Oche Califa

Por Silvia Portorrico y Uri Gordon

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Oche Califa es periodista y escritor. Nació en Chivilcoy y vino a Buenos Aires junto a un grupo de amigos escritores a probar suerte. Y le fue muy bien. Actualmente es el Director Cultural e Institucional de la Feria del Libro de Buenos Aires y tiene publicados numerosos libros para chicos. Vive en Palermo, junto a Betty, su esposa de toda la vida y a su hija Ana. Sus otros dos hijos ya se independizaron, así que la casa se fue transformando para acomodarse a las necesidades de la familia. En una sala soleada, con salida al balcón repleto de plantas, Oche nos cuenta su historia.

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¿Cuánto hace que vivís en esta casa?

Oche: ¿Cuánto hace, Betty, que no me acuerdo…?

Betty: Hace 21 años.

Oche: Sí, 21 años. Antes vivíamos en la misma cuadra, en la vereda de enfrente.

Betty: Lo curioso es que la gente que vivía acá se mudó a nuestro departamento.

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¿Hicieron un enroque?

Betty: Sí, después de tenerlo publicado varios meses, se enteraron de que vendíamos y fueron a verlo.

Es bastante curioso ¿no?

Oche: Sí, se dio así. Antes de firmar la escritura y mudarnos, nos desocuparon la habitación que está atrás, que ahora es nuestra habitación matrimonial. Yo venía con un carrito de esos que son para llevar cajones de botellas a traer cosas. Durante días, por las mañanas, cargaba el carrito con cajas de libros, que pesan muchísimo, y las ponía en esa habitación. Después tuve que contratar a unos tipos para que cargaran las cosas más pesadas, como la heladera y el lavarropas, porque no servía de nada traer un camioncito. Lo hicimos todo a mano.

Betty: Finalmente terminamos al mediodía. Me acuerdo que nos vino a ayudar Ricardo (Mariño), pero los que vivían aquí no se iban más, tuvieron que reducir un cuatro ambientes a un tres y les quedó todo apretado. Llegamos a este barrio en el 82, y vivimos en la misma cuadra por 33 años.

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¿Y ustedes cuándo se casaron?

Hace 35 años.

Eso también es curioso.

Oche: más que curioso, somos una minoría.

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Este barrio es hermoso…

Oche: Cambió muchísimo. La cuadra cambió, antes era más vieja y lo que hay aquí nomás no era Palermo Hollywood, era un barrio de talleres y galpones. Estaban las bodegas, Peñaflor y varias más, y toda la zona armenia, que eran hilanderos. En una de esas fábricas ahora funciona Cablevisión.

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¿Y adónde se fueron esas fábricas?

No se fueron, los fueron, porque hubo un quiebre masivo de la industria de las telas con las importaciones y a su vez el mundo bodeguero se extinguió durante la dictadura, por la ley de embotellado en origen. Había que traer el vino embotellado desde Mendoza o San Juan, así que se acabó el fraccionamiento y las damajuanas. Con lo cual las bodegas que mandaban el vino en camiones cisterna o en el tren, cerraron. El San Martín paraba allí; lo que era una playa de maniobras para bajar vino ahora es un shopping. Donde estaba Giol ahora está el Conicet y a Peñaflor lo tiraron abajo y ahora hay dos torres.

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Después, la política de Martínez de Hoz seguida de la de Menem, hizo bolsa las fábricas textiles. Eurnequian era un empresario textil y se convirtió en dueño de medios. Al empezar a abrir los estudios de TV, las productoras, América, Radio del Plata, Canal 9, aparecieron bares y restaurantes para la gente que trabaja en esas empresas. Pero claro, ¿qué pasó? Cuando se empezó a correr la bolilla de que había comiendo famosos, la gente empezó a venir. Una cosa increíble . De golpe y porrazo eso transformó los primeros restaurantes y empezaron a abrirse otros y se generó un polo gastronómico descomunal. Cambió el barrio totalmente.

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Se valorizó mucho.

Sí, pero hay una cosa muy loca: la gente viene a este barrio por como es, ahora bien, llegan los emprendimientos inmobiliarios y tiran esas casonas para hacer edificios, entonces finalmente vienen a un barrio por como es y deja de ser como es. De hecho ya está lleno de edificios.

