Ricardo Mariño

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Por Silvia Portorrico y Uri Gordon

Como ya todos saben, Ricardo Mariño nació en Chivilcoy. Aunque no vive en su ciudad natal, tiene allí una casa quinta, a la que le hizo una reforma, planeada y dirigida por el propio Ricardo. El resultado: un lugar muy amplio, luminoso y confortable. Nos invitó a pasar un fin de semana largo y realizamos la primera parte de la entrevista. Tomamos sol, comimos asado y hubo mucha charla. La segunda parte se hizo en su departamento de Buenos Aires. Así que verán fotos de aquí y de allá. Los pie de foto son de Ricardo. Que lo disfruten.

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¿Esta era la casa de tu viejo?

Sí. Cuando falleció quedó como una especie de clavo para la familia y había que resolver. La pusimos a la venta pero no se vendía, entonces le compré a mi hermana su parte y ahí se me ocurrió hacer una pequeña reforma que derivó en una reforma de todo. Le agregué como media casa más; hice una pileta nueva, el portón. Fue como un shock, un día compramos absolutamente todo nuevo, no sé por qué, pero no dejamos ni un plato viejo. La idea era tenerla como casa de fin de semana, de veraneo, que sirviera para escribir. Dejé una habitación libre para eso y encontré un espacio para trabajar, pero en otras cosas, podar, hacer reparaciones. Construí un horno de barro. Siempre vengo a trabajar, aquí hago ejercicio físico.

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Un lugar que te saca del agobio de la ciudad.

Mi vida en Buenos Aires es casi provinciana, no salgo a trabajar, no viajo en subte a la mañana, pero sí, tengo dos casas, un lugar y un sustituto, algo donde rajarme.

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Me alivia saber que estoy en Buenos Aires, pero me pasa muy seguido que de golpe, en el día, me vengo para acá. Tardo una hora y media, a lo sumo dos horas, en verano sobre todo. Me da mucho alivio saber que allá hay una temperatura infernal y que puedo agarrar el auto y venirme. Solo la posibilidad me gusta.

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La venida acá empieza en el trayecto, me gusta muchísimo andar en el auto, escuchar música, parar en los barcitos de la ruta. Es una cosa placentera que de algún modo cuaja con algo mío, porque la huida es un componente mío estructural. Se ve reflejado también en la escritura. Si estoy escribiendo algo necesito tener otra cosa empezada. Si me meto en la literatura infantil necesito otro proyecto que no sea infantil. También mis lecturas siempre son variadas.

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Los viajes te refuerzan ese deseo.

El hecho de tener viajes seguido también es un alivio, algo esperanzador. Por el laburo sé que en cualquier momento sale un viajecito a uno u otro lado. A mí, al contrario de lo que dice mucha gente, los hoteles modernos me resultan muy agradables. Yo no busco una posadita vieja con onda hippie. Un hotel de mierda internacional, ese estándar donde no hay nada, me gusta. Hay algo que me da alivio, saber que de ese lugar te vas. En cambio a mi lugar, al lugar que habito, le pongo mucho. Lo trabajo, me importa que me guste el sillón, hay una construcción de mi hábitat que no me es indiferente, lo voy haciendo como algo mío, necesito todo lo contrario de lo que me pasa en un hotel, necesito familiaridad.

Me importa el lugar, e incluido en el lugar, el barrio, la gente, que los bares sean los mismos. Donde vivo hace ya como quince años hay una doble condición de barrio: una en cuanto al edificio, que es uno de esos edificios con lugares comunes, por ejemplo, las parrillas para el asado y te terminás haciendo amigo de los vecinos.

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“La famosa cocina del escritor”.

Hay algo de pueblo y por otro lado, como tengo un perro, voy al parque tres veces por día y hay una comunidad perruna, los padres de los perros, lugar de intercambio. Te hacés amigo del otro. Lo ves todos los días y el tema siempre son los perros. Se arma una intimidad.

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“Vivir al lado de una iglesia tiene que mantenerme a salvo de no sé qué que debe ser importante”.

Siempre viví en lugares altos, ahí noto un arrastre de pueblo. Lo contrario al pueblo, en Buenos Aires, es vivir en la planta baja. En los pisos altos hay aire, nubes. Siempre estuve de un piso diez para arriba. También puede ser porque de chico era asmático. Un ph me daría una sensación de ahogo. Es una claustrofobia ligada a la respiración. Ahora vivo en un piso once.

