Franco Vaccarini

Por Silvia Portorrico y Uri Gordon Siempre me gustó mirar las fachadas e interiores de las casas. Imaginar quiénes viven, cuáles son sus historias. Con Uri compartimos esa pasión. Él ha fotografiado miles de escenas cotidianas, relatos poéticos y silenciosos que recobran su voz cada vez que los miramos y siempre cuentan algo diferente. Con su cámara y mi grabador tocamos el timbre en la casa de Franco Vaccarini. Franco vive en el barrio de Belgrano. Un lugar atípico porque para entrar hay que atravesar un pasaje, lindísimo, rodeado de departamentos y pequeños jardines. Nos recibe con su gran sonrisa y nos cuenta que casi no durmió, porque llegó de un viaje desde Neuquén que hizo para presentar el libro La escalera del miedo, de María Laura Dedé. Lo primero que percibimos al entrar  fue la luminosidad de la sala, con piso de cerámicas rojas y una gran ventana con vista al jardín, lleno de plantas, un verdadero privilegio en la ciudad. Un sillón muy cómodo y colorido, el escritorio, y la gran biblioteca ocupan ese espacio que es el lugar que Franco elige para trabajar. Le contamos nuestro proyecto. Que nos gustaría que hablara de su casa, de sus lugares y objetos preferidos, de lo que significa para él estar allí. Y también de sus viajes: casa y viaje, la posada y el camino.

Franco nos abre las puertas de su casa.

 Bienvenidos a mi casa

Cuando alquilé este departamento acá no había ni una lamparita, si bien yo me había comprado una casa con mi ex esposa y la fuimos armando, esta era la primera vez que tenía un departamento vacío y la posibilidad de comprar los muebles y no de que te los regalen. Aquí no había nada, ni cama, ni heladera, ni mesa. Algunos amigos me ofrecieron muebles pero no quise. Esta mesa de cocina no pude elegirla a mi gusto porque necesitaba sí o sí una mesa y sillas enseguida, pero entonces les di un toque personal con este patinado en brea. Una promotora que sabía mucho me explicó cómo convertir una simple mesa de pino en un mueble más interesante y de hecho son unas mesas y unas sillas baratísimas porque las compré por Mercado Libre. Yo quería que esta casa tuviera cosas personales. Recuperé mi escritorio, el de algarrobo, que es el primer escritorio que me compré en la década del ‘80, aunque no pega con los otros muebles. Yo se lo había dado a mi hija mayor que lo tenia en su cuarto y ella misma me lo ofreció. Me pareció lindo recuperar mi primer escritorio de escritor.

Franco Vaccarini - 1581

Un café en la cocina, cómoda y bien distribuida.

La ventana de la cocina se asoma a un exterior verde. El parque del edificio cuenta con un jardín frondoso, parrilla y algunos juegos para niños.

Me encantan la cocina y la sala. La gran inversión, la mejor, fue comprar este sillón, que es donde suelo leer. Aquí también está la biblioteca y tengo pocos objetos, pero significativos.  Para mi cumpleaños recibí un regalo muy querido. Lo hizo Dedé (María Laura Dedé), es una pequeña biblioteca con la reproducción en miniatura de las tapas de mis libros, hermoso, ella siempre me sorprende con sus regalos. Y este cuadro es de mi amigo Javier Luengo, me lo regaló cuando me robaron la bicicleta, lo inspiró el robo. Y esta bicicleta que ven aquí también fue un regalo, de Maru Pons y de su hija, es una locura que te regalen una bici, pero lo acepté. Mis amigos se solidarizaron cuando me robaron… es que conté por facebook que me robaron la bicicleta ¡en la bicicletería! Estaba con Diego Bianchi y comenzamos a hablar, la bici quedó afuera un segundo, al cuidado de mi hija, pero se me ocurre llamarla para presentarle a Diego y en ese momento un ladronzuelo se aprovechó. Pero pronto recuperé mi medio de transporte, con el que voy a todos lados.

La sala, el lugar preferido de Franco. Amplitud, colores y luz. A través del balcón francés se ven las copas de los árboles.

