegría enorme. Cuando vuelvo, voy a entregar una carta de agradecimiento y, casualmente, el día anterior había renunciado la persona que estaba a cargo de la biblioteca. Entonces me convocan para trabajar ahí. Arranqué un primero de diciembre. Estando en ese puesto, pude empezar a armar todo lo relacionado con la Feria.Diego Rojas - 2914 copy

Pensando en todas las actividades que hacés, si alguien que no te conoce te pregunta a qué te dedicás, ¿qué respondés?

Es muy difícil definirse. Yo creo que tengo muy divididas las facetas. Mañana, por ejemplo, que presento mi libro, soy escritor. Que no me vengan a decir que falta el vaso de agua en la otra sala, porque yo no sé nada. Mañana estoy disfrutando como escritor en la Feria. Y en la escuela lo mismo, si van y me preguntan algo del municipio, no, yo ahora estoy acá, en la escuela. Lo del municipio, llamame mañana, te contesto mañana, pero ahora, no.

Por eso es difícil definirme. A mí me gusta lo de promotor de la lectura, porque engloba todo, y es una palabra que la gente empezó a escuchar hace poco tiempo. Porque a mí me costaba decirles a mis amigos lo que era ser promotor. Generalmente el promotor está visto como el que vende algo y uno vende, pero no con un rédito económico. Promotor de la lectura me gusta como definición.

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¿Cómo empezaste a escribir? 

Yo era chico, y creo que, al leer tanto, en algún momento me surgieron las ganas de escribir. Yo escribía, pero nunca lo mostraba, nunca. Y siempre tiraba todo. Después, al estar tan involucrado con la literatura infantil, me empezó a gustar esto de escribir para chicos. Pero me parecía que me repetía o que repetía lo que leía de otros autores. Un año vino Ana María Shúa y me dijo: “Si vas a creer que es así, dedícate a otra cosa, porque todos estamos influenciados por lo que nos gusta”. Fernando de Vedia me vio charlando con los chicos y me preguntó si escribía. Le dije que sí, que tenía algunas cosas escritas para chicos. Esa noche íbamos a cenar juntos y me pidió que llevara algo, y le llevé “Una respuesta para Alicia”. Así fue que me animé a publicar. Al otro año salió el otro libro, y luego otro y así. La verdad es que fue algo muy mágico que haya sucedido eso.

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¿Hace mucho que vivís en este departamento?

Cuando me vine de Loma Negra a vivir solo, vivía a una cuadra de acá, pasando el arroyo. Ese fue mi primer departamento. Ahí estuve viviendo cuatro años. Me mudé porque ya no entraba, o eran los libros o yo. Unos amigos me pasan el dato de un departamento. Antes de verlo vengo aquí, pero no me cerraba el precio, así que me decidí por el otro. Pero no me sentía cómodo, no era mi espacio. En el interín me avisan que lo tenía que dejar y que quedaba libre este.

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¿Cuánto hace que te mudaste?

Cuatro años. Este es mi espacio.

Contame de tu biblioteca.

Hay una acá. Los libros están acomodados por colecciones. la mantengo bastante ordenada, organizada por editoriales y por colecciones.

¿Hacés reseñas de libros para las editoriales?

Sí, me envían libros y los reseño. Voy en el colectivo leyendo, voy al consultorio del dentista y me llevo algo para leer.

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¿Leés principalmente libros infantiles y juveniles?

Sí, todo infantil y juvenil. Lo de adultos lo dejo para el verano, cuando me queda tiempo. Hacia fin de enero, comienzan a llegar las novedades de febrero, lo que va a ser el lanzamiento de escuela y todo eso. Y ahí hay que empezar otra vez. Pero me gusta hacerlo. Cuando nos fuimos en febrero de viaje al sur, yo me leí dos libros para el viaje. Mis amigos me sacaban fotos y yo ni me di cuenta. Me decían: “Vos estabas acomodado ahí, como metido en un pozo”, y  sí, yo estaba ahí, leyendo. Me abstraigo totalmente. Cuando me quedo sin libros me agarra el ataque. ¿Cómo me los voy a leer todos en el viaje y me voy a quedar sin libros?, entonces tengo que entrar a una librería y comprar.

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¿Te gusta viajar?

Sí. Viajé a Cuba por trabajo, presenté una ponencia para el Congreso de literatura infantil y quedó seleccionada. Fue mi primer viaje al exterior, y solo. Después fui a un congreso a Colombia y a Chile. En Chile me tocó el terremoto.

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¿Cómo fue esa experiencia?

Lo que recuerdo es que esa noche estaba con Liliana Bodoc y le comenté que me había gustado mucho su libro: “Cuando San Pedro viajó en tren”. Me había conmovido mucho. Nunca viajé en tren, pero esa madrugada, durante el terremoto, cuando la cama se movía, yo creía que iba viajando en uno.

¿Estabas soñando?

