María Laura Dedé

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Alta, risueña, de voz suave y gesto delicado. María Laura escribe, ilustra y diseña para chicos. Se mueve por su casa –un ph antiguo y  reciclado – con la satisfacción de haber transformado con sus manos muchos de los rincones más interesantes. Al entrar está la puerta que conduce al patio, fresco y repleto de plantas, con un piso en damero de aires añejos. Una puerta con banderola se abre hacia la sala. El piso es de cemento alisado pintado en varios tonos y todo lo que hay allí adentro tiene firma de autor.

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¿Cuánto hace que estás en esta casa?

Más de quince años. Entré por primera vez invitada por quien después fue mi marido. Acababa de reciclarla. Era una casa antigua, él tiró todas las paredes y el cielo raso y la convirtió en un loft de dos pisos. Después, a lo largo del tiempo y según íbamos necesitando, fuimos agregándole otras paredes. Yo también tenía un departamento de dos ambientes, y al principio dormíamos una noche en cada casa. Hasta que una vez hicimos un juego: quedamos en encontrarnos en una esquina intermedia y dormiríamos en la casa del que le llevara al otro la flor más grande. Yo llevé un pimpollo que de tan mínimo casi lo pierdo, y él dibujó una flor gigante en una cartulina. A partir de entonces nos dimos cuenta de que teníamos que mudarnos acá, y mi departamento pasó a ser el estudio de diseño que abrimos juntos. Después el estudio nos quedó chico, entonces lo trajimos acá y nos fuimos a vivir a un tres ambientes, donde nació nuestra primera hija.

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En esa época compramos un lote en San Antonio de Areco e hicimos los planos para construir una casa. Pero nos agarró el corralito con todo lo que habíamos ahorrado trabajando tanto. Teníamos la idea de vivir en el campo, con menos estrés, pero que no fuera un country. Durante mi infancia yo había ido mucho a San Antonio de Areco, nos llevaba mi papá los fines de semana. Al lado del río, en ese momento había un camping municipal y acampábamos allí. Mi papá inventó un personaje que se llama Perogrullo, con el cual después yo hice un libro. Lo inventó ahí, vivía en el ombú del lugar.

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¿Tu papá es escritor?

No, no escribe pero narra muy bien. Estuvo en la presentación de El semáforo loco porque es otro de los cuentos que él inventó. Me contaba muchas historias cuando era chica.

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¿De ahí surgió tu afición por la literatura?

Seguramente. De hecho mi hermana es profe de Literatura, así que algo de culpa debe haber tenido.
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¿Finalmente se hicieron la casa en el campo?

Sí, pero años más tarde. En enero de 2002, cuando nos agarró el corralito, mi hija más chica tenía cuatro meses. Con ella a upa no hacía colas de los bancos, por eso abrimos muchas cuentas y pudimos rescatar algo de los ahorros. Pero yo todavía necesitaba un cambio, me sentía vacía sin darme cuenta de por qué, todavía, y le propuse a Sebastián irnos a España. Entonces me dijo: “Yo la verdad no quiero irme, si vos querés, ya que sos diseñadora, tenés una profesión, andá. Si conseguís trabajo en un tiempo más o menos prudencial, yo cierro el estudio y me voy para allá”. Yo ya había vivido ocho meses en Alemania, a los veintitcuatro, y sabía lo que era estar en otro país. Con esa experiencia previa supe que podía hacerlo.

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¿Te fuiste con tus hijas?

Me fui primero con la de cuatro meses. Una asociación judía de allá, la mayoría inmigrantes y exiliados argentinos, me acogió como una hija y así pude conseguir un trabajo de diseñadora gráfica de medio tiempo que me servía para pagar el alquiler. Un alquiler que era bastante caro porque como no teníamos papeles, era temporario.

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Libros, miniaturas y la valija esperando volver a salir de viaje.

Eso fue en Castelldefels, cerca de Barcelona. Paré ahí porque teníamos unos amigos. Como conseguí este trabajo le dije a Sebastián que ya se podía venir. Primero viajó mi mamá con mi hija más grande. Ella me ayudó a organizarme, a inscribir a mi hija en el jardín y a alquilar un departamento frente a la playa, porque era invierno. Casi dos meses más tarde llegó mi ex marido y empezó a trabajar de todo: vendió anillos, empanadas, fue barman en la playa. El tema es que no teníamos papeles y teníamos chicos, así que no había posibilidad de movernos.