Betty: Se perdieron todos los zaguanes antiguos. Casas antiguas, quedan poquitas.

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¿Y las inundaciones?

Esto era el “río” Humboldt, hasta hace no muchos años nos inundábamos. Yo me acuerdo de una inundación, de estar en el hall del edificio y ver pasar el río por la calle y de golpe el techo amarillo de un taxi que flotaba en el agua.

Betty: Ahora ya no se inunda más.

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¿Para la época en que se mudaron al barrio qué estabas haciendo?

Para esa época yo trabajaba en Ferrocarriles y era free lance en Clarín, en Súper Humor, Humi y en otras publicaciones.

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¿Qué hacías en Ferrocarriles?

Tenía un empleo en la parte de aduana, porque la empresa compraba afuera buena parte de sus repuestos y había que hacer los trámites de importación. Era un trabajo de 8 a 3, lo que me facilitaba mucho para seguir laburando como periodista. Y ya en esos años publicaba en Clarín y salían mis primeros libros para chicos. Entonces había una especie de simpatía hacia mí en la oficina, mi jefe me dejaba hacer, yo escribía ahí mismo, no tenía mucho drama.

¿Cuando te viniste de Chivilcoy empezaste a trabajar en Ferrocarriles?

No, unos años después. Empecé como free lance pero después nos casamos con Betty y necesitábamos un trabajo más en firme y conseguí ese. Estuve muchos años ahí.

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¿Empezaste a interesarte por la escritura desde chico?

Claro, fue una cosa propia de muchos, empezamos en la adolescencia, en Chivilcoy hicimos una revista literaria, una peña, un poco de teatro, nos movíamos haciendo cosas que se nos ocurrían. Después vine a estudiar Antropología, estuve un año y medio y dejé. Ricardo (Mariño) se había ido a La Plata a estudiar ingeniería pero al año vino a Buenos Aires. Horacio López lo mismo, empezó de esa manera. Éramos un grupo numeroso de chivilcoyanos.

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Se vinieron en bloque a hacer una experiencia en Buenos aires.

Sí, nos vinimos todos juntos, uno era dibujante, otro actor, todavía andamos todos cada uno con sus cosas. Los tres que nos dedicamos a la escritura somos Ricardo, Horacio y yo.

¿Y cuándo escribiste por primera vez un cuento para chicos?

En realidad nos enteramos por otro amigo de Chivilcoy, un poco mayor que nosotros, Rubén Álvarez, que ya estaba instalado acá, que el Centro Editor de América Latina compraba cuentos para chicos para la serie del Chiribitil. Entonces fuimos, tocamos timbre y nos abrió la puerta Graciela Montes. Nos recibió con mucha simpatía sin saber quiénes éramos y le dejamos un cuento de cada uno.

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¿Escribiste un cuento especialmente para eso?

Fue así: Horacio es el que se entera. Nos pusimos a escribir y fuimos probando a ver si nos salía un cuento para chicos e inmediatamente nos entusiasmamos y escribimos varios más en poco tiempo. Entonces vamos otra vez y Graciela nos dice: “Sí bárbaro, nos gustaron” y nos compró uno a cada uno. Nos dieron un cheque a cada uno y los cobramos. Ninguno de esos tres cuentos salió porque el Chiribitil se detuvo, pero Graciela hizo algo más, nos dijo: “¡A mí me gusta mucho lo que ustedes escriben, así que le voy a decir a Carlos Silveyra (que era director de Billiken) que ustedes le van a llevar cuentos”. Fuimos a Billiken.

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Pensá que nosotros éramos chivilcoyanos, tampoco conocíamos mucho Buenos Aires. Silveyra nos recibe los cuentos, cuentos de esa época, escritos a máquina. Inmediatamente nos publicó varios a cada uno. Y cobrábamos. Era algo increíble, venir de hacer revistas literarias y poner plata nosotros para poder editarlas, a que nos paguen. La verdad es que se encaminó solo. Yo me animaba a hacer notas y fui preguntando a uno y a otro. Un amigo me dijo: “Andá al periódico Acción” y me recibieron lo más bien, metí notas y entrevistas. La primera que me encargaron fue una entrevista a Rodolfo Mederos. También nos vinculamos con la revista Suburbio de Avellaneda. Todas las puertas que tocábamos se abrían.