El regalo de María Laura. Las obras completas de Franco en miniatura.

Bibliotecas

Me quedó chica la biblioteca. Necesito comprar otra, en la casa de mis hijas quedó la que me regaló mi padre, hecha con un nogal tirado abajo por una tormenta y que ocupa una pared. Dejé muchos libros allá, pero acá tengo todos los que necesito y se agregan… En el dormitorio, sobre la mesa de luz hay pilas de libros. Siempre tengo que estar rodeado de libros, los libros me protegen, cuando me separé tenía miedo de dormir solo, de la oscuridad, entonces tenía libros por todos lados.

La biblioteca ocupa un lugar central en la sala. Muchos libros y objetos ligados a los afectos y a sus viajes.

Viajes Los viajes siempre tienen que ver con la escritura. Una vez me invitaron a Santiago del Estero para una feria del libro y aunque no fue nadie a ninguna de las charlas (excepto el sonidista, el primer día que, cuando llegamos, estaba dormido), gracias a ese viaje terminé escribiendo mi novela El contrabandista de huesos. A mi papá nunca le gustó viajar, mi viejo decía “a mí me gusta viajar pero si a la noche puedo dormir en mi cama”. Necesitaba un teletransportador. El gran viaje de su vida fue el servicio militar en Río Gallegos, justo cuando a Perón lo metieron preso y para él fue la gran epopeya de su vida.  Mi viejo me dio mucho material para los cuentos. Mi mamá quería ir a ver a los parientes pero mi papá no, muchas veces pasó el año nuevo solo, o la Navidad, solo, por no querer viajar. Yo tengo una doble sensación, me encanta estar en casa pero los viajes son inevitables y me gusta la idea de viajar. Este último viaje por el sur lo disfruté mucho, porque me gustó que me cayera bien la comida, levantarme con ganas de disfrutar el día. Todo se pone en suspenso, uno siente esa cosa del momento, más ahora que te enterás que mataron a uno, se suicidó otro y entonces la vida es eso, disfrutar el momento… ya me emocioné.

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En la cocina, una mesa y cuatro sillas, compradas en “Mercado Libre”, cumplen la función de lugar de desayuno y comedor diario.

Territorios

Para mí Europa es otro mundo, lo tengo idealizado, siempre idealizo, como idealicé las editoriales. Yo pensaba que no iba a poder acceder a ellas y quería mantenerlas en el mundo ideal. Europa es algo que tengo medio negado, que no es para mí, en cambio Argentina o Hispanoamérica es algo más cercano. Los escritores tenemos un potencial de lectores en Hispanoamérica, más de 400 millones de hispanohablantes y ya es bastante, tampoco necesito el mundo entero. He andado por Venezuela, por Brasil y aunque siento que son lugares que me pertenecen, en Caracas extrañaba muchísimo los cafés, las librerías de Buenos Aires y solo estuve veinte días y en Río habré estado quince. También fui a Paraguay. Está la impronta de mi papá en mí.

Franco Vaccarini - 1630

En la comodidad del sillón, la luz natural invita a disfrutar de una buena lectura.

Yo tengo algo de indio orgulloso, me basta con todo esto que es mucho. Probablemente algún día viaje a Europa, por ahora no necesito escribir una historia sobre Noruega, yo voy cada vez más hacia el interior, al interior del país, tal vez mal llamado así, y hacia mi interior, viajar para viajar… no es necesario viajar miles de km, no tenemos que olvidarnos de que ir a la esquina puede ser un viaje, escribir un libro es un viaje, agarrar la bicicleta e ir a parque Lezama es un viaje. Además no hay paisaje más extraordinario que conocer al otro y cuando viajamos queremos conocer a otros, otras culturas, otras historias y no nos damos cuenta de que todo está estallando a nuestro alrededor. Si recibo demasiados estímulos pienso que no me va a hacer bien. Cuando estuve en Neuquén, en la presentación, comencé a contar que íbamos por el shopping donde está la librería Galerna para la presentación del libro de María Laura, La escalera del miedo, estábamos en el segundo nivel y de golpe, siento un ruido muy fuerte, miro para el pasillo donde están los negocios y veo a un hombre caído; veo el cuerpo y después veo la cabeza separada del cuerpo, por un microsegundo vi a un hombre decapitado, después me di cuenta de que era un maniquí. Estaban acomodando al maniquí y se le había caído la cabeza. La escena ya había sido suficientemente aterradora, pero mucho más aterradora me pareció la imagen cuando vi que al lado del maniquí decapitado había un cochecito de bebé con el bebé adentro y esa imagen de hombre decapitado con el cochecito de bebé que no era un muñeco sino un bebé de verdad, en ese momento pensé “aquí hay una historia”, porque por un tiempo muy breve tuve miedo y yo sé que ahí surge un cuento, una microficción o algo más largo.

