Silvia Schujer

Silvia Schujer vive en un hermoso PH reciclado del barrio de Colegiales. Sabemos que nos espera una buena charla y el afecto de muchos años compartidos. Silvia nos recibe con unos mates y esto es lo que nos cuenta.

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¿Qué significa para vos el lugar donde vivís?

Es un búnker. Siempre lo definí como un búnker. Te diría que mi casa soy yo. Lo loco es que me mudé mucho, casi no podría contar las veces que cambié de vivienda. Igual, me di cuenta de que hay un leitmotiv que me sigue a todas las casas y tiene que ver con los sillones, los libros, los colores que elijo para las paredes y el piano.

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¿Te llevás los sillones a todas partes?

Me llevo mis sillones y si hace falta los retapizo, busco un género muy parecido al que tenían. También los ladrillos a la vista son un leitmotiv. Una vez me mudé a una casa moderna que no tenía ladrillos a la vista y yo se los hice poner. Llamé a un arquitecto y le dije: “Envejeceme el departamento”. Para mí, los ladrillos, la madera, el piano, los sillones y los libros constituyen mi lugar.

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¿Viste? Como el que se lleva el osito a todas partes. Quizá porque me mudé mucho. Cambian los lugares pero no cambian los objetos queridos, es un modo de encontrar una pertenencia. Los libros, ni que hablar. Son fundamentales. Y también la manera en que tengo ordenada la biblioteca. Ahora no está toda junta, pero el orden que conservo de los libros sigue siendo siempre el mismo.

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¿Sos acumuladora de libros?

No, me voy comprando los libros que quiero y los conservo. Lo que pasa es que hace demasiados años que tengo libros y también heredé una biblioteca. Pero no soy juntadora de libros porque sí.

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¿Alguna vez pudiste desprenderte de libros?

No mucho. Me desaparecen algunos porque presto bastante. Acabo de descubrir una pérdida que me tiene mal. Pero supongo que no es tan grave porque tiene que haber sido alguien que circuló por mi casa. Y si alguien circuló por mi casa es porque nos queremos. Se me perdió Revelaciones de un mundo, de Clarice Lispector.

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Volviendo a los muebles. Yo no cambio de muebles, los reubico. Y es gracioso lo que soy capaz de hacer con tal de no desprenderme de eso que viene conmigo adonde yo vaya. En mi departamento anterior, la biblioteca de mi escritorio estaba hecha a medida porque era un espacio chico. Después me mudé a otro lado, la rediseñé y ahora la uso como biblioteca de mis nietos. Y para diferenciarla de la que era, la cambié pintándole solamente los bordecitos. Así que es otra pero es la misma. La esencia está. Me pasa eso.

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Es decir que tus casas, a pesar de que vas cambiando geográficamente, se parecen entre sí.

Exactamente. Mis muebles y mis libros son como mis peluches.

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¿Cómo llegaste a esta casa?

Esta es la casa donde decidí quedarme. A diferencia de las otras. Durante un tiempo, creo, mudarme llenaba alguna insatisfacción difícil de explicar, una necesidad interna. Al principio me fui mudando porque iba mejorando mi situación económica y mis posibilidades de tener un lugar más cómodo. Después, mudarme tuvo que ver con otras búsquedas.

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Ahora siento que llegué a un tope, más que esto no necesito, es suficiente, lo que me predispone muy bien con el espacio. No lo siento exactamente como que encontré mi lugar, porque tuve otras casas que me gustaron, tiene más que ver con un estado de madurez. Cambiar de casa no necesariamente va a cambiar todo lo que está mal en mi vida. Lo que se tenga que jugar de bueno y de malo, que se juegue acá. Ese es el sentido que le encuentro a esta decisión de quedarme. Lo que quiera lo voy a tener que construir acá.

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¿Cómo eran las casas de tu infancia?

En mi infancia tuve una sola casa, una especie de casaquinta, en Olivos. En la parte de adelante estaba la casa de mis abuelos y en el fondo se construyó la de mi famillia. Con árboles, en un barrio, muy linda.

