Ángeles Durini

Por Silvia Portorrico y Uri Gordon

La casa de nuestra entrevistada queda muy cerquita de la catedral de San Isidro, de las barrancas y de los zaguanes con glicinas y jazmines. Es sábado y hay sol.

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Ángeles nos recibe en su chalet con frente de piedra estilo Mar del Plata y un jazmín gigantesco que enmarca la entrada y nos invade con su perfume dulce e intenso.

“Es de mi vecino, pero le gustó mi casa”, nos aclara.

Cruzamos el zaguán y entramos a un recibidor.

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“No se crean que está siempre así de ordenado. Metí todo adentro de los cajones: los recibos, papeles, libretas y mil cosas más que se acumulan todo el tiempo sobre este mueble. Es que en esta casa somos un poco despelotados”.

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Atravesamos la cocina y llegamos al jardín trasero. Fantástico, árboles, verde por todos lados y una pileta de natación que todavía no fue preparada para la temporada de verano. Una mesa nos aguarda con el servicio del té y muchas delicias para comer.

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Mirá qué banquete.

Es que yo sabía que los tenía que atender muy bien, porque si no…

Pero si nosotros somos re buenos… no vamos a decir nada.

Sí, son re buenos pero por las dudas yo puse cosas ricas. A mí me encanta la hora del té y como soy muy mala cocinera siempre invito al té, invito a toda mi familia que son un montón y compro cosas ricas para acompañar.

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¿Con quiénes vivís en esta casa?

Ahora con mis dos hijos menores. Tengo cuatro hijos. El mayor ya se fue este año, la segunda está en Bélgica haciendo un post grado en la universidad de Cataluña. Todavía le queda un tiempito. Se recibió de arquitecta y está haciendo una especialización. El tercero se está por recibir de ingeniero, está de novio, me amenaza diciéndome que el año que viene se va, pero ya tiene 26 años, así que está bien.

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¿Lo sentís como una amenaza que se vaya?

No, él pone voz de amenaza pensando que yo me voy a poner a llorar, pero bueno, en fin. Y la menor tiene 23, le gusta pintar, es artista plástica.

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Tenés una casa muy grande, adecuada para cuatro hijos, pero a medida que se van yendo me imagino que te va quedando mucho espacio vacío.

En realidad, cuando estaban todos acá nos peleábamos un poquito por el espacio. Cuando son chicos los acomodás, pero cuando van creciendo empiezan las peleas. Yo siempre me reservé el cuarto que tengo para escribir y en un momento me lo querían invadir y fue una pelea dura. Cuando se fueron los más grandes, la menor agarró el cuarto de mi hijo mayor y lo convirtió en su taller y el otro protestó: “Eh, ustedes tienen dos cuartos y yo solo uno”. Pasan esas cosas.

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¿Cuánto hace que viven aquí?

Estamos desde hace 25 años. Esta casa la heredé de mi viejo. Mi viejo era muy de dejarle un techo a cada hijo, se preocupó mucho por eso. Nosotros pusimos algo más, hicimos arreglos pero vino por parte de mi papá, de los viejos. Y no tiene mucha más historia. Obviamente la condición era que no nos podíamos ir a vivir muy lejos de donde estaban ellos. Algo así como “te doy la casa pero te quedás cerquita” y por eso todos vivimos por este barrio. Éramos siete hermanos, así que imaginate.

Tuvo que esmerarse tu papá para poder ayudarlos a todos.

Sí, tuvo que esmerarse. Cuando me dio la casa mi viejo todavía vivía. Lo mismo me pasó con estos cubiertos. Cuando me casé yo no tenía cubiertos de plata y mi viejo no concebía que hubiera un casamiento sin cubiertos de plata, así que se apareció un año después con una caja de regalo.

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Así que esto es regalo de casamiento de tus padres.