“…mucho más aterradora me pareció la imagen cuando vi que al lado del maniquí decapitado había un cochecito de bebé con el bebé adentro…”.

Para que a uno le sucedan esas cosas tiene que haber cierta apropiación del entorno. Por ejemplo, si me voy a la India que sé yo, me superarían los estímulos, y eso lo dijo Hebe Uhart, mi maestra de taller, a quien también le gusta viajar a lugares cercanos, y dijo que en realidad si fuera a un lugar muy lejano recibiría tantos estímulos que no sabría de dónde empezar a tirar del ovillo, y a veces yo tengo una cosa socarrona, de paisano, cuando me dicen que van a la India a hacer viajes espirituales. ¿Cómo me imagino la India? Primero me la imagino como un país con un inmenso olor a mierda, porque la gente caga donde puede y eso lo leí, me lo han contado, no estoy siendo amarillista, la esencia de ese país no es su espiritualismo sino su terrible desigualdad social, la violencia… Se busca algo espiritual en un país injusto y conservador al extremo que su misma religión impide que una persona pueda cambiar de clase social. ¿Qué van a buscar a la India? Sobre mi viaje a Venezuela no pude terminar mi historia. Empecé a escribir cosas, tenía sueños raros. Escribí sueños. Una señora en la calle me regaló una ramita de romero y me dijo “tú tienes acento de sureño”, y ahí me di cuenta de que tenía un acento, que era sureño y me gustó.

Franco Vaccarini - 1606

“…no hay paisaje más extraordinario que conocer al otro y cuando viajamos queremos conocer a otros, otras culturas, otras historias y no nos damos cuenta de que todo está estallando a nuestro alrededor”.

Privilegios

No puedo escindir la vida de la literatura. Eso es así, me lo demuestran los hechos porque qué ambiente más hostil que el servicio militar para escribir. Yo estuve catorce meses después de la guerra para terminar el servicio militar y no me preguntes cómo escribí un montón de poemas.  Poemas que después rompí, porque había un cabo que quería hacer méritos, que me sacó el libro Abbadon, el exterminador, de Sábato, y algunos poemas míos de mi mesa de luz, la que tenía en la enfermería, y me los sacó un tiempo hasta que me los devolvió. Eso me asustó e hizo que rompiera todos mis poemas, que no tenían valor literario. Eran poemas de catarsis porque no me gustaba estar en el servicio militar. Pero incluso en esa situación escribía casi todos los días. Salvo que mi inteligencia deje de ser sustentable, no me concibo sin leer ni escribir porque para mí, el acto más civilizado que puede tener un ser humano es leer un libro, y en mi caso, desarrollé la idea de ser escritor por alguna razón misteriosa que desconozco, porque la heredé de mi papá, pero mis hermanos no.  Yo siempre consideré un privilegio poder escribir y hasta me sentía culpable porque pensaba que era pertenecer no sé a qué. Ser escritor y leer. Después, cuando trabajé como empleado de créditos y cobranzas, yo era el último eslabón de esa cadena, el último súbdito de ese reino, como dice Kafka en un cuento. Había ingenieros, vendedores, la secretaria ejecutiva, mi jefe, todos eran jefes y yo ¿por qué me sentía un aristócrata? Yo era una rata allá. Pero ¿por qué sentía que estaba más allá de todo? Por la literatura, eso me hizo ser realista. ¿Por qué me iba a sentir culpable? Claro que mis parientes posiblemente me tenían lástima… este es el poeta que se va a morir de hambre. Escribir es una forma de afirmación donde uno siente que es alguien, que va a ser reconocido en ciertos ámbitos  y además, porque no hay otra opción, para mí, no hay plan B.