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Antes de llegar a Olivos (a los tres años), con mis padres viajamos un montón. Estuve viviendo en la Cuba pre Fidel durante un mes, yo era un bebé, y nos tuvimos que ir. Mi papá era representante de artistas y andábamos por el mundo. Cuando volvimos a Argentina, yo era muy chica y ya habíamos vivido en Estados Unidos, en Cuba y en México.

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Mi casa de infancia tenía un terreno gigante. Pero cuando uno es chico la perspectiva es distinta : yo añoraba vivir en un departamento. Como vivían mis primas, por ejemplo, en capital.

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Claro. Uno nunca quiere lo que tiene.

Sí, es increíble. Teníamos tanto terreno, parrilla, en mi casa se comían asados multitudinarios todo el tiempo.

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Y tus primas añorarían tener una casa como la tuya.

Ellas venían todos los fines de semana a mi casa.

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¿En tu infancia ya te gustaba escribir?

En la infancia, no. Yo hacía vida al aire libre. El lector de la casa era mi hermano. Teníamos libros, porque mi mamá leía, y nos compraban las enciclopedias de esa época. Mi hermano sí era muy lector. Pero yo estaba en otra. Leía revistas, pispeaba algo, me gustaba el Lo sé todo y El tesoro de la juventud, que miraba en casa de mi abuela. Pero ficción, poco.

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Entonces no leíste Bajo las lilas, Mujercitas

Algo leí. Te diría que Mujercitas fue central en mi formación. Es el primer libro que me interesó. Leía la colección Iridium, pero sin tanto interés. El lector, lector, el poeta, el literato, el dramaturgo y filósofo era mi hermano. Yo era bastante atorrante. Eso sí: me obligaban a estudiar piano.

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¿“Me obligaban” significa que no te gustaba tanto?

Significa que había un mandato y resultaba difícil zafar de ese mandato. Mi abuelo era violinista, mi papá tenía un oído musical bárbaro y su sueño era que yo tocara piano, pero yo era medio de madera. Entonces estudiaba por obligación, a veces creía que me gustaba porque le gustaba a mi papá. Pero hubo un momento en que ya no quise saber más nada.

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¿Cuándo comenzó tu inquietud por la escritura?

El primer registro que tengo es que me gustaba la poesía. Me gustaba escuchar a Berta Singerman, una declamadora que estaba en la televisión. Es increíble pero la televisión incidió en mi formación literaria porque me apasionaba verla recitar a Lorca: “Eran las cinco en punto de la tarde…”. Era de un dramatismo fabuloso. Yo vibraba con eso y con Bécquer, porque mi hermano leía a Bécquer desde muy chico. También escribía y me leía sus poesías. Igual, yo seguía mis rutinas de jugar que era lo que más me gustaba en la vida.

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El primer noviecito que tuve era del colegio y vivía a la vuelta. Yo iba a su casa a tomar la leche. En la primaria, para mi cumpleaños, me regaló Mujercitas. Yo lo leí, porque me lo había regalado él, y me encantó. Me sentí tremendamente identificada con un personaje. Todos creen que es con Jo, pero no. A mí me encantaba Beth, porque Beth venía a representar todo lo que yo deseaba ser y no era: Beth era buena, obediente, tocaba el piano maravillosamente, cantaba, todos la querían… Y hete aquí que Beth se muere casi al principio de la historia. Lloré a lo pavote. En algún momento me apareció una pregunta, casi como un consuelo: ¿Cómo puedo llorar tanto por alguien que no existe, que es solo un conjunto de palabras y no un ser de carne y hueso? Con lo cual acababa de descubrir la esencia de lo literario. Creo que ese fue un momento crucial aunque yo no lo supiera.

Ahí nomás decidí que iba a ser escritora para hacer llorar a la gente. Porque ese llanto que yo había llorado tenía algo bonito. Había algo mágico en ese llorar por un ser que no existía. Y empecé a escribir una historia muy triste. Se la leía a una prima menor que operó y sigue operando como hermana. Yo le leía y lo único que le miraba eran los ojos para ver si lloraba. Y no le pasaba nada, por supuesto. Porque uno después descubre que no es fácil crear esa ilusión de realidad. Ser verosímil, digamos. Es una de las cosas más difíciles que hay. Lo de Mujercitas me pasó a los 12, 13 años….. Después me vino una especie de ardor por la lectura.