Sí. Y estas tazas eran de mi abuela. Siempre las vi guardadas en la casa de mis viejos. Ellos las heredaron y las guardaron. Las sacaban pocas veces. Estaban en un ropero donde había guardada tazas de té de porcelana en miniatura con las que nos dejaban jugar, pero había que sacarlas con permiso. Hace poco la vieja nos dijo que nos lleváramos cosas. Nos sentamos a ver qué quería cada uno y yo elegí estas tazas.

Seguramente las usaron tus abuelos. ¿De dónde eran?

En realidad yo vengo de Génova, todos mis antepasados vinieron de allí, menos los Durini que son del cantón italiano de Suiza. Pero el resto es genovés.

¿Tus padres nacieron acá?

Sí, mi padre es oriundo de Caballito y mi mamá de Villa Urquiza. Cuando tuvieron su tercer hijo -yo siempre viví en este barrio porque soy la sexta- decidieron venirse a una casa más grande.

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¿Cómo es vivir con tantos hermanos?

Con Franco Vaccarini siempre hablamos de eso, los dos venimos de familia numerosa. Hay cosas que enseguida captás del otro cuando viene de familia numerosa. Por un lado, yo estuve acostumbrada a vivir con mucha gente en la casa, cosa que me encanta. Eso busqué al tener tantos hijos. Mi casa es muy despelotada, siempre cuando hay familia numerosa es difícil mantener el orden, tenés que ser muy sargentón, pero mi vieja era muy tranquila en ese aspecto. Por otro lado, está la cosa de ser la sexta de siete, tu voz no se escuchaba demasiado, nadie se acordaba de escucharte. Eso sí, siempre tenía con quien jugar porque la casa estaba llena de primos, nos peleábamos y nos amigábamos. Eso era muy lindo, pero por otro lado no tenés a quién decirle las cosas. Tu vieja solo para vos, no existe. Es criarte un poco como venga. Vas haciendo lo que hace el resto, cada uno tenía sus estrategias. La mía era no decir nada y hacer las cosas igual para que no me reten y mi hermana menor era súper explosiva. Siempre me dice: “Ay, vos no decías nada y hacías lo que querías” y yo le digo: “Y vos decías todo y por eso explotaban”. Uno tenía que rebuscarse.

¿Eran muy estrictos tus viejos?

El mayor generalmente va abriendo puertas, eso me pasó también con mis hijos.  Me dejaban salir con mis hermanos mayores. Igual era otra época, otra manera de pensar.

 

¿Dónde hiciste el secundario?

En un colegio aquí cerquita, muy católico, de mujeres solas. Lo lindo es que sigo viéndolas, somos un grupo muy unido de amigas. Quedarse en el barrio ayuda a encontrarse. No fue el primer colegio al que fui. Yo hice la primaria en mi casa. La primera casa, donde yo nací, era muy grande. Abajo vivían mis primos, nosotros en el medio y mi abuela arriba. Bien familiar. Cuando yo tenía cinco años vendieron toda la propiedad a un colegio, cada uno se fue a otro lado y nos mandaron al año siguiente a la escuela que había sido mi casa. Yo era chica. Veía que “mi” casa estaba llena de chicos corriendo por ahí. Me acuerdo que ese año viví en shock todo el año. Cuando iba al baño tenía que hacer cola, pero era “mi” baño, me resultaba muy raro. La clase de música la hacíamos en el cuarto de juegos. Pero era tan linda la clase que ahí sí me sentía bien.

Entonces te mudaste a esa casa en Acasusso con toda la familia.

Sí. Muy cerca de acá. Ahora allí vive mi hermana con su familia.

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¿Y cómo eras de chica? ¿Te gustaba escribir?

Mi abuela me contaba muchos cuentos. Yo pensaba que iba a ser escritora cuando fuera grande. Tenía mi cuaderno donde escribía pero no le mostraba a nadie. Siempre me acompañó la escritura. Para mí era como una ilusión pensar en ser escritora.

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¿Qué te gustaba leer?