Me quedó el hábito de leer los clasificados, los leo siempre. Creo que tiene que ver con esta sensación de que nunca es definitvo el lugar donde estás, aunque te guste. Siempre estoy mirando alternativas, en distintos barrios. Yo podría laburar en una inmobiliaria porque ya sé los precios por metro, qué se valora más. A veces voy a mirar las propiedades aunque no esté pensando en comprar. Entro y ya sé los metros, que son distintos a los que publicitan, hago las cuentas y veo que tiene 78 y están poniendo 110. Macanean mucho porque promedian los espacios comunes.

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¿Te sentís desarraigado?

Siento algo de desarraigo, hay una extranjería básica. A los trece años ya quería irme de Chivilcoy, mi sueño, ese de adolescente, era irme a una isla, irme a Europa. Siempre estaba la cuestión del mar y de irme, eran esos ensueños fantásticos, románticos y heroicos. Tenía clarísimo que quería irme de Chivilcoy y ya en Buenos Aires pensaba que quería irme a otro lado y dentro de Buenos Aires, cambiar de barrio. No sé si hay una insatisfacción, la sensación de extranjero la tuve siempre, en mi lugar, en el ajeno, siempre. Y la posibilidad de la mudanza también, constante. Está asociada a algo placentero.

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La lectura o la escritura siempre las relacioné con viajes. La entrada a un mundo o a un pueblito que no es el tuyo, la construcción de ese mundo. Siempre me pareció que la metáfora más aplicable a la lectura es la del viaje. El residuo que deja la lectura es que estuviste en un lugar; a veces siento más nítido el haber estado en un libro que el haber estado en un lugar real. Pero nunca alcanza, necesitas también trasladarte en la realidad. Creo que se lo leí a Alan Pauls, el tema de la duplicación del viaje, la cosa de estar de viaje por España y a la vez estar leyendo una novela norteamericana. Ahí hay una especie de viaje sobre el viaje. El viaje es experimento, prueba, estás probando qué querés, que es la pregunta que te acompaña toda la vida.

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¿Qué querías ser de chico?

Mi sueño infantil era ser piloto de avión. No se relacionaba solamente con la fantasía de pilotear un avión sino con la idea de quedarse por ejemplo dos noches en París. En la aerolínea de mi sueño no había rutina, no es que hacían Madrid- Buenos Aires y Buenos Aires- Madrid -se deben re embolar los que hacen eso- sino que era una aerolínea que iba cada vez a un lugar distinto del mundo.

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Para mí los sueños generalmente no presentan el deseo de manera inmediata, sino que lo enmascaran, son la intermediación. Digamos que soñás con ser azafata porque tenés la necesidad de no quedarte en un lugar.

Escribir encauza eso que es previo, ya sos medio solitario y previamente tenés una tendencia a aislarte. El escribir es una salida natural que reconvierte todo porque te socializa y te hace salir de tu casa. Como un juego paradójico, eso que alimenta tu impulso a encerrarte, a separarte de los demás, eso mismo que te da una especie de identidad, es lo que te permite acercarte. Por escribir es que terminás conociendo gente que te invita, salís de tu casa, como si fuera una especie de mal que provoca un bien y a la vez forma parte de tu personalidad más íntima.

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Mi tendencia a aislarme es fuertísima. Yo valoro los viajes, las invitaciones, pero llego a un lugar, a Mendoza, a Catamarca, donde sea, y mi estrategia mental es cómo me libro de los organizadores. Si me van a buscar al aeropuerto, ya tiré la carta de que a la noche estoy ocupado o que tengo un amigo mendocino. Durante mucho tiempo usé como excusa que tenía que mandar una nota a Clarín -debo haber escrito cinco notas en mi vida a Clarín-.

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Ya en el auto del aeropuerto al hotel tiraba la idea de que tenía pendiente una nota, como excusa para no tener que ir a cenar y borrarme todo lo que pueda, reducir el contacto a lo que está establecido, la feria del libro, la charla. Después si quiero me quedo, pero ya tengo el pretexto de antemano para borrarme. Es una fobia fuertísima. Con el tiempo, cuando me sentí más afianzado, empecé a decir directamente: Quiero estar solo. Como vas en modo escritor se te acepta, algo como Ah, el escritor quiere crear pero en realidad quiere andar pelotudeando por la ciudad solo y que no lo jodan.

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¿Cuáles fueron tus mejores viajes?