A los catorce años, con mis padres nos fuimos a vivir a México y para mí fue un golpe bastante duro. Tuve que dejar el colegio, a mis amigos, y los que me salvaron fueron los libros.

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Y encontraste consuelo en los libros.

Y sí, leía. Pasaba tardes enteras sin hacer nada y leía, sobre todo al principio, cuando no tenía amigos. Después nos volvimos. Primero volví yo para rendir exámenes y no perder el año y luego mis viejos. En ese momento me leí todo. Era la época del boom latinoamericano y me acuerdo de La ciudad y los perros. Yo leía lo que me iba recomendando mi hermano y los amigos de mi hermano. Entonces leí a Vargas Llosa, a García Márquez y un libro que me compré yo sola en una librería de DF, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que me encantó. Empecé a leer a Bradbury también. Normalmente ese es un camino de ida. No importa si empezás a leer porque estás triste o porque necesitás entretenerte, por lo que sea, una vez que le agarraste el gusto, no hay ninguna actividad que la reemplace. Hay muchas cosas lindas, pero ese momento de lectura es irremplazable.

Los autores que mencionás son representantes de una época. ¿Cuáles son para vos los referentes que tienen los chicos hoy?

Hoy es distinto porque los chicos son tomados como un sujeto de consumo. Es difícil determinar qué es lo representativo que elige efectivamente un chico o lo que está impuesto desde fuera. Me cuesta más pensarlo, pero algo que vi como genuino, no desde el lugar de los colegios que visito porque ahí la mirada que uno tiene es un poco sesgada, pero en mi nieta fue genuina, muy genuina, la elección de María Inés Falconi.

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Desde muy chiquita le leí de todo, los cuentos clásicos, que siguen teniendo una eficacia monumental, las colecciones varias que circulan actualmente, etc etc. Pero lo primero que la vi leer con un interés especial fue Caídos del mapa. Durante unas vacaciones maravillosas, porque ella estaba feliz pidiendo el otro tomo, el otro tomo… Y después se enganchó con la idea de leer. A ella le pegó por ese lado.

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Te dedicaste a escribir y a formar escritores. ¿Hacés talleres aquí en tu casa?

Sí, y agrego otra mesa porque viene mucha gente. Tengo doce o trece alumnos con distintos niveles de escritura. Me doy cuenta de que así se enriquece el trabajo de todos. El que no puede seguir el ritmo se va. Muchas veces, cuando tengo que hacer una crítica demasiado dura, empiezo diciendo que escribir es muy difícil, que requiere mucho trabajo, mucho sudor. Imaginate que habiendo pasado ya tantos años con la escritura, a mí misma me sigue sucediendo que me trabo. Hay momentos que son de puro pensar cómo se resuelve un problema sin escribir una línea. Hay textos que se quedan en un cajón, en la computadora en este caso. Todavía me sigo enfrentando con mis propios límites.

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¿Cuando empezaste a leer también empezaste a escribir?

Empecé a escribir la típica poesía de catarsis de los quince años. En mi casa había esa circulación joven de la poesía y ya estamos entrando en los años difíciles, me refiero a los setenta, que en mi caso particular fueron años trágicos. Pero no tenía una idea clara de si quería dedicarme a la literatura. Eran años de militancia y todo giraba en torno a eso, salvar la vida o no. No obstante, casi como un cable a tierra, otra vez apareció la literatura en mi vida porque decidí inscribirme en el profesorado. Fue realmente un cable a tierra porque ese año en mi familia pasó de todo, hubo desapariciones, murió mi viejo… Entre tanto, yo seguía leyendo a Madame Bovary. El mundo se me iba haciendo pedazos y yo leía a Kafka, a Borges, en una materia hermosa que era Teoría y composición, y leía al Cid y la Chanson de Roland. Mientras tanto el país se deshacía y mi familia se iba diezmando. Empezaba la diáspora de los exilios y ahí estaba la literatura. Hice un taller literario con Sofía Lasky. El taller era de poesía pero rápidamente me di cuenta de que lo mío era la prosa, no sé por qué. Así que empecé con Liliana Hecker y ahí hubo una decisión más firme. Fue un taller maravilloso donde aprendí lo poco que sé, todo lo que tiene que ver con técnicas de escritura, compromiso, corrección. En ese momento también empecé a ligarme a la otra vertiente que era muy fuerte en mí: la canción.