El escritorio “móvil”, le permite a Franco cambiar de lugar de trabajo según la luz y el momento del día.

Carne, hueso y memoria

La escritura es mi lugar y me permite ejercitar la memoria, los lugares por los que anduve. Eso lo aprendí escribiendo, porque escribiendo se produce el milagro de pensar y pensar es algo muy difícil. Recuerdo que cuando mi mamá tuvo Alzheimer, su memoria era como cajas vacías, parecía que actuaba de sí misma, hacía los gestos de seguir siendo mamá, pero en realidad era mecánico porque ya no recordaba quién era, ni quién era yo o sus seres queridos. ¿Qué somos además de carne y hueso? Creo que somos carne, hueso y memoria. Sin memoria es un asunto serio, si me sacan los recuerdos no soy nada. Nosotros vamos editando nuestros propios recuerdos y vamos haciendo un pasado, algunas cosas que podemos olvidar, otras que no podemos, pero la verdad es que vamos editando nuestra vida y formándonos una imagen de eso y me parece muy extraño ver lo vulnerables que somos.Franco Vaccarini - 1645 Una mecedora antigua al lado de la biblioteca es el lugar ideal para la lectura.

 Fundación

Escribir es viajar otra vez, yo me pregunto por qué siempre estoy hablando de mis viejos, mis hermanos, el campo, por ahí no estoy escribiendo sobre esas cosas pero creo que ahí está el manantial, hay algo allí que es la mina de oro y me gusta recordar eso porque de ahí surgió todo. En algún momento me fundé como escritor, en alguna parte de la infancia, sin darme cuenta, viendo a mi viejo escribir a mano a la tardecita, después de trabajar todo el día, en un cuaderno, o haciendo crucigramas con mi mamá hasta la medianoche, o cuando mi hermana me contaba algo. Después me di cuenta, en la adolescencia, de que yo quería ser escritor, me di cuenta a los trece años, sin tener la más remota idea de lo que era la industria editorial. Yo solo tenía un enorme deseo. Es increíble porque nací en el campo, hacía el tambo y quería ser escritor. Vine a Buenos Aires con esa idea, tampoco estaba tan errado. Yo tenía la idea de medida, que para mí es algo fundamental para un aspirante a escritor. Me decepciona mucho si alguien me dice “quiero ser escritor” y te pone una banalidad absoluta. Hay que tener pudor, si uno puede reconocer el brillo, el talento y la inteligencia, vamos bien. Me costó muchísimo dominar cierta técnica narrativa, años. Cuando vine a Buenos Aires en mi primer viaje, leí Sobre héroes y tumbas, y vi que estaba impreso en una imprenta de la calle Juan B. Justo. Había escrito poemas a máquina y quería ir a la imprenta para que me publiquen un libro de poemas, pero no lo hice, yo aprendía rápido, algunas cosas aprendía rápido, a no hacer el ridículo, por ejemplo.

Franco Vaccarini - 1647

“En algún momento me fundé como escritor, en alguna parte de la infancia, sin darme cuenta…”.

