Antonio Santa Ana

Por Silvia Portorrico y Uri Gordon

Villa del Parque es un barrio tradicional de Buenos Aires, con casas bajas, terrazas y pequeños jardines. Las calles en diagonal le otorgan movimiento al conjunto de fachadas grises que se suceden sin demasiadas sorpresas. A pesar del frío caminamos, como es nuestra costumbre, para disfrutar del paisaje. La casa de Antonio Santa Ana es una vivienda típica a la que se accede por una escalera. Apenas entramos corroboramos que, definitivamente, aquí vive un escritor. Inmensas bibliotecas cubren las paredes del hall de entrada, del comedor y la sala de estar.

El hall de acceso a la sala-comedor

“Esta es una casa donde pueden vivir mis libros”

¿Cómo es tu historia en esta casa?

Hace ocho años, en 2003, nos fuimos a vivir juntos con Maggie. Para entonces estábamos alquilando, pero como ella había recibido una herencia, también ahorrábamos para comprar una casa. Calculábamos que en dos años podríamos juntar la guita. Pero no nos renovaron el contrato de alquiler y en la inmobiliaria nos dijeron que estaba en venta esta casa. Primero vino a verla Maggie, después vine yo. Costaba justo la plata que teníamos. En una de las bibliotecas había una foto de Salinger y, por casualidad, el día anterior había estado hablando de Salinger con mi hijo. En ese momento pensé: “Esta es una casa donde pueden vivir mis libros”, así que la compré por la foto de Salinger.

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Claro que además cumplía con ciertos requisitos, nosotros estábamos viviendo en Villa del Parque y mi ex mujer también. Los chicos eran más chicos, Paloma en ese momento tenía ocho años, y yo quería estar cerca para poder llevarla y traerla y que pasara tiempo conmigo. Necesitaba que estuviera por esta zona. En un momento nos quedó chica, pero ahora estamos más amoldados. Maggie durante años tuvo una empresa de animaciones infantiles para chicos de uno a cuatro años y trabajaban mucho. Todo esto estaba repleto de bolsas y equipos de sonido. Hacían en promedio de 330 fiestas por año. En ese momento, Maggie quedó embarazada de Lucía y pensamos en quedarnos.

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Misha descansa muy cómoda en el piso de la cocina

No debe ser fácil encontrar una vivienda que pueda albergar tantos libros.

Tuvimos un problema porque esas bibliotecas que ves, tenían un sistema que las agarraba de atrás y parecía que los estantes estaban flotando. Ahora tienen ménsulas. Resulta que el carpintero, antes de mudarme, fue al departamento anterior, arregló otras cosas y quedamos en que iba a hacerme las bibliotecas de esta casa cubriendo toda la pared. Pero no vino más y le debo -de ese momento- dos mil ochocientos mangos. No vino más porque empezó a agarrar otros laburos y yo estuve seis meses con setenta cajas de libros contra esa pared. Entonces un día me aburrí, fui al Easy, compré cinco bibliotecas, las armé y me deprimí porque a los cinco minutos estaban arqueadas. Así que otro día compré las ménsulas y fui armando lo que ahora se ve. Esa de ahí no la puedo cargar mucho porque la pared no es muy firme y no tiene tornillos apropiados.

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“Fui al Easy, compré cinco bibliotecas, las armé y me deprimí”

 

¿Mudanzas?

Creo que unas trece veces.

Y siempre con todos tus libros.

Sí, cuando me separé -al principio que no sabés a dónde ir y tenés hijos- dejé casi todos mis libros en la casa de mi ex, pensando que para los chicos podía ser importante. Error, porque a los chicos les chupa un huevo y a mí no. Así que esta biblioteca es de los últimos quince años de mi vida. Dejé los libros de arte pensando que a Federico le iban a importar pero no le interesa nada el arte.

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Pero vos tuviste una librería ¿no?

Sí, tuve una librería que quebró con mucho éxito. Pero de la librería no me quedan libros, además era más de mi ex mujer y de una socia. Yo iba a trabajar los fines de semana.

¿Y ahora en qué estás trabajando?

Soy el Gerente editorial del grupo Prisa ediciones, próximos a ser Penguin Random House, a fin de mes. Infantil y juvenil lo lleva María Fernanda Maquieira y yo llevo adultos.

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¿Tu trabajo te dio la posibilidad de viajar?