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Y eran años difíciles.

Vos sabés que yo he pensado en eso después. Creo que en realidad lo que pasó fue justamente que los años difíciles nos permitieron, a los que veníamos de afuera y nadie nos conocía, cubrir el agujero que había dejado la estampida de gente que había desaparecido, algunos de manera real (el gremio periodístico tiene ciento diez desaparecidos), más los que se exiliaron, los que se borraron, etcétera, etcétera. En un gremio que no era tan numeroso como el actual, doscientas personas de golpe y porrazo se van del oficio y se siente. Llegamos nosotros y encontramos que en todos lados que ofrecíamos una nota o una idea nos decían que sí. De eso me di cuenta muchos años después. En ese momento uno creía que lo que hacía era tan bueno que se lo aceptaban por eso.

Bueno, seguramente las dos cosas tenían que ver.

Sí, claro. Y así fue como empecé en periodismo. También trabajé en La Hojita, en Billiken, en Humi.

Ahí lo conociste a Andrés Cascioli.

Sí, pero en esa época lo traté poco. Él estaba con Humor y le daba más bolilla a esa revista. En realidad la que me lleva ahí y después a cuanto lugar estuvo, fue Laura Linares. Ella me conoció en Billiken, me llevó a La Hojita cuando fue secretaria de redacción, me llamó para escribir en Súper Humor cuando fue secretaria de redacción allí. Al poco tiempo me dice que empezaban con una infantil y me llevó a la infantil. Y después me hizo entrar al diario La Nación. Laura cada vez que tenía una oportunidad me llamaba y me fue abriendo puertas. En general es un gremio solidario.

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La gente te avisa y yo aprendí a tener la misma conducta. Cuando ves a un tipo que hace algo bueno, uno trata de darle pistas. Con la literatura infantil nos pasó que cuando se produce la apertura democrática empieza una renovación que está atada a la renovación de contenidos en la educación. Por ejemplo, sale la colección Pajarito Remendado y eso está directamente ligado a que los docentes en democracia están buscando nuevos contenidos.

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La democracia también provoca una expansión de medios y, además, hay una transformación tecnológica importante: aparecen las radios FM, los canales de cable, y hay más posibilidades de trabajo.

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También comienza la aparición de nuevas editoriales infantiles. Con la democracia surgen Colihue, Quirquincho, Sudamericana infantil. Eso también le da lugar a nuevos autores.

Por supuesto. Y nosotros ya estábamos medio encaminados, teníamos esa ventaja.

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Vos publicaste en Quirquincho.

Sí, dos libros: Valseado del piojo enamorado y Rimas y bailongos, los dos de poesía. No había mucha poesía y yo era de los pocos que la escribía, también tuve esa facilidad. Para entonces empecé a trabajar fijo en la Urraca, en Humi y después en Humor. De allí me fui a La Nación donde estuve siete años. Después me ofrecieron dirigir las ediciones en español de Oxford, que duró catorce meses (hasta que los ingleses vinieron y cerraron toda América Latina), y fui a Colihue, donde estuve cuatro años. Estando ahí en el 2004, Andrés Cascioli me llama y me dice que tenía unos trabajos.

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Él había quebrado las dos empresas, La Urraca y Buena Letra, y se estaba rearmando en una oficina. Me dijo que tenía la posibilidad de hacer unos coleccionables para los diarios, y me preguntó si quería trabajar con él. Así que al poco tiempo dejé Colihue y armamos una sociedad anónima que tuve hasta el año pasado. Cinco años duró con Andrés porque falleció, y yo la seguí cinco más. En el interín siguieron saliendo libros. Aunque hubo algunos años en los que no hice demasiados esfuerzos por publicar. Le había puesto mucho interés al periodismo y de hecho cuando dirigí la revista La Nación de los Chicos -hacer una revista semanal te come la cabeza-, era difícil pensar en otra cosa.