Hice un viaje muy lindo hace un año y medio a Italia y a Francia. Fue larguito, lindo, 3000 km en auto por Italia. En Roma alquilé una moto, es genial Roma en moto, es la ciudad de las Vespa. Como es una ciudad re trabada con los autos, la moto pasa por cualquier lado y ahí te das cuenta de que el conocimiento de la ciudad tiene mucho que ver con el conocimiento del mapa y una moto te permite entender el mapa, las avenidas que tomás, los cruces que hacés, dominás la ciudad. Con mi ex mujer salíamos a las doce de la noche en moto y no había ni un alma, íbamos a la Fontana di Trevi, a esos lugares, y estaba todo vacío. Sacábamos un montón de fotos nocturnas.

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Después, en auto, recorrimos todo Italia: Sicilia, Venecia Florencia, la costa amalfitana. Ese fue un viaje muy lindo. En ese viaje fui a París y a Marsella. Hace poquito estuve en Bahía, en Brasil. Otro viaje lindo fue a España hace cinco o seis años, a Barcelona, Sevilla, Madrid. También hice muchos viajes a Latinoamérica. Cuba, Dominicana, México, Venezuela, Colombia. El viaje más lindo que hice fue a Los Roques, en Venezuela, que es un archipiélago de islitas. Son doscientas islitas. De todas, una sola está habitada -la que se llama Gran Roque- a unos 200 km del continente. Vas en un avioncito que parece una moto con alas. El lugar es un paraíso, arena blanca, agua transparente, palmeras. Pero está deshabitado.

Te llevaban cada día por la mañana en un botecito y te dejaban en una de esas islas con una heladera, porque hacían como setenta grados, una sombrilla y un par de reposeras y te pasaban a buscar al atardecer. Te abandonaban ahí. En una había un perro, me acuerdo, y estabas solo, no había servicios, nada de nada. Es genial eso. Es el sueño ese de chico: meterse en la isla y que no haya nada, los arboles caídos lo que la naturaleza puede producir y el mar. Hacía un calor tremendo, tenías que meterte adentro del agua, que es tibia, el aire estaba caliente.

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¿Te gustan los viajes de aventuras?

Me gustaría hacer alguno pero no hice. Hice pilas de viajecitos cortos, de cuatro días, cinco, por todo el país y a veces me quedé un poco más, o alquilé un auto y me quedé dos días más. Me parece una medida genial esa de cinco días. Para más, se necesita otro tipo de pensamiento: me fui de vacaciones, me llevé ropa. Pocos días, varias veces en el año, es genial.

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Es envidiable tu vida, hacés lo que te gusta, vivís de eso; yo te miro y digo: este tipo es mi ídolo total.

Dicho así hasta a mí me da envidia, pero yo no lo vivo así. Yo veo a un boludo que está luchando por armarse siempre un hábito: escribir. Me doy cuenta de que no me puedo quejar, porque me quejaría de lleno, pero por ejemplo, yo tuve un laburo por ocho años en mi vida y dejé de laburar antes de los 30. Lo demás, fue algo que yo no llamaría laburo, que es hacer una nota para una revista.

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“Revista literaria Mascaró, en los ochenta, que hicimos con Leonor García Hernando, Susana Silvestre y otros amigos, entre ellos los hijos de Haroldo Conti y colaboradores como Gelman y Boccanera”.

A partir de los 35 ya viví de los libros, así que mi cuestión laboral es reducidísima y nunca tuve horario. Además de estos ocho años que tuve de laburo, cinco o cuatro fueron en una agencia de noticias donde trabajaba seis horas, llegaba tarde y tenía que leer los diarios y charlar pelotudeces con mis compañeros, de manera que ni siquiera se podía llamar laburo a eso.

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“Y sí, no todo es lij: suplemento de erotismo para La Maga, que hicimos con Jorge Boccanera en 1998”.

Yo iba contento, o sea que mis quejas, mi insatisfacción es relativa. Pero existe, estoy siempre luchando contra cuestiones administrativas, algún día alguna pavada tenés que hacer, llevar un papel a no sé dónde, y después las cosas de la casa, la comida, todas pavadas. A mí una ida al banco me lleva medio día, eso que otro tipo que está activo y ocupado de verdad hace en cinco minutos, a mí me lleva un montón de tiempo. Desde bañarme, pensar dónde estaciono, me tomo un café y me leo el diario. Es una tarea de medio día.