Sí, viajé bastante, mucho más en la época de Norma. Fui a Frankfurt, a Bologna, a todas las ferias de América Latina. Yo siempre viajé por trabajo y muy poco por placer. Me acuerdo la vez que fui a Guatemala, todo el mundo aprovechaba para conocer lugares y yo siempre estaba ahorrando los viáticos porque se había roto el inodoro en casa y lo tenía que arreglar. Nunca me alcanzaba la guita.

Ah, pero te pagaban muy mal en Norma, entonces.

Durante muchos años pagaron muy mal, después hubo un cambio y vino otro gerente, Julián Vergara, que empezó a poner las cosas en su lugar.

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“Durante muchos años pagaron muy mal”

Una vez nos encontramos por casualidad en Colombia ¿te acordás?

Sí, fue en mi primer viaje a Colombia. Nos encontramos en la calle, en Bogotá, caminando, en ese momento no era una ciudad muy amable, era en el noventa y seis.

Claro, yo me fui en el noventa y cinco, pero vos antes habías trabajado en el Quirquincho, allí nos conocimos.

Trabajé diez años en la organización de la Feria del Libro, después unos meses en Quirquincho. Me di cuenta rápidamente de que era un quilombo, que no iba prosperar. Había gente que trabajaba cuatro horas con sueldos demenciales, una estructura de libros muy baratos que se basaba en la venta directa a los colegios. Me fui a Tesis-Norma a ofrecerme. En ese momento era Tesis-Norma y estaban buscando alguien para el área infantil. Tuve una entrevista con Carlos Arzadún que era el Gerente comercial. Le dije: “Carlos, me enteré que están buscando a alguien para infantiles”. “Sí, ¿vos sabés?”. “Sí”. “Bueno, ¿cuánto querés ganar?”. “Mil pesos”. “Listo, vení mañana”. Esa fue mi entrevista de trabajo. Entonces en Norma empecé trabajando como promotor, después de un tiempo me dijeron que necesitaban autores argentinos y me pidieron que los edite. Contrataba autores y después iba a los colegios a venderlos.

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“Contrataba autores y después iba a los colegios a venderlos”

Fue cuando empezaste con Birmajer.

Empecé con Birmajer y con María Inés Falconi. Birmajer había publicado en Colihue y conmigo sacó El alma al diablo que para mí es su mejor libro. Así que empecé a editar libros. Era un editor muy raro porque me pagaban como promotor. Fui el primer editor que tuvo Norma fuera de Colombia. Después, en algún momento, Fernando Gómez me pidió que armara una estructura. Así que contraté a tres promotores y ya me pagaron como Coordinador de promoción. Empecé a trabajar en Norma en el noventa y dos y hasta 2003 me seguían pagando como Coordinador de promoción. Y ya había editado a Bodoc.

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“Empecé a trabajar en Norma en el noventa y dos y hasta 2003 me seguían pagando como Coordinador de promoción”

Lo de Bodoc fue importante en tu carrera.

Sí, además es raro que aparezcan libros así de buenos, de la nada, que hubieran sido rechazados por todos los demás.

Y que vos lo hayas visto. Es el gran sueño del editor.

Sí, es el gran sueño. En ese momento había una recepcionista, Marta Piso, que me pasaba a todos los autores que venían porque los demás no los recibían. La mayoría eran libros de autoayuda, de cocina, claramente no eran para mí, pero igual me los mandaban porque yo los atendía. En un momento dejé de atender a la gente porque venía cualquiera. Pero a Bodoc la atendí, la hice subir a mi oficina y según ella la cagué a pedos porque le pregunté para qué había venido, cuando vi la dirección que era de Mendoza. Ella me dijo: “Vine a dejar mi manuscrito a las editoriales “. Y parece que yo le dije: “No se hace eso, tenés que dejarlo en una y esperar que te respondan”. Realmente no lo pensaba leer, porque si estaba en un montón de lugares por qué lo iba a leer yo. Yo solía poner los manuscritos en pilas y un día, mientras esperaba una conexión a Venezuela, me puse a leer el de Bodoc. Leí el primer párrafo y pensé: “Esta mina sabe escribir”, así que colgué el teléfono y lo leí. Pero me había dado una copia mal impresa, cada dos o tres páginas le faltaban cuatro o cinco renglones al texto. Leí la mitad ese día. Yo casi no había leído literatura fantástica, no había leído a Tolkien, así que no sabía si era un plagio. Como a mi ex mujer le gustaba la literatura fantástica le dije: “Leete esto y decime si le afana a Tolkien. Vos no hagas nada, yo limpio el baño, la cocina, pero por favor, leete esto”. Y mientras tanto me leí El señor de los anillos, en una semana los tres tomos. No entendí nada, pero trataba de ver si Bodoc le afanaba. Le pedí el word para leer mejor el texto, y no me contestó. La empecé a llamar por teléfono, dejé mensajes y no contestaba. Entonces pensé que se lo había contratado otra editorial. La llegué a llamar desde mi casa un día a las dos de la mañana y nada. Veinte días después me llama y me dice que había recibido mensajes míos, que estaba de vacaciones en Brasil . Ahí se apareció con cinco copias buenas del libro y lo editamos.