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¿Cómo empezaste a escribir canciones?

Me casé, tuve un hijo y me separé siendo muy muy joven. Lo único que yo sabía hacer era estudiar literatura porque me había recibido de Bachiller con lo cual, era una especie de buena para nada. Vivía sola con mi hijo. Eramos él y yo, dos niños que nos criamos juntos. Yo no sabía cocinar, pero cantaba. Y eso era sensacional, porque todo lo que no podía cubrir en algunos aspectos, como preparar un puré rapidito mientras el nene lloraba de hambre, yo lo aliviaba cantando. Para explicarle cualquier cosa a mi hijo le hacía una canción. Él tiene ahora cuarenta años y hace poco me cantó completa una canción que le compuse a él para que aprendiera a bañarse solo. Fue muy emotivo porque yo no me la acordaba. Y me contó además, que él se la cantaba a sus hijos.

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Volviendo a tu pregunta. Empecé con las cosas infantiles pero a partir de algo doméstico, que era un modo de equilibrar mis otras ignorancias.

La música vino a cubrir necesidades, así como lo hizo la literatura.

Absolutamente. Dejé de estudiar piano pero tocaba guitarra, me gustaba acompañarme para cantar, iba a un coro, tenía vida musical, escuchaba música clásica. Sí, la música me encantaba. A los ocho años pedí que me regalaran Cuadros de una exposición de Musorgski, y me regalaron una versión orquestal. Y yo, que soñaba con ser directora de orquesta, me ponía en medio del comedor de mi casa y dirigía la orquesta porque sabía la entrada de todos los instrumentos. La música tiene mucha incidencia en mi formación.

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¿Por qué decidiste vivir de la literatura y no de la música?

Fue azaroso. Literatura estudié a conciencia, música fue parte de mi formación. Mi hijo es músico y estudió Dirección orquestal, es compositor, el músico de la casa a los cinco, seis años, claramente ya era él. Por ahí yo agarraba el piano para tocar alguna canción y él –siendo chico todavía- desde su pieza me gritaba: “Poné Fa menor”. Sabía en qué tonalidad estaba tocando, sin mirar el teclado, solo escuchándome.

La canción junta todo. Tengo muchos libros con CD de canciones porque la canción es un género que me sintetiza. Aparecen mis dos amores, lo que elegí y lo que me formó. Lo que escribo es muy musical. Yo entiendo que es posible porque cuando leo lo que escribo, si no me suena, si hay un ritmo que se corta, si no tiene una cadencia determinada me hace ruido y tengo que volver y volver a trabajarlo hasta que se deslice.

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Fue a través de la canción que me metí en lo infantil. Con mi hijo escuchábamos Pro Música de Rosario y también a Margarito Tereré. Conocí Cantaniño y me propuse participar en eso. Me acerqué a ellos de caradura que fui. No sabía escribir música, hice una letra de canción con una melodía y se la llevé a un taquígrafo musical para que la transcribiera. El tipo me decía: ”No te metas en esto, nena”. Él conocía mi apellido porque mi abuelo había sido socio fundador de Sadaic, tocó con Canaro. El taquígrafo era Dante Gilardoni, el que le hacía la música a Carlitos Balá. Entonces yo le pedí que me compusiera una música y le di una letra mía. “Lo voy a hacer en nombre de tu abuelo. Pero a Cantaniño no entra nadie, está todo arreglado”, me dijo. “No importa”, le contesté, “yo voy a ir igual”. Y me eligieron la canción. El tipo no lo podía creer. Eso me sirvió para poder dar los exámenes que te exigían en Sadaic para ser socio. Debo confesar que yo necesitaba una obra social y Sadaic era una oportunidad, así que di los exámenes. En el examen había que componer un soneto: ante una mesa examinadora sacabas un papelito donde estaba el título de lo que tenías que escribir. En la mesa examinadora tuve a Cadícamo, a Waldo Belloso. Los jóvenes de ayer, de Charly García, estaban allí.