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A la más grande le daban educación gratis, pero la más chica era un bebé y había que pagar la guardería. Casi todo lo que ganábamos se iba en eso. Hasta que vi un anuncio de trabajo para un restaurante temático de terror, que todavía existe. Ahí fui actriz. Hacía de bruja, novia asesinada, y también hacía las ensaladas, las sangrías.

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La novia asesinada (del álbum de fotos del restaurante de terror).

Aquí tengo un álbum con fotos que me regalaron cuando me fui. Todo esto fue lo que me inspiró a escribir mi último libro El Comedor de las Tinieblas. Pero igual vivíamos con lo mínimo, levantábamos muebles de la calle.

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¿Cuándo decidieron volver?

Un año y medio después. Mi ex marido quería volver, extrañaba el país, a su familia, así que volvimos.

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La tela para acrobacias usada por toda la familia, produce un gran impacto visual, ubicada en el centro del living.

¿Regresaron a esta casa?

Sí. Y ahí fue que construimos la quinta en San Antonio de Areco. En la semana estábamos acá y los fines de semana en la quinta. Él entró a trabajar en una empresa familiar que recién estaba arrancando y yo, por fin, descubrí la razón del vacío que venía sintiendo: tenía que ser escritora.

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¿Cuál fue tu primer libro?

La estrella y su deseo. Lo escribí en un taller literario dictado por el Ayuntamiento de Cataluña. El profesor me dijo: “Esto es publicable”. Necesitaba que alguien de afuera me dijera eso. Me lo guardé y en 2003, apenas llegada de España, empecé a recorrer la Feria del Libro con ese cuento debajo del brazo. A una editorial que recién empezaba, Infantil.com, le gustó, y me pidieron otro para armar una colección, entonces escribí La burbuja de Filemón y les ofrecí ilustrarlos. Las primeras ilustraciones no les gustaron porque eran muy digitales, pero me dejaron intentar otra vez, entonces las hice en acuarela y ahí sí les encantaron. Muchos chicos, en las escuelas, me cuentan que esos fueron sus primeros libros. Todavía se venden, y con Infantil.com sigo trabajando hasta ahora.

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Distintos niveles le otorgan volumen y amplitud al espacio.

¿Así comenzaste tu carrera como escritora e ilustradora?

Sí, como autora integral porque también diseñaba. Yo de chica me la pasaba escribiendo, pero desde los veinte años no había escrito más nada. Así que el primer cuento que escribí de grande, lo publiqué. Después a través de Imaginaria vi que Silvia Schujer hacía un taller literario y estuve varios años estudiando con ella, desde 2004. Después, con Iris Rivera y algunos meses con Graciela Repún.

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“El espejo estaba en la casa, lo cambiamos por una mesa ratona muy linda que teníamos, para que se quedara en su lugar”.

Estudié ilustración con Mónica Weiss, poesía con Pedro Mairal, fui a Casa de Letras y me inscribí en el Joaquín. V. González para hacer el profesorado. Siempre busqué lugares para formarme. En el Joaquín hice el curso de verano, que me encantó, pero después no pude sostenerlo. Ahora estoy pensando en hacer la Diplomatura de literatura infantil en la UNSAM. Fue un proceso largo. Podría decirse que recién este año me estoy dedicando exclusivamente a la literatura.

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Pasillo del entrepiso que conduce a la habitación de la hija menor y a la de María Laura.

¿Cuánto hace que vivís aquí con tus hijas?

Que estamos las tres solas… desde que me separé, hace casi cuatro años.

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Habitación de la hija más chica. Mucha luz proveniente de los ventanales del techo.

¿Le hiciste cambios a la casa?

Sí. No tanto estructurales pero sí de decoración. Pinté las paredes (me encanta pintar), en mi pieza hice un empapelado con las cartas de amor de mi adolescencia y los cuentos de mi infancia.

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En la terraza hicimos un mural con mis hijas, puse muchas plantas, una cama elástica y armé una huerta.

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La empecé a sentir más mía, mía y de mis hijas, porque también les doy mucho espacio a ellas.

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Mucho verde y una cama elástica en la terraza.