Taller literario Después fui a un taller literario, el primero, al que fui tres clases. Era una profesora que vivía cerca del departamento de mi hermana, profesora de Letras y me di cuenta de que todos los que iban a ese taller escribían mil veces mejor que yo. Me quedé deslumbrado con los poemas y todavía me acuerdo de algunos. Había un poeta con boina a lo Che Guevara que le gustaban los versos eróticos, y en vez de escribir que estaba haciendo el amor con la novia, escribía que estaban girando como pastores en el aire y yo ¡uauuu!¡ ,¡qué bestia!, ¡uhhh, qué lo parió! y ahí ya me di cuenta y capté el mensaje, varios mensajes… de que existía el verso libre y de que convenía ir primero a una editorial y no a una imprenta para publicar. Después empecé con Pepe Murillo que tuvo la gran virtud de abrir las puertas de su casa, su biblioteca, sus anécdotas. Fue el primer escritor con el que tuve una relación de amistad, la que puede tener un chico de veinte años con un escritor ya formado. Entonces, los talleres a mí me dieron todo lo que un chico de Buenos Aires sabe por estar en una ciudad con más estímulos y exigencia, más rigor. Centro de Estudiantes En el pueblo vos hasta podías tener tu programa de radio, de hecho yo tenía uno, porque era el presidente del centro de estudiantes y tenía un programa semanal, de media hora. Milité tres años en el centro y pasaron cosas que en ese entonces no comprendía, como las visitas de militares de civil. Yo creo que me hice comunista porque escribía poemas y me decían que era comunista. Mi amiga Claudia Siri me dio a leer el Manifiesto Comunista que para mí, a los dieciséis años, era ilegible. En esa época leía a Benedetti, Neruda, algo de Borges, Ray Bradbury, Crónicas Marcianas y el Manifiesto no entendía lo que significaba, pero como me dijeron que era comunista, cuando llegué a Buenos Aires lo primero que hice fue afiliarme al Partido Comunista para ser coherente y saber de qué se trataba, pero estuve unos meses y todavía debo estar afiliado.

  Momentos

Franco Asado

Un buen momento para Franco: invitar a sus amigos a un asado en el jardín.

A la mañana me gusta levantarme y ponerme a escribir, me mata cuando tengo mucha demanda de las escuelas para que vaya, me cuesta decir que no, pero a veces voy con un nudo en la garganta, cuando son muy seguidas, porque para mí la mañana es fundamental. Entonces lo que hago es levantarme un par de horas antes, por ahí a las seis de la mañana para ir ya escrito, aunque sea escribo una media página, en la computadora. Escribo cerca de la ventana y en esta mesita que voy llevando de un lado a otro, dependiendo del clima, del sol, de donde está más calentito o más fresco… Ahora escribo más con la notebook, a veces voy a un bar pero lo hago cada vez menos porque aquí estoy cómodo. En el verano tiendo a ser más nocturno, pero a la mañana está el apogeo de mi energía y es mucho mejor.  Cuadernos Me gustaría no trabajar más en computadoras y escribir solo en cuadernos. Lo hago cuando viajo. Aquí están mis libretas, esta me la regaló Verónica Sukaczer, aquí anoto ideas, frases, momentos.

Franco Vaccarini - 1620 copy

Ideas inspiradoras, mezcladas con recordatorios de tareas por hacer. Todo en las libretitas de Franco.

Un artista plástico me regaló este ejemplar de mi novela, que él compró y fue ilustrando en sus viajes al trabajo en colectivo. Es Eduardo Sobico, y me lo regaló, es hermoso.

Franco Vaccarini - 1622

Los dibujos de Eduardo Sobico

Yo tiré muchos cuadernos. Calculá que hice mi primera quema de cuadernos cuando salí de la colimba. Tenía escritos más de mil poemas y me dije “si yo escribí más de mil poemas no deben ser buenos”, entonces los quemé, no me interesaba llegar a Buenos Aires con todos esos cuadernos. Yo sabía, por esa idea de medida, que no estaba formado como escritor, que todavía no estoy formado ahora y lo digo sin ninguna falsa modestia y creo que uno sigue aprendiendo hasta los noventa y un años. Esa es la edad en que se murió Bradbury y yo quisiera vivir noventa y un años y seguir escribiendo hasta siempre. Bradbury vino a Buenos Aires y estuvo en la Feria del Libro pero yo no lo fui a ver, no necesito tocarlos para admirarlos.

Franco Vaccarini - 1619

Cuadernos de apuntes. Aquí se escriben las primeras notas de lo que serán, luego, sus libros.