Pero tenés unos cuantos libros publicados.

Sí, pero al lado de mis compañeros de generación tengo bastante menos. Estando en Colihue me di cuenta de que me había distraído mucho y me metí a escribir más y a interesarme en publicar, si bien mientras trabajé en Colihue no publiqué nada mío ahí. Me lo prohibí, pero cuando me fui le dejé un libro que salió al toque, que es Para escuchar a la tortuga que sueña. Incluso, fijate que María Fernanda Maquieira, de Alfaguara, me había propuesto que le llevara un libro y tardé más de dos años en hacerlo.

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Porque el eje de tu carrera pasó más por el periodismo. Sin embargo tenés una obra consolidada.

Bueno, se verá si es así. Pero sí, tengo más o menos una obra instalada. En los últimos años trabajé mucho y publiqué bastante. Este año salieron tres libros. El libro mítico de los porqués, en Guadal, un libro muy lindo y mi segundo libro en SM, en Barco de Vapor, El astronauta perdido. Y después salió una especie de antología titulada Cuando hay lumbre no hay oscuro, en la colección de mini libros con cajitas que tiene Biblioteca Nacional. Salieron los tres para la Feria del Libro. Después de Para escuchar a Tortuga que sueña publiqué otro en la misma colección que se llama Solo sé que es ensalada y tengo la idea de producir un tercero ahí. En Alfaguara publiqué otro de poesía que se llama Monstruario sentimental, del que salió una edición en México. Son poemas de seres fantásticos. En realidad eso es algo que el periodismo te enseña: el aprovechamiento del archivo. Durante muchos años he realizado lecturas antropológicas, ligadas a los mitos, las leyendas y todo eso me ha servido para hacer más de un libro. Incluso una serie de leyendas en Colihue.

Y el oficio del editor te debe ayudar mucho a la hora de pensar los libros.

Claro, me pasó con el Libro mítico de los porqués, que reúne unos 50 mitos de todo el mundo que explican por qué tal cosa es así. Yo estaba trabajando para otra colección y en un momento me doy cuenta de que tengo ahí unos diez porqué y me dije: “Esto es para un libro aparte”. Allí me puse a leer toda la mitología que se me cruzaba. Junté todo y quedó el libro. La editorial entendió que era un lindo material e hizo una muy buena edición con un buen ilustrador, buena impresión; es un libro que me dejó muy contento.

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Ahora sos Director Institucional y Cultural de la Fundación El Libro.

Esa es una tarea de gestión. Yo siempre he tenido participación más o menos sostenida en instituciones. Me ha interesado el trabajo de este tipo. De hecho en la Fundación integraba una de las comisiones desde hacía catorce años. Después, también el periodismo y el trabajo de edición me permitieron adquirir un conocimiento que es traspolable a este trabajo, porque cuando uno edita, sobre todo cuando editás en periodismo, todo es muy veloz y si no planificás los tiempos, un día no mandaste a imprenta. Esa es la experiencia con la que yo contaba para animarme a postularme a este cargo. Porque hacer la Feria es planificar la actividad cultural. Tenemos ciclos, jornadas, todo requiere planificación. Me nombraron un 22 de diciembre después de pasar por muchas pruebas, había muchos postulantes, era algo que se le había encargado a una consultora y la Fundación cerró dos días después del nombramiento. Así que tuve dos días y un ratito para ver algunas cosas y llevarme otras para las vacaciones. Volví un 19 de enero y en abril era la Feria.

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Y salió todo bien.

En realidad la Feria es un hecho cultural enorme ya instalado. Es difícil que uno haga las cosas mal porque además hay un equipo muy bueno. De todos modos me propuse, creo que con éxito, algunas cosas y salieron, así que por ese lado estoy contento. Ahora estamos con la infantil y por supuesto las gestiones de preparación de la Feria del año que viene ya las empezamos, porque hay que trabajar con mucha anticipación. Por ejemplo, invitar a escritores del exterior porque muchos tienen agendas muy ocupadas. Lo que todavía no sé cómo voy a hacer es con la escritura. Yo acostumbraba a escribir por la mañana, cuando Betty y Anita se iban a trabajar y yo me quedaba solo y escribía. Ahora ya no puedo. A veces los horarios son extendidos, arrancás a la mañana y terminás a la noche. En la época de la Feria son tres semanas seguidas en las que no parás. Por suerte se hace acá, cerca de casa.