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La cocina, el lugar donde Antonio prepara sus especialidades culinarias

¿Y no tuviste resistencia por parte de la editorial?

Fue muy gracioso porque en un comité editorial en Colombia me mandé un speach hablando de la importancia del fantasy, – en esa época todavía no había explotado- durante media hora ante cuarenta personas. Me llama aparte Fernando Gómez y me dice: “¿Por qué me hacés perder tiempo? Tenés un libro que te gusta, editalo y listo, no me hagas toda esa perorata”. Entonces armamos un diseño fuera de colección y salió en septiembre de 2000. Liliana es una mina con la que se puede trabajar muy bien la edición porque es muy generosa. Podés discutir mucho los textos, discutir escenas. Me ha pasado con sus otros libros, cuando me parecía que faltaba una escena de amor, ella decía que no y nos peleábamos horas por teléfono. Al día siguiente tenía un mail de seis páginas con una escena de amor extraordinaria. Yo fui de intervenir mucho en los textos. Los autores que admiten trabajar el texto con el editor es porque se permiten pensar la literatura con otra persona, se permiten discutir ideas, porque la edición es un lugar donde se discuten ideas fundamentalmente, es lo único que se hace. Con Liliana se puede laburar muy bien.

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Misha, en uno de sus lugares favoritos

Ahí ya empezó a sonar tu nombre como editor.

Sí, cuando empecé a laburar en Norma había otras editoriales mucho más armadas. Nosotros hicimos Zona libre. Mi experiencia como promotor me permitió ver que los pibes leen un libro a los trece años y piensan que leen por primera vez, porque venían leyendo ocho libros por año en la primaria, pero ahora tienen otra mirada. Entonces hay que buscar autores que no los remitan a lo que leyeron desde que tenían cinco años. Sin dudas se da un quiebre allí. Hay que buscar autores que sean de juvenil. El pibe quiere ser grande, no hay que vincularlo con la infancia. Yo creo que el hallazgo de Zona libre fue ese, la búsqueda de autores nuevos, distintos y no los mismos que habían estado leyendo. Y funcionó. Por ejemplo Sergio Aguirre, Paula Bombara, Graciela Bialet, mis propios textos funcionaron. Fue una decisión editorial acertada.

Para esa época ya habías escrito Los ojos del perro siberiano.

Los ojos del perro siberiano se lo llevo a Graciela Pérez Aguilar, que estaba en Alfaguara, y ella lo acepta. Me hizo unas correcciones muy atinadas pero yo necesitaba más correcciones. En el medio Graciela se va y entra María Fernanda. Yo no la conocía, la conocí un par de años después, la novela no había quedado en el plan editorial y yo estaba un poco perdido. Entonces, en Norma me propusieron evaluarla y la leyó María del Mar, y la evaluó mal, no sé, raro, pero así y todo salió en el noventa y ocho.

Y le fue muy bien.

Empezó muy lento, es una cosa rara porque el año que más vendió fue el año pasado. Cada año vende más, arrancó bien en América Latina. En Argentina tardó muchos años en venderse, hubo resistencia.

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Es que en ese momento abordaste una temática muy fuerte.

Había poco libro realista en la literatura argentina. Estaba Las visitas, de hecho le afané la estructura a Las visitas. La llamé a Silvia Schujer y le dije: “Mirá estoy escribiendo un libro y te voy a afanar la estructura” y me dijo: “Sí, todo bien”. Estaba El alma al diablo y no había mucho más. Acá empezó a venderse con el paso de los años, es un fenómeno boca a boca porque yo no voy a colegios, estuve diez años sin hablar en público. Me parecía que tenía que darle voz a los autores que editaba.