Soñaba que viajaba en tren, hasta que la cama se golpeó contra la pared, entonces me levanté y vi que empezaron a rodar las botellitas, las latas de gaseosa, y que del inodoro salía agua. Yo no entendía nada. Corrí la cortina, afuera se caían los vidrios del edificio de enfrente. Entonces nos llamaron de recepción para avisarnos que era un terremoto, que nos quedáramos tranquilos y que bajáramos por las escaleras. Y mirá cómo son las cosas, cuando abro la puerta de mi habitación, sale una señora y dice: “Es un terremoto, tenemos que salir”. Era Graciela Pérez Aguilar. Yo siempre la había querido conocer y nos conocimos ahí. Ella fue una de las fundadoras de las series de Alfaguara. Viste que uno tiene eso, que te gusta conocer a la gente, más cuando han hecho todas estas cosas. La conocí en medio de un terremoto.

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Increíble. ¿Y después que pasó?

Bajamos, duró solo unos segundos, estábamos todos en estado de shock.

¿El hotel no sufrió destrozos?

No, nada. Cuando llegué, el conserje me dijo que el hotel era antisísmico. Yo le respondí: “Bah, justo va a haber un terremoto en estos tres días que voy a estar”, y tuvimos un terremoto. Y cuando bajé, se acercó el chico para decirme: “Creo que lo trajo usted en la valija”.

Se suspendió el congreso, ¿verdad?

Si, se hizo, pero a media máquina. El congreso iba a funcionar en el Museo de Bellas Artes de Santiago que tiene una cúpula vidriada. Hay una foto mía en Facebook. La saqué el día antes, en las escalinatas, y al otro día me dije: “Tengo que ver cómo quedó la cúpula”. Y estaba toda destruida. Es muy fuerte ver que, de un día para el otro, todo eso se destruyó. No quedó nada. Y menos mal que fue a la madrugada. Nosotros hubiéramos podido estar ahí, debajo de esa cúpula vidriada, imaginate lo que hubiera pasado.

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A mí no me sucedió nada. Cuando volví, a los pocos días me agarró una crisis muy fuerte de llanto. No podía parar de llorar. Fue cuando empecé a recibir mails de gente que estaba allá, que se comunicaban diciendo que habían llegado bien, y agradecían, todos muy conmovidos por eso. Ahí empecé a llorar y no podía parar.

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En ese congreso también conocí a Sandra Siemens. Había leído “El hombre de los pies murciélago”. Yo le escribía pero ella no me contestaba por Facebook, porque no sabía quién era. Alguien le comentó quién era yo, entonces combinamos para conocernos en Chile. En Chile se empezó a armar una amistad, fuimos juntos a Colombia, fui a su casa también. Muy agradable.

Esta debe ser la anécdota de tus viajes me imagino. 

Si, lo contás y nadie lo puede creer. El viaje a Colombia fue hermosísimo, también fue por trabajo. Después hicimos un viaje a Uruguay con unos amigos. Y ahora estamos planeando uno a Nueva York, para el año que viene. Tenemos un grupo, somos cinco, que siempre vamos de viaje juntos. Fuimos al Sur. En el año hacemos un viaje cortito. Hicimos primero una breve experiencia en Buenos Aires, para ver cómo nos llevábamos todos, y la verdad es que nos llevamos muy bien. Cada uno de nosotros tiene sus intereses y su personalidad. Entonces, yo sé que si al otro le molesta, para qué se lo voy a decir. Tenemos una muy buena convivencia. Y nos reímos mucho, mucho, desde que salimos hasta que volvemos, nos reímos muchísimo. Y cuando nos juntamos a cenar, también una vez por mes, no termina nunca la cena, porque siempre tenemos temas para hablar.

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Entonces Nueva York es el próximo destino.

Estoy ahorrando. Trato de no comprar, para mí es un tema.

¿Qué te gusta comprar?

Ropa. Y libros. Mis amigos me dicen que en Nueva York te podés comprar ropa para dos años. Pero bueno, el tema de la ropa me puede. En realidad, lo que me pasa con esto de los viajes y con mis trabajos es que soy muy feliz. Me gustan mis trabajos, disfruto los tres y en cada uno siempre encuentro una motivación diferente, tanto en la escritura, como en el trabajo de organizar la Feria o ir a la escuela. Siempre encuentro una motivación que hace que año a año, me vaya renovando. Cuando no tenga esa renovación, tendré que hacer un paso al costado. Además, me gusta trabajar, soy feliz trabajando, lo disfruto. En cada lugar de trabajo voy formando mi grupo de amistades, es muy difícil en los trabajos tener amistades, pero yo las voy haciendo y lo veo en mis cumpleaños. Me encanta festejar. Estoy tres meses preparando mi cumpleaños, a mí me gusta que la gente venga y lo disfrute. Para mis cuarenta, fuimos noventa personas.

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Esa felicidad se nota en todo lo que hacés.

En realidad, yo soy feliz. Más allá del disfrute del trabajo, soy feliz con la gente que me rodea, tanto acá, como la que está en Buenos Aires. Cuando mis amigos saben que viajo, me dicen: “Vení, nos encontramos, y hacemos esto o aquello”. Es muy lindo que pase eso. Es muy lindo. Y yo lo disfruto.

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¿Qué foto te gustaría sacar?

La foto foto de este momento. Porque hablamos de muchos momentos felices de mi vida y para mí la vida es esto, vivirla y recordarla con alegría, recordar lo que te hizo feliz y rodearte de buena gente.

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