En Cantaniño eligieron mi canción porque era original comparando con lo que había. Eso me abrió las puertas a un mundo distinto, el de las grabadoras. Yo seguí haciendo mis canciones y armé un grupo con algunos chicos de Cantaniño, que se llamaba “Silvina y los chicos del mundo”. (Risas) ¡Del mundo! Yo sí que no me andaba con chiquitas.

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¿Y por qué Silvina?

Porque me sonaba mejor que “Silvia y los chicos del mundo”. Así que hice canciones y las cantaba con ese grupo. Me fui a presentar, obviamente, a una grabadora. Lo mío llamó la atención. Me acuerdo que fui a CBS y a Music Hall. En CBS se grababa Cantaniño. De entrada no me respondieron. Pero yo me daba cuenta de que les caía muy bien. El gerente me decía: “Esperá, no te apures”. En Music Hall, en cambio, me llamaron enseguida e hicimos un disco de vinilo y el casete, con una cantidad infinita de inmadureces. Yo no puedo creer todavía lo caradura que fui. A mi favor digo que tenía veintiuno o veintidós años por entonces.

Finalmente también de CBS me empezaron a llamar, pero para hacer “puentes” para los artistas que necesitaban un corito de chicos detrás. Yo iba con mi grupo y los dirigía. Además de que los pibes de mi grupito cantaban bien, yo tenía muy buen vínculo con ellos: los podía tener en una sala de grabación varias horas, los contenía. A los empresarios, les exigía que le dieran leche chocolatada. Era una hinchapelotas de aquellas pero los chicos estaban felices.

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¿Vivías de esto?

No, yo trabajaba nueve horas por día en una oficina para subsistir. Eso era extra. Trabajé en Ferrocarriles Argentinos, igual que Oche. Y tengo mis mejores recuerdos porque me dieron mucha libertad.

Parece que indirectamente Ferrocarriles tuvo mucho que ver con la carrera de varios escritores. Oche Califa, la vez pasada, nos contó lo mismo…

Yo tengo poesías escritas en hojas membretadas de Ferrocarriles Argentinos y algunas las guardé. Si yo tenía que salir con mis chicos a grabar, me dejaban hacerlo. Tuve unos jefes que fueron lo mejor que me pudo pasar y eso que hablamos de los años de la dictadura. Sin ir más lejos, algunos productores en las compañías grabadoras eran milicos. Una vez a mí me recibió en su oficina –con un revólver sobre el escritorio- un productor que era un capitán de navío. Fue el que produjo por primera vez a Pimpinella .

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¡Uy, me acordé de algo! Vuelvo para atrás. Cuando fui a dar el examen a Sadaic, estaba Waldo Belloso que, en ese momento, dirigía Margarito Tereré, que era una propuesta folklórica con grandes muñecos que bailaban. Y estaba Jovita Díaz como animadora. Cuando fui a dar el examen de música (porque uno era de letra y el otro de música) yo no sabía transcribir notas en el pentagrama, así que tuve que componer una melodía de oído y cantarla ahí mismo. Apenas terminé mi examen, me llamó aparte Waldo Belloso porque le habían interesado mi voz y mi presencia para sustituir a Jovita Díaz que estaba por irse del programa. Eso a mí me superaba: presentarme en público con mi grupito de chicos ya me producía nervios, pero meterme en televisión era como de locos. Igual lo intenté. Me mandaron a tomar clases de baile con el que usaba el disfraz de Margarito, que era un bailarín, y ahí se dieron cuenta de que conmigo era imposible porque yo era de madera. No sacaba una coreografía ni a palos y se ve que no me gustaba; lo mío estaba atrás de la escena. Pero Zulema Alcayaga, la mujer de Belloso, hizo la presentación de mi disco (el que grabé en Music Hall) y para mí fue súper importante.