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¿Cómo te llevás con esto de ser editor y a la vez autor?

Me lleva a conflictos. Por ejemplo con Bodoc tuve un conflicto apenas salió el libro. Me di cuenta de que ella tenía razón. Me habían invitado a un congreso en Córdoba para presentar mi segunda novela y ella me dice: “¿Por qué estás viajando vos y yo no?”. Ahí dejé de ir a escuelas, de presentar libros, todo por los otros autores. Porque siendo de la misma editorial no puedo hacer yo cosas que ellos no puedan.

Entonces no fui más a escuelas y no hablé más en público hasta que dejé de editar libros infantiles.

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La última novela Ella cantaba la publicaste hace poco. 

La terminé hace un año y medio. Los personajes son un poco más grandes pero no fue deliberado, quería hacer una novela que hable de algo chiquito y de cómo una experiencia extrema te hace dar un giro en la vida. Quería contar una historia de amor. Pero nadie leyó eso, todo el mundo leyó otra cosa. Está bien, eso es la literatura, de hecho nadie leyó Los ojos del perro siberiano como yo hubiera querido. Aunque eso debe ser impericia mía. Para mí Los ojos del perro siberiano es una novela política.

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Trato de no repetirme. Tengo un montón de historias que tienen una estructura parecida a Los ojos o hablan sobre la muerte de alguien muy cercano y las dejo, no avanzo sobre eso. Sin embargo tengo amigos escritores como Laura Escudero o Paula Bombara que me dicen que escriba sobre humor porque les gusta más Nunca seré un superhéroe, que es una parodia. Pero no se me ocurre una puta historia de humor.

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Retomando el tema de los viajes, finalmente ¿pudiste recorrer un poco además de trabajar?

En los últimos viajes que hice en Norma ya tenía un poco más de guita, por los libros. Acordate que en Norma me pagaban muy mal. De hecho, durante dos o tres años mientras trabajaba en Norma iba los fines de semana a trabajar a la Boutique del Libro en Adrogué. Me iba sábados y domingos a las ocho de la mañana y volvía a las doce de la noche. Cuando logré que me pagaran un poco más, sí me permití recorrer un poco. Cuando fui a Bologna estuve unos días en Roma y en Florencia. Fui a visitar a una amiga que vive en Dusseldorf y la última vez en Madrid estuve tres días por mi cuenta, pero no mucho más. Además soy como un viajero culposo. Cuando Maggie estaba embarazada de Lucía tuve un viaje de veinte días. Ella estaba de seis meses, pintando la casa, fue muy estresante. Tuve que viajar diez días a Colombia, una semana a Frankfurt, cuatro días a Barcelona, un día a Madrid y de vuelta a Bogotá.

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En medio de todo lo que hacés ¿qué lugar ocupa la escritura?

Es importante y además tengo un plan de carrera. Por ejemplo, no quiero sacar muchos libros, quiero que los libros se conozcan pero no vivo de eso. Me costó mucho entender a los autores que eligieron –y para mí es un error- vivir de su literatura, sacando libros todo el tiempo, operando todo el tiempo como escritor. Eso a mí me abruma un poco. Yo, por ejemplo, tengo un facebook muy chiquito, solo gente que conozco o que veo interactuar con gente que conozco. Estos escritores – que son mis amigos- empiezan a poner: “Bueno, me llegó este mail que me emocionó mucho”. A mí se me cae la cara de vergüenza de hacerlo público. Pero entiendo que viven de esto y tienen que operar todo el tiempo y también entiendo que haya emoción genuina. Pero claramente facebook es la hoguera de las vanidades.

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Yo hace treinta años que estoy en esto y he visto surgir el tema de la literatura infantil. A veces me he sentado con autores -publiqué a muchos inéditos- y me decían: “Silvia Schujer tiene cuarenta libros, Mariño también”, pero claro, ellos hace treinta años que están publicando y Ricardo ahora no está reeditando toda su obra. Ellos aprovecharon un momento de explosión. Bueno, ahora hay otro momento de explosión y en diez años tendrá que decantar y no se reeditará todo.

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“Yo siempre llevo la guitarra a todos lados”

Contame sobre Unicanuez.