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Tenés que armar un contexto para poder hacer un trámite.

No es que lo armo, se arma solo. Pienso que voy al banco que queda cerca de Las Violetas, llevo la computadora, compro pavadas, tardo unas seis horas para hacer un trámite.

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“Con Silvia Portorrico y Uri Gordon. Nos reímos de la opinión de Morenito (fuera de imagen), acerca de “La ciudad y los perros” (Vargas Llosa).

¿Pero para vos esas seis horas qué significan?

Pérdida de tiempo. Soy culposo con eso. Cada vez eso empeora, cada vez me acuesto más tarde y me levanto más tarde y me jode ver que me desperté a las once, me bañé, saqué el perro y son las dos de la tarde y ya pasó el día. Es una pelotudez.

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“Con Julia Magistratti y Uri, antes de la discusión literaria”.

¿Y trabajás de noche?

No, no trabajo de noche. A veces se piensa que porque publiqué muchos títulos soy muy trabajador, tampoco lo ligaría a trabajo. Yo no puedo escribir más de una hora, cuando estoy bien, enchufado, trabajo una hora, máximo dos, no soy como esos que están ocho horas escribiendo. No entiendo cómo pueden hacer eso. En cambio puedo estar dieciséis horas en la computadora, pero de ese montón de horas trabajo una. Yo lo considero pérdida de tiempo, juego al ajedrez con seres humanos NN de México, que no sé quiénes son.

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¿Te da culpa por pensar que no sos productivo, o por esa impronta de la sociedad que sentencia que hay que ser productivo?

Pero no es culpa. Por ejemplo, hay un tipo de culpa que está asociada, que yo no la viví por suerte, que sería: mis hijos se están privando de una bicicleta y yo que soy el encargado de producir dinero para satisfacer esas demandas, no lo estoy haciendo. Eso no me pasó. Vivo una situación rara en la que la parte económica se resuelve al margen de mi voluntad. Los libros se venden, qué sé yo, hacen su vida, y yo vivo como de una renta que dan, como si los libros fueran el campo que heredé de papá estanciero, una cosa así, entonces yo percibo la guita y digo: Uy tengo tiempo libre, ¿por qué no escribo? Y es porque tengo el recuerdo de que escribir me hace feliz y me gusta. Cuando estoy enganchado escribiendo soy mejor persona y me siento mejor. No es una culpa moral en el sentido de El hombre debe levantarse temprano y producir, me chupa un huevo eso, es como un lamento relacionado con que eso que me gusta hacer me resulta muy dificultoso, muy trabado, como que todo eso que deseás mucho viene lleno de trabas, es lo más problemático.

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¿Sentís que tenés que escribir algo superador de lo que hiciste hasta ahora?

No, yo lo sintetizaría así: puesto que quiero ir a Córdoba, me voy a Mar del Plata. Eso sería el tema de mi vida, entonces ya que me gusta escribir y lo que más me interesa tiene que ver con la novela y la literatura para adultos, acá me ves amontonando montañas de libros para chicos que es algo que me gusta, pero yo no soy lector de literatura infantil.

Es como un don que tuviste y no es exactamente lo que querés hacer.

Algo así y no creo que sea tan loco. Creo que todo está lleno de desvíos, así que el que quería tocar música clásica tiene un lugar en el folklore o viceversa.

Lo de la literatura infantil fue una causalidad. Cuando me fui a vivir a Buenos Aires con Oche Califa no sé, alguien dijo que el Centro Editor compraba cuentos para el Chiribitil y dijimos, Bueno, vamos a escribir cuentos, así como decíamos Che, el del 9 quiere que le pinten una habitación y se la pintábamos, porque nadie quería laburar en algo fijo y salía lo de los cuentos y lo hacíamos. Lo de los Cuentos del Chiribitil fue igual, al principio, pero a la vez fue un descubrimiento en el sentido de que era una forma literaria que a mí me permitía hacer humor. La literatura infantil tiene una apertura hacia lo fantástico, hacia ciertos corrimientos del verosímil normal que son interesantes, es como una especie de producción muy relacionada con la imaginación, con la invención y ahí me muevo muy cómodamente. Lo que yo escribía para adultos en ese época era algo grave, Onetiano, serio y de golpe, lo que escribía para chicos era jodón, y en ese sentido sí fue encontrar algo sólido, algo bueno para mí y a la vez rápidamente se transformó en lo que me daba de vivir, me resultaba fácil de hacer. En poquitos años escribí un montón de cuentos que me publicaban, me pagaban y me venía bien.

