Verónica Sukaczer

Por Silvia Portorrico y Uri Gordon

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Viajamos hasta Flores. Hacía mucho tiempo que no caminaba por estas calles y me invadieron recuerdos de juventud. Se han construido tantos edificios nuevos que la geografía está completamente cambiada. Sin embargo, persiste cierta nostalgia de barrio. Aquí vive Verónica Sukaczer desde los cinco años. Y según nos contó, no piensa cambiar. Es un tradicional pero moderno edificio de la zona. Un tres ambientes grande, con buena luz y buena vista. Le agradecemos a Verónica que nos reciba y nos deje conocer un poco de su mundo privado.

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Quería, en primer lugar, felicitarte por el premio Konex. Me enteré ayer.

Sí, me lo contaron durante la Feria grande. Lo supe antes de que fuera oficial y ahora salieron los nombres de los premiados.

Es decir que la emoción del primer momento ya no va a ser primicia para El ojo ajeno.

Bueno, la emoción no pasó del todo. El Konex está más allá de todo lo que pudiera haber imaginado hasta el día de hoy. Todavía no lo proceso, para mí es para otra persona que se llama igual. “¡Qué bárbaro mirá todo lo que le pasa”, pero no es a mí. Porque yo sigo haciendo las cosas de la casa, estoy entre estas cuatro paredes, sigo teniendo los platos para lavar.

El Konex no representa dinero ¿no?

No. Mis hijos me dicen que rechace todos los premios que no tienen dinero, pero este lo vamos a aceptar. Para mis hijos si no traen plata, los premios no valen la pena.

Vero Sukaczer - 7779

¿En qué momento de tu carrera llega este premio?

Llegó bárbaro. Tengo 45 años, es un buen momento para empezar a sentirme segura con lo que hago, de dejar de sentir que cada libro es un derecho de piso que me tengo que ganar, que a nadie le va a gustar, que me olvidé cómo escribir y nunca más lo voy a lograr. Ese raye lo sigo teniendo porque soy muy, muy insegura. Entonces los premios equivalen a un año de terapia, de convencimiento de que algo hice bien. Me llegaron varios juntos, me hubiera gustado que fuera un poco más espaciado, porque no salgo de caer de uno que llega el otro. La misma semana me enteré del premio Alija y el Konex. Y de ninguno de los dos sabía con anticipación, porque no son premios que uno se presenta y espera. Con lo cual también tengo una sensación como de techo, no que llegué hasta acá, no es eso, pero bueno, todos estos premios no se van a repetir. Ahora tengo que mantenerlos. Pero me hacen bien, al ego principalmente. Por el reconocimiento de gente que hace lo mismo. Y me tomé en serio esto de que lo tengo que mantener.

Para entrar en nuestro tema ¿cómo llegaste a esta vivienda?

Lo primero que te digo es que enfrente, en ese edificio de ladrillos que ves ahí, en el segundo piso, viven mis viejos. Vivo en frente de mi mamá, nos vemos por la ventana y nos saludamos. Así que verás que no llegué lejos en mi vida.

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Así nos recibió Verónica.

Depende de cómo entiendas llegar lejos.

No, pero es peor todavía, porque entre los cinco y los catorce años yo viví en este mismo edificio, en el octavo A, con la misma distribución que este departamento. Así que mi infancia pasó aquí mismo. Esto es más patológico de lo que parece. Cuando tenía catorce nos pasamos al departamento de enfrente, porque mi papá que es odontólogo tenía ya su consultorio en la misma cuadra y no quería irse de la zona.

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“Soy coleccionista. Puedo pasar horas en la playa juntando caracoles o buscando piedras en los caminos. Así me olvido de todo lo que me rodea”.

Cuando empezamos a buscar departamento con mi esposo, primero que no teníamos ni un mango, ni lo llegamos a tener, y si bien mis viejos me iban a regalar la mitad de un departamento para empezar, no había la otra mitad, y mi viejo había comprado este departamento como inversión para alquilar. Pero no lo alquiló y me ofreció la mitad. La otra mitad la fuimos pagando durante varios años, si no, nunca hubiera podido acceder a un departamento de este tamaño. Así que solo crucé la calle. Me traje mis libros y lo que ves alrededor son, en su mayoría, regalos de casamiento. ¿Viste estas estatuitas? Son como las de Liliana Cinetto, pero yo no viajé a Grecia.

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Estatuillas traídas de Grecia. Diseño del estante y pintura de las ménsulas por Verónica.