Unicanuez es un proyecto que nunca fue proyecto. Yo siempre llevo la guitarra a todos lados, al pedo porque no me acuerdo canciones, pero todos los días toco y soy claramente un mal guitarrista. Maggie se fue de Entre Ríos a La Plata a estudiar música aplicada para enseñanza en jardines, algo así. Estudió piano, toca la flauta. Y en unas vacaciones habíamos llevado un libro de María Cristina Ramos para leerle a Lu y mientras hacía la siesta, Maggie cantaba y les ponía música. Ella tenía una o dos canciones con textos de María Cristina que había escrito veinte años atrás. Estábamos en Mar de las Pampas y nos pusimos a tocar. Además, lo raro era que nunca en ocho años habíamos hecho nada juntos.

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Tocamos varias canciones, jugando, y las grabamos con el i pad. Cuando volvimos las subí a facebook y la gente me decía qué lindo esto. Paloma, mi hija de dieciséis, se las mostró a mi otro hijo, Federico, que estudia sonido y que trabaja de eso. Fede, claro, él toca rock and roll, pero estas cosas melodiosas le encantaron y se las mostró a un amigo, Juan Valente, que es un musicazo, un genio. Se coparon y vinieron una noche a cenar los dos y me propusieron grabar. Un fin de semana trajeron los micrófonos, estuvieron horas probando, grabamos tres o cuatro canciones, pero después nunca volvieron y jamás escuché lo que habíamos grabado. Germán Frers, que ahora es editor en Aique, me preguntó si estaba grabando y le pasé la primera grabación. Germán se va de viaje a San Marcos Sierra, me manda un msn y me dice que no podía parar de cantar… “Yo toco el piano, quiero tocar con ustedes” y le dijimos que sí, pero no teníamos ningún tipo de proyecto. Después sumamos a Cez Espósito que toca el bajo y tocó con nosotros más o menos un año. Estábamos ensayando todos con la idea de grabar. Un día Naty Méndez sube un videíto y le dije: “Naty mirá, tenemos estas canciones ¿no te animás a hacer un video? y me dijo: “Voy a hacer otra cosa”.

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El 25 de mayo viene a comer el locro tradicional de esta casa y se trae el retroproyector. Germán se había sentado al piano. Todos quedamos entusiasmados, pero no había plan. En un coctel me encuentro a Francisco González Táboas, que es el coordinador de Opción Libros y me dice: “Che, yo sé que estás haciendo música ¿no querés venir a tocar en La noche de las librerías? Y fuimos a tocar a La noche de las librerías pero como yo hacía como veinticinco años que no tocaba en vivo, armamos primero unas fechas en Imboccalupo y allí tocamos dos veces . Cuando nos presentamos en La noche de las librerías, todo el mundo preguntaba cuándo volvíamos a tocar. En el medio nos invitan a la Feria del Libro. Volvimos a armar otra fecha para tocar antes y así fueron surgiendo un montón de presentaciones. Terminamos grabando el disco porque nos invitaban del interior y no podíamos ir. Ahora que grabamos el disco dejaron de invitarnos. En el medio se fue sumando gente, vino Eduardo Abel Giménez un par de veces y nos dirigió dos ensayos, nos programó bases, es un genio. Yo quiero que venga a tocar la guitarra.

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Violeta Noettinger vino a hacer coros y cuando grabamos el disco apareció Ricardo Cárpena. Ricardo es un periodista que conozco de la época en que yo era cadete en la Feria, hace treinta años, y me lo encontré cuando vino Vargas Llosa. Como toca la batería vino al estudio y grabó. Ahora cuando nos presentamos en teatros viene a tocar con nosotros. El tipo fue jefe de Política de La Nación.También grabó unas voces Gabriela Comte, que es editora. Se  va sumando gente así, ahora está tocando con nosotros Pablo Lavagnino, jefe de producción de kapelusz. Maxi Rodríguez, que es un diseñador de Santillana, toca la guitarra eléctrica y hace coros. El bajo lo está tocando Federico y Vicky Bayona nos vino a hacer coros, canta muy bien. Se armó así y ahora empezamos a ensayar más duro. La verdad es que apenas vendimos treinta discos. Lo grabamos sin pensar cómo venderlo, no fue pensado con una estrategia.

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¿Y qué representa para vos la música?