Todo. Ojalá ahora leyera con la pasión de cuando era chica. Ya no tengo esa concentración, la perdí. Leía la colección Robin Hood. Aunque en realidad empecé con Papelucho, que me lo pasó mi prima. Es sobre un chico que escribe con un humor espectacular. También leía cuentos de hadas y todavía los sigo leyendo. Cuando nos mudamos, un día íbamos caminando por la casa nueva con mis primas y de golpe nos encontramos con una biblioteca. Estaban todos los libros acomodados, empezamos a mirar y encontramos uno que se llamaba “Cuentos del norte” que resultó ser una recopilación de los cuentos de Grimm. Ahora está en mi biblioteca. Me lo devoré. Yo leía y escribía poesía; después escribí cuentos pero no los podía terminar. Logré terminarlos siendo ya mucho más grande. Empezaba y no sé por qué quedaban ahí. Me hice fanática de Oscar Wilde así que quería escribir como él. Después empecé Letras y me agarró un ataque de desilusión con Latín y Griego. No me gustaba, abandoné, di vueltas y después empecé en el profesorado del Suma. Como tenía literatura infantil me gustó mucho. Era bueno el enfoque, muy creativo y había mucha gramática que todavía me sigue gustando.

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¿Fuiste docente?

No, empezaron a nacer mis hijos y como fueron muy seguidos me quedé en casa. Tuve alumnos particulares y alumnos extranjeros que estudiaban español. La verdad es que no fui muy constante en nada, solo en la escritura.

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Mi primer libro lo publiqué en 2002. Antes, había publicado en una antología. Para esa época, cuando solo tenía un cuento publicado y recién me había separado, mis hijos se iban a ir de vacaciones con el papá. Entonces le dije a mi sobrina que quería ir a Jujuy y viajamos juntas. Me pareció un lugar bellísimo. Estábamos en Humahuaca y había un grupo de estudiantes a punto de dar una función de teatro callejero. Nos sentamos para verla. Empieza la función con unos títeres grandotes y unos instrumentos hechos por ellos mismos. De pronto, la obra se convierte en mi cuento. Exactamente las mismas palabras. Le dije a mi sobrina: “Candelaria, este es mi cuento”.

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Cuando terminaron nos acercamos y nos contaron que eran un grupo universitario de Buenos Aires que estaban recorriendo el país. Les pregunté de dónde habían sacado los textos y me respondieron que de unas leyendas y de un cuento de María de los Ángeles Durini. En ese momento yo había firmado con mi nombre completo. ¡Qué casualidad! Les dije quién era y bueno, vinieron los abrazos. Fue muy lindo. Una gran casualidad. Después fuimos a Tilcara y ellos llegaron ellos también, a la plaza. Después de la representación me hicieron saludar. Fue mi primera gira sin habérmelo propuesto.

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¿Te planteaste hacer una carrera como escritora?

Yo tenía muchas ganas de publicar. Eran las ganas de hacer vivir a los lectores lo que yo sentía cuando era chica y leía. No sé si lo vi como carrera, sí como algo que a mí me gustaba hacer. Ahora estoy mucho más tranquila, tomándome mi tiempo. Actualmente estoy trabajando en un proyecto de poesía, leyendo, investigando.

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¿Y qué pasó con Demetrio Latov?

Fueron mis primeros libros y gustaron mucho en los colegios. Me abrieron un camino lindísimo, la posibilidad de comunicarme con el otro a través de lo que escribo. En el fondo me ayudó haber tenido a los hijos muy seguido. En una época yo no podía salir de la casa, cuando eran chiquitos. Por ahí iba a un taller, pero tenia que pensar muy bien cómo hacía. Por esa razón empecé a publicar bastante después.

Ahora tengo más disponibilidad. El año pasado me llevaron a Antofagasta, en Chile. En un colegio muchos habían leído a Demetrio. Este año fui a Ecuador, allí tengo un libro en editorial Libresa. Y me llevaron a visitar escuelas.