Me las trajeron porque me encanta todo lo relacionado con la mitología griega. Nosotros en este departamento pudimos hacer algunas refacciones. Por ejemplo, la cocina tenía los azulejos originales iguales a los del octavo A y me parecía estar volviendo a la casa de mi mamá. Yo necesitaba estar cerca, pero no tanto. Y cambié los azulejos.

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Tus padres fueron una gran ayuda, me imagino.

Enorme, con los chicos, con todo. Ahora sentimos que el espacio nos queda chico porque vienen los chicos con sus amigos y se quieren quedar a dormir. A veces son cinco o seis y no hay espacio, pero bueno, económicamente llegamos hasta acá y aquí nos quedamos. Yo amo este departamento por la luz que tiene. Y no necesito más. Me gustaría tener una habitación más grande, más baños, pero la verdad es que tengo todo planificado para cuando los chicos se vayan.

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Ellos lo saben, ¿no?

Sí, por supuesto. El día que los dos se vayan su habitación se transforma en mi oficina y la oficina en una sala de estar.

Tenés tendencia a quedarte establecida en un lugar.

Sí, a veces pienso en un departamento nuevo, viste que por acá se construye mucho y me hago la compradora. Juego que voy a comprar para verlos por dentro, porque me encanta. Me compro revistas de decoración, me encantan las casas, los espacios, las decoraciones. Pero pensar en mudarme sería un trauma, no tanto por el lugar sino por la ubicación, dónde tengo el supermercado, dónde la farmacia… ¿La voy a dejar a mi mamá? ¿Me voy a ir lejos de mi mamá?

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El pasillo de entrada con fotos tomadas por Verónica.

Bueno, puede ser a una cuadra

No sé, porque mi auto está en su cochera.

Hay una simbiosis con la casa materna

Sí, soy la hija que no se terminó de ir.

¿Tus padres disfrutan eso?

No sé, no te creas. En realidad no nos vemos todos los días, no nos cruzamos porque no coinciden los horarios. Hablamos por teléfono unas dos veces por semana, como cualquier padre e hijo. Y en la semana me voy a comer a la casa de mi mamá. De pronto no tengo comida, porque no tengo ganas de cocinar, porque quiero que me atiendan, quiero sentarme y que me pongan el plato y eso lo hace mi mamá.

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¿Y vos hacés lo mismo con los chicos?

Yo estoy en la etapa en que los amo pero quiero que se vayan. Los sábados a la mañana se van al club y a veces siento desesperación para que se vayan, quiero ese rato para mí. Este es un departamento chico y yo estoy todo el día en casa. Ellos vienen, están acá, me interrumpen todo el tiempo, que la leche, cosas que ya podrían hacer solos y no hacen. Disfruto mucho de mis momentos, en mis momentos no quiero a nadie a mi alrededor. Me gusta estar con ellos cuando están de buen humor y me gusta que tengan sus espacios y sus amigos. Después los extraño y me siento culposa y cuando vuelven empezamos en dos minutos una pelea y pienso: “Ya podés irte de vuelta”.

Todo muy normal

Hoy salió una nota mía en Clarín sobre los hijos adolescentes en Mundos íntimos. ¿Tienen frío?

No, está muy agradable

Porque este departamento es muy frío en invierno y muy caluroso en verano. Tengo estufas y una salamandra aquí. Y en verano, si tengo mucho calor, me voy a la casa de mi mamá que tiene aire acondicionado.

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Ya entiendo, tenés una extensión de tu casa

Al principio, cuando nació Alan, iba todos los días. Ahora ya dejó de ser mi casa. Aparte ellos ocuparon los espacios, los rincones. Soy una visita, no voy allí a instalarme.

¿Te gusta viajar?

Viajé como hija. Hicimos lo típico de la clase media: Brasil , Disney. Cuando mis hermanas se casaron, quedé varios años como hija única, años que fueron muy felices, y fuimos con mis viejos a México, Miami y de vuelta a Brasil. Esos fueron mis viajes. Después yo fui sola a Cuba, con albergues de la juventud y con mi marido fuimos de luna de miel a Buzios, nos llovió los siete días. Tuvimos años que nos quedábamos en casa todo el verano o fuimos a la costa argentina cuando se pudo. Pero el viaje que tengo como anécdota fue el de la Antártida. Ocurrieron una serie de circunstancias que no se pueden creer. Trabajaba como colaboradora permanente en el suplemento infantil de La Nación, y había mandado una carta a Base Esperanza, a través del Comando Antártico Argentino, porque en Base Esperanza viven familias completas durante un año.

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Triny, la gran protagonista de la casa.