Mi mamá una vez me dijo: “Esta casa es mía, cuando seas grande vas a tener tu casa propia” y eso me angustió porque yo tenía diez años. Por eso soy cuidadosa en ese sentido, quizás me voy de mambo también.

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La habitación de Sabrina, su hija mayor.

Cuando una vez Sabri se quejó del tamaño de su pieza llegué a decirle: “Mi pieza es más grande, te la cambio”. Quiero que ellas estén bien porque así yo voy a estar bien.

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Dormitorio y escritorio. Aquí trabaja María Laura.

¿Y cómo fue que viviste en Alemania?

A los veintitrés me fui de mochilera por Europa con una amiga. Teníamos números de teléfono de gente, a la que le gustaba recibir latinoamericanos, así que cuando llegábamos a cada ciudad llamábamos. En Berlín contactamos a unos chicos que compartían un piso, y me enganché con uno de ellos. Nos comunicábamos en inglés. Él después me fue a buscar a Madrid y me propuso ir a vivir a Berlín con él.

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Era productor de cine y en ese momento empezaba a rodarse una película, así que hice el set catering los tres meses que duró la filmación. Fue muy gracioso porque el primer día yo no sabía nada de alemán, sabía los colores, los números, esas cosas, pero nada más. Entonces cuando llegamos yo estaba entusiasmada, preguntando todo y charlando con otros argentinos y escucho que el director dice: “Ruhe, bitte”… “Ruhe, bitte” y me di cuenta que nos hablaba a nosotros.

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Vestidor amplio y baño en suite, para completar un rincón íntimo y encantador.

Después me enteré que era “Silencio, por favor” porque no parábamos de hablar. Durante el rodaje me hice amiga de la chica que hacía el costume, y ella, cuando terminó la peli, me recomendó para una agencia de publicidad, Willcom Werbeagentur. Trabajé allí free lance hasta que me volví, pero como eran horas sueltas me quedaba tiempo para hacer otras cosas. Hice de todo.

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El dormitorio con su pared empapelada de recuerdos.

Primero, la cobertura fotográfica de un corto y la dirección de arte de un banquete para una publicidad. Después hice una pasantía en una productora de dibujos animados. Con ellos aprendí un montón, hice un corto de 8mm. Después trabajé como modelo vivo para una escuela de pintura y fui empleada doméstica, limpiaba casas. En ese momento todo era una experiencia enriquecedora, ahora también soy así. Mientras trabajaba en todo eso, estudiaba alemán en una escuela para extranjeros.

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Ahí conocí a Anuska, gran amiga hasta hoy, con la que hice muchos viajes cortos desde Berlín. Fuimos a Dinamarca, Noruega, Hungría, Polonia… Auschwitz. Compartía más con mi amiga que con mi novio, que estaba abocado a su trabajo. Cuando mi amiga se fue a su país yo también me vine. Mi novio alemán vino a verme a Buenos Aires, pero después se terminó.

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Antiguas ventanas de ferrocarril y collares comprados en el once.

¿Podría decirse que Alemania fue un viaje de iniciación?                                                    

Sí, pero antes hubo otros, como los campamentos de Zummerland. Allí viví la naturaleza a full y la convivencia en grupo. Me marcaron mucho. En “La escalera del miedo” el cuento Un puma está inspirado en una noche de aquellas. Además por esos años me metí en el Centro de Estudiantes y en la Fede. Yo estudiaba en el Nacional Buenos Aires. Con ellos también hice viajes.

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Siempre bregábamos por una sociedad mejor, el hombre nuevo y todo eso, en lo que, por otro lado, de alguna manera todavía creo. Pero una vez fuimos a un Congreso de la Federación de Estudiantes Secundarios, en Rosario. Hacía mucho calor, estábamos marchando, y apareció un bidón de agua y me acuerdo que todos nos matamos por tenerlo. Ahí no valió solidaridad, ni principios, ni nada. Y algo me hizo ruido. Al final mucha teoría pero qué está pasando acá. Igual seguí militando hasta que terminé el secundario. Yo hubiera dado mi vida, literalmente.

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Eso fue apenas terminada la dictadura ¿no?