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¿Cuándo empezaste viajar?

Cuando era chica, con mis viejos hicimos un par de viajes, algún recuerdo lejano se me coló en algún libro. Este viaje a la Quebrada fue muy lindo en ese aspecto porque después escribí varios cuentos.

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Me resultó un lugar lejano pero cercano a la vez. Porque hay lugares donde todo es tan nuevo que te apabullan. Hay lugares bellísimos pero no pasa nada y hay otros que te atrapan como si el lugar te hablara, te contara algo. De allí, de la Quebrada, salió un cuento: Levemente hacia atrás, que transcurre en el cementerio de Tumbaya.

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Cuando estuve en ese cementerio empezamos a ver los nombres en las tumbas. Candelario Amante y Miguel Milagro eran dos muertos que estaban allí, y los tomé para ese cuento que ganó el premio de Imaginaria. Eso fue otra felicidad. Ese año fue bueno. Me impulsó a seguir escribiendo.

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Y hay otro lugar que me atrapó: Cabo Polonio, una playa uruguaya. La última novela, Playa de almas, transcurre en un lugar muy parecido. Yo seguí esa geografía, tenía ese mapa para ubicarme y había leído a un historiador que habla de naufragios en cabo Polonio en la zona de Rocha. De allí surgió esta historia de dos chicas que van a la playa y una empieza a sentir que estuvo en un naufragio cien años atrás.

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Es decir que los viajes fueron estímulos para escribir historias.

En general, sí. Hay lugares que son muy especiales, no por lindos, pero te tocan de alguna manera, como si encerraran algún misterio.

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¿Y el viaje a Galápagos?

Es un lugar muy exótico, lleno de animales. También estuve en Quito, me encantó esa ciudad. Todo está muy bien conservado.

Hice un viaje a Guatemala adonde me gustaría volver. Fui a lago Atitlán que está lleno de pueblitos indígenas con nombre de santos. El lago es volcánico, la gente en su mayoría es indígena, todos muy amigables. Les preguntás a los chicos: “¿Cómo te llamás” y te responden: “¿En español o en lengua?”. Como hay muchos pueblitos, cada uno tiene sus tejidos y sus colores. Ellos tejen en telar. En San Antonio todo es con mucho azul, me acuerdo. Hay unas artesanías increíbles. A raíz de ese viaje estoy releyendo las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias.

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¿Quién toca el piano?

En realidad nadie, bueno, mi viejo tocaba muy bien el piano, pero yo no. Una de mis hijas quiso aprender y mi ex marido le compró el piano para que estudiara y cuando él murió, lo trajimos para acá. Tres acordes desafinados es lo único que sé tocar.

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¿Te gusta estar en tu casa?

Sí. Cuando era joven soñaba con vivir en la capital. Pero ahora no cambio esta casa por nada, aunque es grande y difícil de mantener. Pero esto es muy tranquilo, el jardín, las plantas… me gusta estar aquí. El living se usa mucho, viene mi hija con sus amigas y los viernes tengo un taller literario. Pero soy una más, nos reunimos como en un círculo de lectura, hacemos taller, hacemos crítica y escribimos. Y entre muchos muebles y objetos heredados, conservo especialmente esta Enciclopedia hispanoamericana. Yo la usaba cuando era chica para estudiar, venía junto con la biblioteca. Ahora es una reliquia.

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¿Qué foto te gustaría sacar?

Una foto realista: mis hijos, mi nieta, yo, mis hermanos, sobrinos, mi madre, con un toque fantástico: que estén los que ya no están y también, los que vendrán. Y si se puede otra, una foto de una ventana que siempre cambia el paisaje.

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Un comentario en “Ángeles Durini

  1. me gustó mucho la entrevista, es super lindo conocer de esta manera tan sencilla algo de la vida de los escritores, los cuentos de Angeles son encantadores …. buenismo!!!

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