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Esta parte de tu historia no es muy conocida.

Fueron experiencias enriquecedoras pero en una época tremenda. El nivel de sufrimiento era atroz. Muchas veces, cuando hoy me cuestiono por algún fracaso y me digo “No sé vivir…”, me doy cuenta enseguida de que si hay algo que yo sé, es vivir. Porque pude sobrevivir adversidades de toda índole. Las del país, ni hablar. Y también las personales. Al estar relacionada con un grupo de chicos que cantaban, también me pude construir como madre, en contacto con las madres de otros chicos. Mis amigos no tenían hijos, yo estaba afuera de la realidad, mientras todos hacían una vida en libertad pues yo no, yo criaba un hijo. También me pude relacionar con algo muy vital que es la canción y con la literatura infantil a través de la cual empecé a decir un montón de cosas que de otra manera no podría haber dicho. Porque era la etapa de la dictadura donde hablar era difícil y en mi caso particular mucho más difícil aún. Yo no podía hacer olas. Pero bueno… Ese período fue súper importante. Grabé mi disco “Silvina y los chicos del mundo”… “¡Los chicos del mundo!”… Cuando pienso en eso no lo puedo creer. Después me volvieron a llamar de Cantaniño y me grabaron varias canciones más en distintos álbumes. Incluso una se pasó a “Los grandes éxitos”: La marcha del pibe, que cantó mi hijo.

¿Cobrabas derechos de autor?

A partir de que empecé a cobrar por Sadaic, sí, me entraba un dinero interesante. Y había beneficios: te deban préstamos, una obra social y cobraba cuando iba a hacer una grabación con los chicos.

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Te volviste profesional.

Sí, pero de puro caradura. En esa época también animaba fiestas infantiles con Ana María Bovo. Ella era maestra jardinera, hacía la parte teatral y yo la musical. Con ella siempre decíamos “Éramos tan pobres…”. Yo trabajaba durante la semana en una oficina, como dactilógrafa, los fines de semana animaba fiestas infantiles. En un momento empecé a trabajar en un estudio contable que fue el peor trabajo que tuve en mi vida. Nueve horas encerrada haciendo balances en máquinas eléctricas. Con una compañera íbamos al mediodía a Guerrín y nos pedíamos tres porciones de pizza porque nos comíamos una y media cada una, éramos de verdad pobres, no nos daba para más. Con esa compañera descubrimos que el estudio contable mandaba a hacer afuera los balances que no se alcanzaban a tipear adentro. Lo mismo que hacíamos nosotras. Y lo pagaban fortunas. Entonces compré una máquina eléctrica con un dinero que había cobrado de Sadaic, arreglamos con unas contadoras que trabajaban en el estudio y nos empezaron a pasar esos balances a nosotras (la que comía en Guerrín conmigo y yo). Así que salíamos del estudio y seguíamos haciendo los balances. Hoy me pregunto ¿cómo hice todo eso? Pero había que sobrevivir.

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¿Cuándo publicaste tu primer libro?

Todo en mi vida fue un poco raro. Yo trabajaba en un banco y justo salió de la cárcel un amigo mío que ahora murió, Luis Salinas, que había estado preso mucho tiempo y tenía un contacto con el diario “La voz”. Era un diario peronista. A mí nunca se me hubiera ocurrido leerlo porque yo no era peronista pero Luis –que era mi amigo y que había escuchado mis canciones-, me propuso hacer un boceto de suplemento infantil para presentarlo. A él le gustaba dibujar e hicimos un laburo divino, muy original para ese momento: Inventamos un suplemento que no solo tenía el formato tabloide del diario, sino una estructura similar. No seguía a pie juntillas el calendario escolar y contenía mucho entretenimiento. Nos contrataron y empezamos a hacer el suplemento infantil del diario La voz, que salía una vez por semana. Nos habíamos propuesto publicar historietas y cuentos creados por nosotros mismos . Para esa época yo no tenía idea de lo que pasaba con la Lij; no obstante empecé a escribir cuentos: uno cada quince días. El trato que teníamos con Luis era, además, que cada uno hiciera una historieta. La mía la hice con Vilar, el ilustrador histórico de María Elena Walsh. Se llamaba “El comando Gelatina”.