Los chicos van a la escuela, tienen una radio. Yo simplemente mandé una carta con preguntas para ver si la maestra se las podía dar a cada pibe para saber a qué jugaban, qué cosas hacían y me responde el comandante de la base y me dice: “Si tanto le interesa saber cómo es la vida acá, véngase”. Y me da datos de con quién tengo que hablar. Eso fue casi a mitad de año y yo pensé: “No, está loco. ¿Cómo me voy a ir a la Antártida?”. Y lo dejé pasar. Fue en el noventa y dos. En noviembre me dije: “Si no lo aprovecho ahora no voy a tener otra oportunidad”. Decidí hablar con mi contacto, un tipo simpático, militar. “Si se quiere ir, tiene que viajar este lunes en el último Hércules de la campaña de este año. Yo le puedo decir cuándo se va pero no le puedo decir cuándo vuelve porque allá todo depende del tiempo”, me dijo. Y llamó a un colimba para que me trajera un bolso con el equipo. Me dieron desde los guantes hasta una camiseta especial, todo en el talle más chico. Me enseñaron cómo ponerme las botas. Salí de allí con un bolso que tenía el logo del Comando Antártico Argentino, llegué a mi casa y les digo: “Mami, me voy a la Antártida”. Así que llamé al diario, preparé el viejo bolso fotográfico con una Practica con las lentes a rosca y me fui el lunes. En el diario me dijeron que me iba por mi cuenta, por una cuestión de seguros. Cuando llegué a El Palomar vi el avión militar, sin baño, sin respaldo ni silenciadores. Me subí, todos los bolsos iban en el medio así que, en un momento, me acosté arriba de los bolsos. Después pasamos a un Hércules, era gigante, pueden llevar hasta un jeep allí. Yo miraba con ganas una camilla para heridos para viajar más cómoda, hasta que vi que todos se agarraron las camillas para descansar.

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¿Cuánto duró el viaje?

Salimos casi al mediodía y llegamos a las siete de la mañana. Hubo una parada en Río Gallegos donde nos hicieron poner la ropa para la Antártida e ir al baño. En el avión yo era la única chica, tenía veintitrés años y era una cosa rara que estuviera allí. A partir de ahí fui la mimada, me invitaron a la cabina y llegamos a Base Marambio. De allí tenía que llegar a Base Esperanza y surgió el tema del clima. Me tuve que quedar cinco días. No tenía dónde dormir ni nada, así que el jefe de la base, que era el único que tenía habitación privada, se fue a una habitación comunal y me dio la suya. Adentro hace calor, no necesitás abrigo. Yo no sentí tanto el frío, es muy seco, pero no me dejaban salir sola, porque vos vas caminando sobre puentes hechos sobre pilotes, es muy peligroso todo, me podía caer, perder y además, a veces estás en medio de una nube. Una vez salí, estiré el brazo y no me podía ver la mano. Yo igual recorrí los caminitos, me iba hasta el edificio meteorológico, para ver cuándo me podía ir a Esperanza. Un día estábamos comiendo y me dicen: “Verónica, nos vamos”. Mientras tanto, aunque yo había hecho unas notas y entrevistas, pedí que me dieran laburo. No podía estar todo el día ahí sin hacer nada, sintiendo que era una molestia. Así que pinté paredes, lavé verdura, estuve en la cocina.

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Esa sí que es una experiencia única

Sí, mirar el paisaje y decir: “Estoy en la Antártida”. De pronto ver pasar un témpano con una foca… “¡Estoy en la Antártida, no lo puedo creer!”. Después me fui a Esperanza en un avión chico con esquís porque bajábamos en un glaciar. Ahí me esperaban los chicos de la escuela, las mujeres y pasé cuatro días hasta que me dijeron que estaba el rompehielos Irizar y que si me quería ir, tenía que hacerlo en ese momento. Entonces me fui en helicóptero al rompehielos. Allí pasé unos cuatro o cinco días viviendo en un camarote privado, comiendo en el comedor de los oficiales. También se volvían todas las mujeres con los chicos.

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Fue fascinante porque Marambio es de la fuerza aérea, Esperanza es del ejército y el rompehielos es de la marina. Cuando entro al buque todas las esposas de suboficiales iban al piso de suboficiales. Como yo tengo título terciario, me mandaron al piso de oficiales. La cuestión era por los estudios. Fue increíble, yo tenía un servilletero con mi nombre, con mi servilleta, con cubiertos de plata, una comida fabulosa. Un día bajo a saludar a las mujeres y veo que tenían la panera de plástico, el guiso de lentejas. Arriba estaba el piso del comando. A mí me gustaba mucho subir a la cabina de mando y un día me siento en una silla y viene un tipo a hablar conmigo, con la periodista, y le pregunto quién se sentaba allí. “El comandante”, me respondió el tipo, “que soy yo”. Ahí supe que todo lo que toca el comandante no lo puede tocar nadie más, él tiene su propio personal y no se junta con nadie. Y debajo de todo, en la profundidad del mar, estaban los colimbas. Irizar es una ciudad, tenés consultorios, quirófano, odontólogo, biblioteca, películas. Nosotros teníamos un barcito, y el que tocaba la campana invitaba a todos. Una experiencia fascinante. Después me casé y no hubo más viajes.