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Y te lo tomaste en serio.

El “en serio” es una expresión en la que es necesario detenerse. En principio, para mí un escritor que se lo toma en serio es un pelotudo, digamos, es un pelotudo grave. Para mí la manera de andar por la literatura es justamente no creerte que sos Sabato, que tenés una misión en el mundo. Sí me lo tomo en serio, muy en serio, en el sentido de que para mí no da lo mismo una palabra que otra, no da lo mismo una idea que otra y ahí te jugás la vida, como algo muy fuerte, en una decisión estética, en una decisión argumental te jugas algo que yo considero central. En ese sentido “en serio” siempre necesita ser aclarado, y como se trata de literatura infantil y en ese mundo está lleno de moralismo, de deber, de pelotudeces, entonces me parece necesario siempre hacer esta aclaración.

Sobre todo porque estamos en un medio algo rústico que tiende a creer que el escritor serio es el que trata temas serios, como si no fuera algo relativo al arte lo que está haciendo, como que la seriedad está en el tema. Por ejemplo si hablás del hambre de los niños sos serio y comprometido y sos un gran artista y si te cagás de risa con otra cosa habría como una liviandad.  Yo sé que en mis charlas abono esta última idea, la de la liviandad porque no sé, me da no sé qué aclarar cosas tan obvias.

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¿Vos construiste este horno de barro?

Yo andaba con ganas de hacer un horno y encontré en la Feria del Libro un libro de Guadal que decía cómo hacer un horno y justo estaba Teresita Valdetaro que trabajaba en Guadal en ese momento y me lo regaló junto a otro que son recetas. Y lo hice tal cual lo explican ahí, salvo que en el libro lo hacen sobre una base de madera y yo lo armé sobre una base de ladrillos y cemento. De hecho, le mandé a la página del autor un agradecimiento.

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“Construí el horno con mesada y todo, siguiendo “El gran libro de los hornos de barro” de Ricardo Elias, editorial Guadal (recomendado)”.

¿Toda esa habilidad la adquiriste en la secundaria?

No, cuando era chico yo lo ayudaba a mi viejo que hacía todos los trabajos de la casa, electricidad, plomería, albañilería, pintura, todo lo que se te ocurra. La casa la iba haciendo él y estaba en permanente reforma y yo lo ayudaba.

¿Sos de esos tipos que saben hacer de todo, tan apreciados por las mujeres?

Algo así. Yo lo ayudaba a él en todo lo que hacía y a veces eso era arreglar el auto, desarmar el motor. Él agarraba changas de electricidad en el campo y hacía la instalación en una estancia, entonces siempre necesitaba un ayudante para pasar los cables. Yo era chico, tenía nueve o diez años y me daba tareas y yo lo ayudaba. Y también de albañilería, por ejemplo, encargaba un camión de arena y yo era el que la metía para adentro con la pala. Así que cuando hice el horno ya sabía cómo se hace el concreto, la mezcla: tres de arena, uno de cemento y uno de cal, la mezcla básica que usan los albañiles y también sabía poner ladrillos y nivelarlos.Ricardo Mariño - 0482

¿Y esta podemos decir que es la casita que Juan construyó?

No, no, salvo el horno, no hice nada, cuando estaba planeando la ampliación hice un montón de maquetas en cartón de lo que quería, dibujé planos. Cuando llegó el arquitecto ni los miró, los dejo a un costado y por suerte hizo él un proyecto muchísimo más interesante.

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Pero te habrás divertido armando el proyecto.

Sí, de hecho a mí me hubiera gustado ser arquitecto. Yo fui a estudiar ingeniería civil, me salí a los seis meses pero al principio, cuando terminé el industrial, me parecía que un ingeniero civil hacía casas, puentes, en realidad no entendía bien porque me parece que lo que me gustaba a mí era el trabajo del arquitecto, no del ingeniero. Me hubiera gustado hacerme una casa entera. Cuando voy a la playa en Uruguay donde cualquier tipo hace una casita, pienso que yo podría hacer una de ese tipo.

Después, por supuesto, está lo fino, lo bien hecho que jamás podría hacer yo, pero una pared rústica, la instalación eléctrica, todo eso, sí. Yo arreglo algunas cosas que se van rompiendo, eso me gusta. Por ejemplo, en vez de salir a mirar ropa, prefiero entrar a Easy a mirar herramientas y a veces me compro algunas. Hace poco me compré un motorcito que trae dos piedras de afilar, una motosierra. Che, esa sería una foto buena: “el loco de la motosierra”.