Empecé a militar en primer año del secundario, en el 83. Todavía íbamos de uniforme, formábamos fila después de cada recreo. Para mí, el Buenos Aires estaba dividido en dos grupos: los “tragas” o los “piolas”. Y piolas eran los del Centro de Estudiantes, claro. Por eso yo quería meterme ahí. Apenas entré al Colegio, una amiga de la familia me presentó a Javier Trímboli, un historiador muy capo que ya en esa época era un líder intelectual. Él estaba en quinto año y me habló del Centro pero “de paso” me afilió a la Fede, que yo no sabía ni lo que era. Me fui dando cuenta después. En mi división éramos dos chicas del Centro (y de la Fede). Nos turnábamos para ser delegadas sin que nadie se enterara, así que imaginate qué nivel de representatividad tendríamos. Las reuniones de delegados eran clandestinas, en un sucucho en el microcentro.

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La biblioteca cuadriculada, idéntica a la que María Laura le regaló a Franco Vaccarini, su compañero de vida.

Al año siguiente me amenazaron. Llamaron a mi casa y le dijeron a la chica que trabajaba en casa que me iban a hacer boleta. La chica al día siguiente renunció. Pero yo seguí, más que nada militando en la Comisión de Acción Social. Ahí, con la Facultad de Ingeniería, hacíamos apoyo escolar con las familias que habían tomado el ex Patronato de la Infancia. Íbamos a hacer juegos y les dábamos clases a los chicos.

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Eso me encantaba. Después pensé que para hacer algo más importante, que llegara a más gente, tenía que tener una profesión y ser buena en lo que hiciera. Así que seguí diseño gráfico en la UBA y en una escuela privada al mismo tiempo, y en los dos fui mejor promedio.

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Primero trabajé con mi viejo, que también es diseñador. Después hice pasantías y trabajé en agencias, hasta que me seleccionaron en Verdino Bates, que en ese momento era “la” agencia, pero no acepté, porque preferí hacer ese viaje por Europa que te conté. Me di cuenta de que trabajar en publicidad era todo lo contrario a mis ideales, era colaborar con la sociedad de consumo.

¿Y ahora estás viajando?

Últimamente mis viajes fueron por pueblos del interior del país y no por ciudades de Europa. Y esos son los viajes que hoy más valoro. Porque entre los docentes, los chicos y las comunidades locales vamos armando lazos que nos hacen bien, nos nutren y quedan para siempre. Cada vez estoy más convencida de que todo se trata del trabajo en equipo, y hablando de equipo, muchos de esos viajes los hice con Franco Vaccarini, quien me acompañó, se preocupó por mí y me alentó a seguir adelante.

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¿En tus libros reflejás algo de esa experiencia?

Bueno, aunque no lo busque se refleja. Mi experiencia militante sigue siendo mi manera de ver el mundo. Creo que se refleja cuando no subestimo a los chicos ni evado temas difíciles. Tampoco cierro del todo las historias, porque la vida no viene en un paquete con moño, sino que está en continua construcción, y más para ellos. Cuando termino de contar un cuento en las escuelas siempre digo: “y este cuento, ya contado, se escapó para tu lado”. Porque no cuento para ellos, sino con ellos. Cuento con su escucha activa.

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¿Pensás que la literatura puede ayudar a transformar a las personas?

Y, sí. Transforma y forma, también. A mí me formó, en gran parte me hizo ser lo que soy. Toda mi vida está atravesada por mis lecturas de infancia. Y ahora, con los buenos libros siempre salgo transformada. Cuando sos chico, los cuentos te van estructurando el mundo. El bien y el mal, el equilibrio y su ruptura, el premio y el castigo, el principio y el final. A la vez te da voz, te da palabra.

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Autora y fotógrafo en el espejo.

Y sin voz, otros hablan por vos y te dominan. No hay vuelta. Por eso ahora estoy dictando un taller literario en un Hogar de adolescentes, para que recuperen su voz a través de la literatura, se conozcan más, se quieran más y que haya un otro que las escuche. Me encanta darlo, además me rompe a mí mi burbuja, me abre mundos.

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¿Qué foto te gustaría sacar?

Me gustaría tomar una foto de mi último cumpleaños. Sería el de 148, no sé por qué de chica me puse ese límite y, aunque sea pretencioso, me gusta creer que viviré hasta entonces. Estaría rodeada de mi familia, hasta los tatara-tatara-nietos. Y, como dice Miguel Cantilo;”si es en el campo, mejor”…

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