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Hiciste una vida más hogareña.

No, hicimos una vida más pobre. No hay muchas vueltas. Con mi marido lo que más queremos es viajar. Pero no alcanza. Fuimos a Disney cuando Ciudad compró uno de mis libros. Dudamos si lo poníamos en el día a día para llegar a fin de mes o -como estamos acostumbrados a no llegar a fin de mes- ese dinero lo poníamos en un viaje. Algo que sea importante para todos. Los chicos tenían la edad ideal, así que fuimos. Por eso ellos están esperando el premio con plata, porque piensan que vamos a hacer un viaje todos, pero en realidad no saben que el próximo premio con plata o algo así, tendría que ser a Europa, sin ellos.

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Colección de lapiceras, incluida una Montblanc.

¿Tenés ganas de ir a Europa?

Me muero de ganas, quiero ir a Europa mientras todavía pueda caminar. Disney me agotó, por eso quiero viajar antes de estar grande. Hace ya veinte años que quiero viajar, pero no se da.

Vero Sukaczer - Retrato Autoretrato 7840 B&N

Pero igual hiciste un viaje muy original, algo que casi nadie hizo. ¿Te resultó inspirador ese viaje?

Para escribir no lo usé nunca, no encontré hasta ahora cómo poner una historia en ese paisaje tan limitado. Porque no hay nada, ni sociedad, ni ciudades, Sin embargo algún día me gustaría escribir una novela situada en la Antártida. Pero se me ocurre para el lado de la ciencia ficción. Siempre leo noticias, por ejemplo esas bacterias de millones de años que se pueden revivir, esas cosas dentro de Antártida las podría usar. También me limitó mucho el aspecto militar de la situación. Tengo millones de historias pero a mí no me interesa escribir desde ese punto de vista.

Vero Sukaczer - Autoretrato retrato 7858

Podrías haber escrito crónicas del viaje

Sí, pero cuando lo propuse, al diario no le interesaron, porque yo era una colaboradora de afuera, con lo cual, de toda esa experiencia, quedaron dos notas menores en el suplemento infantil. No me dieron pelota y una vez me peleé con Escribano porque fue otra periodista del diario, en un viaje de un día, y la publicaron como la primera periodista mujer que fue a la Antártida. Y me calenté porque yo había estado veinte días ahí y nadie del diario me dio pelota. Entonces el tipo me citó a la oficina, es una persona que me produce la sensación como de ir a la dirección de la escuela, y me dijo que no se manejaban así las cosas. Pero quedó ahí, qué iba a hacer. ¡Yo estuve antes! Creo que hay ciertas profesiones en las que te terminás acostumbrando que por ahí hacés un trabajo increíble y nunca sale publicado, escribís un libro y te lo rechazan. Son así las cosas, es parte del juego.

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¿Y te pasó alguna vez escribir un libro que considerás muy bueno y que te lo hayan rechazado?

Me rechazaron un libro que creo que es malo. Y agradezco que en su momento lo hayan rechazado. Después una editorial me rechazó algo que publiqué en otra, por lo cual ellos sabrán los motivos, pero al libro le fue bien. El libro que más me costó publicar, cinco años, fue el de cuentos para adultos. Ahí si, directamente me decían: “No me lo mandes porque no me interesa”. Tuve que esperar y esperar. Al final, se fue cerrando un círculo porque yo quería publicarlo en Ediciones de la Flor, pero de la Flor no acepta libros no solicitados y yo lo mandé igual. Supongo que quedó meses en parrilla de entrada y no salió de ahí. Un día conozco a una chica, nos hicimos muy amigas, y me dice: “Yo conozco a alguien muy amigo de la familia, Daniel Divinski”. Y me hizo ese contacto. Le mandé el libro a Daniel y a la semana ya me estaba llamando. Me llevó cinco años, pero a veces necesitás el momento justo con la persona justa. Los primeros diecisiete años de mi carrera se pasaron en averiguar el nombre del editor, poner el original en un sobre, llevarlo, dejarlo en la entrada, esperar. Un mes, primera llamada. Dos meses, segunda llamada. Tres meses… y así fue.