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“Que a mí me gusta más Neruda, que yo prefiero a De Rokha, que no, que sí, una cosa llevó a la otra, en fin… una de esas típicas discusiones literarias”.

La hacemos mañana a la mañana.

Sí, si, también me compré todo lo que se necesita acá: la cortadora de pasto, la bordeadorea, todas esas máquinas las tengo. Y me gusta hacer eso.

Parte de la idea de la casa es para poder tener todo eso, jugar con eso.

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Hace un momento te decía que habitás una casa, vivís en ella, en la medida que la hacés, que la transformás y cambiás las cosas de lugar. Todo lo contrario que llegar a una casa hecha y usarla. Me parece que justamente usarla es romperla, recrearla, transformarla, las palabras ahí coinciden, la palabra “obra”, se usa para la literatura y para las casas. Me parece que en tu vida vas a hacer una obra en los dos sentidos. Estás adecuando ese material que es una casa a vos y vos también te vas adecuando a la casa. Yo creo que una de las cosas que entendí viviendo acá es -parece una pelotudez pero para mí fue un aprendizaje- algo que tiene que ver con la paciencia. La naturaleza tiene sus ciclos y vos vas viendo año a año cómo se repiten las cosas y la planta que quiere salir, sale, la que no, no.

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Los pajaritos que vienen son los que tienen que venir, uno se come a otro, hay vida y hay muerte y entenderlo, aceptarlo, te da cierta armonía, cierta tranquilidad. Una vez, por ejemplo, apenas llegué acá, se me había ocurrido que tenía que cambiar el césped, y justo había un tipo que lo estaba haciendo en el terreno de enfrente. Lo fui a ver y me dijo: Mirá, yo vivo de esto, pero no te aconsejo que lo hagas. La naturaleza hace lo que quiere, vos poné el césped que elijas y a los tres años vas a ver la gramilla que tiene que estar, mezclada con los pastos de la zona porque el viento lleva y trae y lo mejor es aceptar eso. Cortalo, que quede lindo y dejate de joder. Y me pareció muy honesto y muy sabio, porque él se estaba perdiendo un laburo. Lo tomé así para todo, aquí hay plantas que van creciendo, que llegan solas, y está bueno actuar sobre eso sabiendo que tienen su ciclo, que hay una armonía que la da la tierra y no tiene nada de místico. Es entrar en una relación de respeto con la naturaleza.

¿Y esa armonía la sentís vos también?

Acá sí, pero en general, no. Acá me gusta, siento que el día dura como cuarenta horas, los pájaros te despiertan a las cinco de la mañana con los trinos, yo me levanto y siempre sobra tiempo, el día es largo, es una sensación linda.

Pero necesitás la ciudad.

Sí, yo vivo allá y esto es el escape, la huida. Saber que puedo venir cuando quiera, aunque sea por un día, me da muchísima tranquilidad.

Lo siento especialmente cuando hace mucho calor en la ciudad, sé que agarro y me vengo a la pileta. Además porque yo, como proviniciano -y creo que todos los provinicianos sentimos eso- siento que en Buenos Aires hay una vida medio miserable.

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La gente dice: ¡Qué genial un balcón! Un balcón que tiene 2 x 1,20 con dos plantitas, me parece terrible que se valore eso. En ese sentido los espacios, los metros son como de rapiña y yo también vivo así. En cambio acá el espacio es re generoso, ni siquiera hay casas cerca.

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“Morenito inmortalizado por el genial Cucho Cuño en Pulgoso y otros cuentos perros”.

A mí me parece ideal ir en bicicleta a comprar el diario, el pan, qué sé yo, que estés a una distancia interesante como para que por esta calle no pase absolutamente nadie más que los que viven en la cuadra y a la vez, que pueda agarrar la bicicleta e irme hasta el centro a tomar algo frío en verano y volver. Y hacer cuarenta cuadras para estar otra vez aquí. Eso es impagable.

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¿Qué foto te gustaría sacar?

Una en la que esté el recontratataranieto del nieto de mi hijo, año 2300 pongamos, para redondear, a ver qué onda: el pibe subido a su bici voladora en un parque y como fondo ese mundo que es otro mundo, mejor que este, seguro.

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