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En fin, mirá: el suplemento lo teníamos que hacer todo nosotros. Esa fue para mí una escuela impresionante.

Por otra parte, trabajando en el diario, un día de 1985 me dejaron un cable sobre el escritorio. Eran las bases del concurso Casa de las Américas. Mis compañeros, en la redacción, querían que mandara mis cuentos a competir. Empecé a seleccionarlos para armar un libro, a buscar un nexo que los vinculara y así surgieron los Chinventos, esas historias disparatadas que resultaron los eslabones de unión entre cuento y cuento. Al original lo llamé Cuentos y Chinventos. Mi vieja llevó las copias a la embajada de Cuba y seis meses después, ya olvidada de todo, me llegó el telegrama de Fernández Retamar anunciándome que había ganado. Yo estaba tan en otra cosa que, cuando llegó el telegrama, pensé que era un agradecimiento por haber participado. Nunca jamás me imaginé que podía llegar a ganar ese premio, no lo tenía en el registro de mis posibilidades.

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Empezaste ganándote uno de los premios más importantes.

Y sí. Todo el mundo me hacía notas, era el primer premio Casa de las Américas en democracia y se lo había ganado una argentina. De golpe fue una cosa tremenda, me llamaban de radios mexicanas, cubanas, colombianas.

Me preguntaban: ¿Qué escribiste antes? Y yo no había escrito nada. Me preguntaban de mis proyectos y yo inventaba títulos. Uno que inventé fue El tren más largo del mundo. Después de mucho tiempo, sí, escribí un libro que lo llamé así para cumplir con mi palabra. Gracias al premio empecé a conocer gente del medio: a Laura Devetach, por ejemplo, que había sido jurado.

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Ya no tenía retorno. El premio Casa de las Américas me sirvió para montones de cosas. Sin ir más lejos para mudarme a una casa un poco más grande que la que tenía. Yo vivía en un lugar muy chiquito y ya había decidido no tener más trabajos de oficina. Porque, dicho sea de paso, en esos días el diario La voz había cerrado así que yo me había quedado sin laburo.

¿Viajaste a Cuba a recibir el premio?

No. Me trajeron el cheque acá y me mandaron el libro impreso. Fui mucho después. Viajé para un congreso a dar una charla y en otra ocasión para la Feria Internacional del Libro. Fue un placer estar en Cuba, porque es un lugar donde nos quieren de verdad. No sé por qué nunca me invitaron a ser jurado del premio Casa; no lo sé, se les habrá pasado.

A pesar de que hiciste tu carrera como escritora, tu obra tiene mucha influencia de la música.

Sin dudas. Quería decirte algo que para mí es importante destacar. Además de aquel disco “Silvina y los chicos del mundo”, hice cuatro libros con música, después de haber transitado la carrera literaria. Son libros que vienen acompañados de CD y en tres de ellos, mi hijo hizo toda la parte musical. Es como si yo hubiera dado una vuelta a través de él, como si hubiera hecho un camino de regreso a lo musical de su mano. Siento que Canciones de cuna para dormir cachorros y Canciones del circo representan lo más completo de mi producción. Tienen que ver con el nacimiento de mi nieta, con la participación musical de mi hijo y con la literatura. Son una síntesis de la que fui y la que soy. Tienen mucha carga emocional. Y vos tuviste que ver con eso porque fuiste mi editora y partícipe de todo el proceso.

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¿Qué foto te gustaría sacar?

Me gustaría saber cómo serían hoy mi papá y mi hermano que murieron hace muchísimos años. Es decir, más que una foto, una imagen proyectada de sus rostros.

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