 Borges

En cambio a Borges sí lo conocí. Una vez lo entrevisté, lo llamé por teléfono, Fanny me recibió y se fue a hacer las compras y yo me quedé solo con Borges. Era un anciano como mi abuelito y me atendió como si yo fuera un periodista del New York Times. Borges estaba sentado en un sillón de dos plazas y yo enfrente, en el departamento de Maipú frente a Plaza San Martín; yo había llegado quince minutos tarde porque no tenía grabador y había tenido que pedir uno prestado, y no sabía usarlo. Le había preguntado a un chico en la calle cómo se grababa. Borges me dijo “Así que usted es de Lincoln. ¡Ah, Lincoln!, mi abuelo, Junín y los indios maloneros…”, y yo estaba “sí, sí”. “Mire este bastón africano, me lo regalaron en un viaje” me dijo, y yo cometo el error de tironéarselo un poquito y sacárselo. Sin querer muevo una perilla del grabador y en ese momento hace un ruido intenso, como un trueno y Borges reacciona asustado y me dice: “El bastón, el bastón… ¿Qué pasó, qué pasó?” y yo le expliqué que había sido el grabador y le devolví el bastón y se estabilizó, se quedó tranquilo. Lo tengo todo grabado. La entrevista se pasó por la radio del pueblo, en Lincoln, la pasó Carlitos Cifaldi, un periodista de allá que sigue trabajando, pero cuando la llevé a una revista que se llamaba Treinta Días, el director me dijo que ellos no publicaban esas cosas.

Editores

Franco Vaccarini - 1651

“A mí cada editor me deja algo de su felicidad…”.

Una vez estaba escribiendo una novela sobre sueños que a mí me parecía hermosa y le conté a Hebe Uhart y me dijo: “Uy, pero escribir sobre sueños… “. En esa época todavía no tenía formado el oficio y no podía hablar de lo que estaba haciendo, era un material tan delicado que si lo contaba no podía seguir, me quedaba trabado. Ahora es al revés, pienso que me conviene hablar. Con Sed, la novela de vampiros, el intercambio de ideas generó por ejemplo, el final como un descubrimiento revelador. El libro también es un trabajo de equipo, yo creo mucho en el trabajo del editor. Aprendí a escribir leyendo libros. Luego, asistiendo a talleres literarios y participando en revistas literarias como La guacha, de poesía y Mil mamuts, una revista de cuento, especialmente esta última fue muy útil para ampliar el horizonte de lectura, fue una primera experiencia como editor. La última escuela son los buenos editores. Algo de cada editor me va quedando, es como les dice Drácula a los invitados al castillo de Transilvania y futuras víctimas: “Bienvenido a mi morada y deje algo de su felicidad en este lugar”. A mí cada editor me deja algo de su felicidad, de lo que él sabe como editor y yo, después, lo incorporo.

Premio SM por su libro La noche del meteorito.

Aprendí a ser

Franco Vaccarini - 1566

“No me interesa estar en el personaje del escritor sino que me interesa la experiencia humana, para luego poder escribir”.

Yo me siento un poeta que escribe narrativa. Cuando los chicos me preguntan por qué escribo les digo que escribo en primer lugar para mí, para contarme mi infancia, mis padres, mis tíos, mis amigos, todos mis personajes representan a alguien de esa primera manada. Para mí hay doce o trece personalidades diferentes, con matices. Yo tengo siete hermanos y ya tengo siete modelos de personalidad y creo que en mis amigos la mayoría representa un hermano mío o mis amigas, por eso puedo tener amigas, porque tengo cuatro hermanas mujeres que admiro mucho, que me cambiaron los pañales, entonces siempre tienen razón, no les puedo discutir. Aprendí a familiarizarme rápido con la gente, a disfrutar de esos encuentros que tal vez no se repitan. Cuando viajo, lo primero que busco es que no haya protocolos con la gente, ya somos grandes, ya sabemos más o menos cómo somos los seres humanos. No me interesa estar en el personaje del escritor sino que me interesa la experiencia humana, para luego poder escribir.

¿La foto que me gustaría hacer?

La foto de los sueños, la comprobación palpable de que los sueños son un lugar. Los sueños se olvidan en la vigilia y tal vez no sean otra cosa que réplicas de situaciones y acontecimientos diurnos, o acaso universos paralelos donde vivimos de un modo diferente. En todo caso, una foto nos ayudaría a entender el misterio de nuestra mente. El ojo ajeno Logo

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