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Además te vi atendiendo todas las entrevistas.

También fue parte de una decisión mía. Quise ponerle el cuerpo a todos los medios, a las radios más chicas y a las más grandes, a los diarios, a los del exterior, al canal de cable que no sé ni de dónde era, a TN, así que era uno tras otro. Y eso pasó cada día de la Feria. También me tocó contactar a toda la gente invitada que va, saludarla, que sientan que uno está. A los escritores del exterior hay que agradecerles, conversar un rato con ellos; todo ese trabajo hay que hacerlo. Y además solucionar los problemas que se presentan todo el tiempo, porque es un multievento descomunal donde ocurren problemas a cada hora.

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A vos te nombraron Director Institucional y Cultural. ¿Hay alguna otra persona que ejerce como Director Ejecutivo?

No, eso ya no está. Institucional quiere decir algo así como que soy el que da la cara y Cultural porque tengo a cargo mío especialmente los programas culturales. Después hay un Director Comercial, un Director Técnico, que es el que instala la Feria, y un Gerente de la Fundación. Trabajamos en equipo. En total somos veinte fijos y cuando llega la Feria somos 120. Además, hay un Consejo, porque es una Fundación.

¿Te gusta viajar?

Nosotros nos movemos. Como somos chivilcoyanos, cada dos meses nos vamos para allá a visitar a la familia, eso como mínimo. También vamos seguido a Mar del Plata. Además, tuvimos tres hijos y cuando vivíamos en un departamento chico salíamos los fines de semana porque era imposible quedarse con los chicos en un tres ambientes. Y es una costumbre que conservamos. Por ejemplo, hoy estamos acá por la entrevista, porque si no agarramos el auto y nos vamos a algún lado. Además de las vacaciones, nos gusta la salida a la naturaleza.

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Junto a Betty, su esposa, y Ana, su hija.

Como suele sucedernos a los que vivimos en la ciudad.

Sí, necesitamos desesperadamente salir y encontrarnos con el verde, vamos al Tigre o aquí y allá. Por trabajo también viajé por la Argentina como autor y como periodista. Hice una guía de parques nacionales y me interesé mucho en conocerlos. Talampaya, Calilegua y la reserva General Pizarro los conocí por eso; a otros fui por cuenta propia.

¿En qué lugar de la casa te gusta escribir?

El lugar se ha ido moviendo. Cuando nuestros hijos varones se fueron de casa nos reubicamos y la que era habitación matrimonial pasó a ser mi escritorio. Las bibliotecas las tengo repartidas por toda la casa. Tengo un estante solo para las ediciones del Martín Fierro, voy comprando las que me interesan, y otros que llamo la “biblioteca criolla”.

Betty: ponete ese sombrero para la foto, el que te regalé yo.

Oche: No, eso va a acentuar la idea que tienen de mí de que soy un nacionalista…

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Bueno, si llegaste a escribir Drácula en lenguaje gauchesco…

Sí, es verdad. Pero Martínez Estrada se dedicó toda la vida a los temas argentinos y no era un nacionalista. Porque a uno le interesen esos temas no quiere decir que sea un nacionalista, es una simplificación.

¿Cómo fue que te nombraron ciudadano ilustre de Chivilcoy?

Nos nombraron a Mariño, a Horacio López y a mí. Y, fue una ocurrencia del intendente de ese momento…

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¿Qué foto te gustaría sacar?

Si los tiempos dieran, me gustaría ir de fotoperiodista y de incógnito al toldo donde charlan Lucio V. Mansilla y Mariano Rosas. Agarrarlos en la charla íntima, no posando. Hacer varias fotos para dejar registrado qué gestual tenían ambos (porque se suele decir que los gestos que hoy tenemos los argentinos son muy italianos), cómo se miraban, y también cómo estaban vestidos y qué había alrededor de ellos. Si se inventa la máquina del tiempo y se puede sacar número para entrar, elegiría esa oportunidad.

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