Es la parte más lúdica. Esto es como un juego, a veces Germán se pone serio y nos dice que hay que ensayar mucho más. En lo que nos pusimos de acuerdo es que no vamos a hacer canciones de otros, siempre música nuestra y sobre textos poéticos, no solo de María Cristina. Tenemos dos canciones de Bodoc, una de Oche, una de Silvia, una de Borneman. Pero en vivo tocamos sólo canciones suyas. Lo de María Cristina es genial porque ella es muy musical y tiene una estructura perfecta para hacer canciones, pero también lo que pasa es que tiene un universo y la proyección de papeles que hace Natalia a veces se puede volver repetitivo. Ahora le estamos empezando a pedir poemas sobre tal tema, hace un tiempo le pedí un poema sobre un zorrito y nos mandó uno precioso. Le pusimos música y estrenamos la canción la última vez que tocamos. Tenemos una canción sobre una rana y tenemos otra donde hay una rana y Natalia se tiene que esforzar más para no repetir los recursos. Tenemos treinta canciones sobre poemas de Cris. Ahora estamos trabajando más la musicalidad, más arreglos y eso.

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Al final no te pregunté nada de lo que tenía planeado. Nos pusimos a charlar y me olvidé de las preguntas: en qué lugar de la casa te gusta leer, por ejemplo.

A la noche leo acá, en la cocina. Una vez estaba leyendo un manuscrito, era invierno y yo estaba descalzo y parado. Tenía el cenicero y un vaso de whisky y me quedé hasta las dos de la mañana. Al día siguiente, Maggie me pregunta por qué me había quedado hasta tan tarde. Y yo le dije: “Estoy leyendo un libro que es una cagada”. “Pero lo leíste entero, en general los manuscritos los dejas en la página diez”. Gracias a ese comentario descubrí que en ese manuscrito había una escritora. Ese libro nunca salió, pero llegamos a establecer un vínculo. A partir de ahí, este lugar quedó como un lugar tradicional de lectura. Cuando estoy leyendo un libro que me gusta mucho, vengo a este sitio. Si el libro me gusta lo tengo que terminar acá.

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Tenés que ir pensando en qué foto te gustaría sacar.

Sí, sabés que estuve pensando en eso. En una época se me había dado por sacar fotos. Mis primeros viajes no fueron de trabajo, fueron viajes políticos. La primera vez que tomé un avión fue para cosechar café en Nicaragua, en una actividad de la Juventud Comunista. Después estuve seis meses en Moscú, haciendo la escuela y me había comprado una cámara y un lente. Cuando volví me la pasaba sacando fotos y me di cuenta de que nunca había hecho más que primeros planos porque tenía un lente para hacer eso.

¿Cómo fue que decidiste hacer ese viaje a Rusia?

Yo estaba en la revista de la Juventud Comunista haciendo la página de rock. “Juventud para la liberación” era el nombre de la revista y me ofrecieron ir a Rusia. Yo tenía veintidós años.

Pero mi primer viaje fue a Nicaragua y era muy gracioso porque tenía una novia nicaragüense y me iba los fines de semana, en la época de la revolución sandinista. Entre el ochenta y seis y el ochenta y siete viajé varias veces. Era muy delirante porque yo trabajaba y trabajaba y ahorraba para el pasaje, para encamarme el fin de semana con mi novia.

Pero era muy literario, la revolución, una novia sandinista…

Me endeudaba para viajar y sí, ella era un cuadro del sandinismo.

Y lo de Moscú fue eso, eran seis meses de escuela. Al principio me costó un huevo. Aprendí un poco de ruso aunque mis clases eran en español, había muchos latinos.

¿Era una escuela de formación política?

Sí, claro.

¿Y aprendiste algo?

No, era muy cuadrado, yo tenía ganas de cuestionarlo todo. Pero era divertido, había gente de todo el mundo.

¿Fuiste a Cuba?

No quise ir porque en cada país comunista que yo pisaba, el régimen iba perdiendo. Por ejemplo, fui a Nicaragua y cayó el sandinismo, fui a la Unión Soviética y cayó el muro. Así que me dije: “A Cuba no voy”. Y no pienso ir.

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¿Qué foto te gustaría sacar?

La foto que me gustaría sacar es sencilla: deberían estar mis hijos, mi mujer y algunos de mis amigos. Debería ser una foto casual, en una sobremesa, con platos sucios y botellas vacías.

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6 comentarios en “Antonio Santa Ana

  1. Me encantan los reportajes que hacés Silvia. Siento tan cercanos a los entrevistados que termino con la sensación de haber estado conversando con ellos. ¡Gracias! Y también agradezco a Antonio, no lo conozco mucho, apenas nos cruzamos un par de veces, pero tenía una imagen de él muy cercana a la que retrataste acá.

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