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Vos estás trabajando como editora, estás del otro lado del mostrador. ¿Qué podés comprender ahora acerca de lo que quiere un editor?

Yo trabajé en forma independiente con la gente de Elevé, hasta hace unos meses. Ahora estoy haciendo la edición de los libros de Galerna, pero no los elijo yo. Hay algo que me enoja mucho y es que me lleguen libros mal escritos, con faltas de ortografía, con estructuras mal armadas. Si los que escribimos nos preocupamos tanto por el lenguaje ¿no te da vergüenza entregar un libro con faltas de ortografía? ¡Estás diciendo que querés escribir y que querés que te lean! Yo creo que hay una cosa poética del escritor que escribe tan bien que la historia es tan buena que lo demás no importa. Cuando recibo libros así, muy mal escritos de entrada, me enoja. Primero hacía devoluciones, después me di cuenta de que no había que hacerlas y agradecía diciendo que en este momento no estábamos publicando este tipo de obras.

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Una salida cordial

Claro, aprendí a decir eso. Pero la verdad es que lo que aprendí como editora y siendo jurado en un concurso, es que hay pocos libros buenos y eso salta a la vista inmediatamente. Entonces, con el libro bueno, interesante, bien escrito y bien contado te dan ganas de trabajar y no veo mucha media tinta. O es bueno, o no es bueno. Eso fue lo que vi. Tanto editar como dar talleres literarios me cambió la forma de presentar mi obra. Porque en el taller hay un grupo de gente que confía en que yo me voy a dar cuenta de dónde está el problema de esa obra y a ayudarlos a trabajarla para mejorarla. Entonces me hice hipercrítica de mi propia obra. Por un lado me agota, quisiera relajarme un poco más, por otro lado soy tan autoexigente que si algo no sale, no lo muestro. Me doy cuenta cuándo algo está saliendo y cuándo no. Si algo no fluye y no te estás divirtiendo, y sentarse a escribir es un trabajo en vez de ser un placer, no está saliendo. Pero en cada obra busco contar una historia. Necesito darle un enfoque lingüístico diferente a cada libro. También una estructura diferente. Me di cuenta de que escribí unos tres libros con una estructura similar y dije: “Basta, esto ya lo hice”.

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Colección de mini máquinas de escribir.

Creo que hay gente que logra hacer con talento una cantidad de obras pero siempre me pregunto cuánta búsqueda puede haber en eso de encontrar una fórmula y repetírtela. Yo creo que mis libros le gustan más a los adultos que a los chicos y no tengo un grave problema con eso, porque cuando escribo no estoy pensando en el lector, escribo lo que me gusta y como me gusta. Tal vez por la sencillez de algunas historias es que están caratuladas para chicos. Yo no soy conocida en la escuela, me conocen ustedes pero a la maestra le decís Sukaczer y no sabe quién es. Y es por eso, porque no tengo una obra masiva.

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¿Cómo te llevás con los editores?

El editor sabe más que yo en una cantidad de cuestiones y su objetivo es que mi obra esté lo mejor posible. Yo a los editores les digo así: todo lo que sea errores de verbos o correcciones de ese tipo, cambialos. Yo soy floja con los títulos, así que ayudame. Leo todos los comentarios, los pienso y en el 90 % de los casos le digo al editor que hagamos los cambios. Aunque en general no le doy mucho trabajo al editor. El trabajo más grande lo hice con Ediciones del Naranjo, con Norma Huidobro que me dijo: “Mirá, acá la novela se te pone pesada”. Y le saqué los dos capítulos de un plumazo. ¿Cómo no le voy a creer?

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¿Qué foto te gustaría sacar?

Sería una foto absolutamente espontánea de un momento de felicidad total con mi familia. Esos momentos en que los cuatro reímos a carcajadas, o hay cosquillas de por medio, o nos abrazamos, o entramos juntos al mar. Esos momentos que pasan más rápido de lo que uno quisiera y que te hacen pensar: esto es la felicidad, no necesito nada más. Y que intentás atesorar, recordar, recortar, guardar, porque sabés que pasa, que son solo momentos, y que está bien, es eso.

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5 comentarios en “Verónica Sukaczer

  1. ¡Me encantó la nota! Tuve la oportunidad de conocer a Verónica personalmente en la Feria Infantil y Juvenil de Mar del Plata estas vacaciones de invierno. Me gusta su sencillez y su sinceridad, así como también, sus obras. Esta es una manera de acercarnos más al escritor, a su intimidad, entre otras cosas.
    ¡Los felicito por este trabajo!

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  2. Pingback: Verónica Sukaczer | dosalpelo

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